Liderar con hechos, no con palabras

Tenían razón nuestros abuelos: “obras son amores y no buenas razones”. Parece antiguo, pero es actual. El liderazgo efectivo se basa en la autenticidad. Y la autenticidad es hablar con nuestros propios actos.

El buen liderazgo, tanto en el ámbito político como en el organizacional, se rige por un principio básico que son los hechos y no las palabras.

Es una regla de oro que se aplica en el Management y el liderazgo desde que se produjera la auténtica revolución en la estructura de las grandes corporaciones estadounidenses, después de la Segunda Guerra Mundial.

Eran tiempos de gran pujanza económica y había mucho que hacer y enseñar, especialmente a las filiales que se iban instalando en diferentes países en los cinco continentes.

El Management sufrió una evolución muy importante en los años 50 y 60, para incorporase inmediatamente después el liderazgo, en una carrera también por adaptarse a los tiempos que corrían y lo que la evolución tecnológica de entonces exigía.

Actualmente estamos viviendo una nueva revolución a partir de la aceleración en la innovación tecnológica que ha supuesto una auténtica transformación de las estructuras organizacionales, además de los métodos y procedimientos de trabajo. No es lo mismo la mercadotecnia de los años 60 que el marketing digital de 2015.

Ahora bien, hay cosas que no cambian con el paso del tiempo, aunque no se esté hablando de ello.

Es el caso que nos ocupa hoy, de desentrañar por qué hay personas que no pueden vivir sin hacer críticas y otras que lo único que les interesa es hacer lo que tienen que hacer.

Esta diferencia sustancial en la estructura de personalidad, también existía en aquellos gloriosos años del crecimiento de las grandes compañías multinacionales.

O sea, que la cuestión que hoy podemos aportar a nuestra contribución doctrinaria es explicar por qué determinadas conductas no cambian y cuál es la ventaja para aquellas personas que hacen un esfuerzo por erradicar sus malos hábitos y adoptar nuevas formas de conducirse en la vida.

¿Qué es mejor, ser el que ejecuta y estar en el “campo de batalla” o el que simplemente se dedica a criticar?

De cómo usted se defina, es que está describiendo cuál es la manera en que le gusta hacer su tránsito por la vida –pasar los días- y cómo aborda los problemas a los que se enfrenta.

Porque sepa usted una cosa: los problemas son inevitables, siempre se nos atraviesan en el camino, sea en el plano laboral o personal.

Es fácil quedarse al margen y juzgar a aquellos que están tratando de hacer las cosas bien. Pero ¿está Ud. en condiciones de bajar a la arena a ser uno más de los que luchan por querer cambiar las cosas, o simplemente para que se hagan bien las cosas que tienen que hacerse?

¿Pesa más el arrepentimiento por las cosas que han salido mal, las decisiones que no fueron acertadas, en general sus fracasos y demás acciones que le hacen sentir culpable?

¿Nuestra autocrítica supera a volver a intentarlo?

O, por el contrario, usted se ha acostumbrado a aceptarlos, convivir con el arrepentimiento y buscar la forma de no repetir los errores del pasado.

La primera de las respuestas humanas –la que da la gran mayoría a la adversidad- es mostrar la vulnerabilidad y que crezca ese sentimiento de insatisfacción e incluso de subestimarse más de la cuenta. Parece que es la forma que casi todo el mundo vive durante toda su vida.

Una vez más, nos aferramos a las palabras además de los sentimientos (frustración, arrepentimiento, culpa, etc.) y no a los hechos, que por más adversos que pudieran haber sido, pueden doblegarse, si es que nos decidimos a actuar en vez de dedicarnos a lamentarnos y a criticar.

La superación personal es la creencia de que no importa de dónde viene, cómo es su vida en la actualidad, pero que un futuro mejor es posible en todos los planos de su existencia.

No estar sentado sobre los laureles lamentándose como una víctima y esperando siempre la ayuda de los más próximos o incluso de personas desconocidas a las que usted recurre. ¡NO!

Tendrá que asumir el rol protagónico, empezar a gobernar su vida, darse cuenta que la falta de cambio no se debe al cambio en sí, si no a su propia actitud frente a cómo se han dado los acontecimientos.

Probablemente se deba a que tiene una particularidad en cuál es el tipo de respuestas que da, incluyendo cómo encara las acciones que realiza.

Un exceso de preocupación por las palabras, la crítica y un evidente déficit en la acción, es un camino directo no sólo al fracaso, sino al malestar en las relaciones interpersonales, a la búsqueda de culpables y a ensalzar el enemigo público que es el victimismo en los ambientes laborales.

En este camino por exculparnos de parte o de gran parte del pasado que nos perturba y molesta, la educación y la formación permanente son claves en la construcción de una mente libre de ataduras y preparada para lo que llamamos “mejora continua”, ya que siempre tenemos capacidad para mejorar, y lo más importante, aunque parezca a veces imposible, siempre queda un espacio para la mejora.

La mayoría de las personas pensaban, hasta hace no más de diez años, que al terminar sus estudios en la universidad de alguna manera señalaba el final de aprendizaje, y rara vez se molestaban en mantenerse al día con los nuevos avances que correspondían con el sector de actividad económica al que se pertenece.

Digamos, que en general, se trataba de personalidades reaccionarias no sólo a las NT’s, sino a la renovación permanente y necesaria del conocimiento.

Personas que les cuesta adaptarse e incluso le molesta todo proceso de ajuste y de cambio.

Pero sepa que la falta de capacidad de adaptación es uno de los “puentes” para que una persona se quede en la mediocridad. Que no evolucione.

Leemos a menudo que personas que han destacado en su posición de líderes empresariales o también en el ámbito político tienen un ansia constante de aprender, de seguir incorporando conocimientos; especialmente es una característica de los líderes políticos, leer biografías de otros líderes de la política que han destacado en su tiempo y averiguar por qué.

¿Cómo es que decidieron tal o cual cosa? ¿Qué fue los que les condujo a tal conclusión? Desentrañar el pensamiento de líderes de otro tiempo y hacerse cargo de cuáles eran las circunstancias y adversidades de la época que los hicieron destacar por cómo se enfrentaron a ellas. Su forma de actuar, pensar e implementar las acciones. Su capacidad de actuar más que de dar palabras bonitas.

Las personas que han tocado el éxito han tenido siempre una gran vocación por el conocimiento. Muchos han sido autodidactas; por no decir casi todos.

Porque si algo han aprendido los grandes líderes, es que una vez que ha quedado atrás la universidad y las escuelas de negocio, la otra escuela que es la vida, la experiencia constante de hacer cosas y asumir riesgos, va conformando el carácter de una persona y definiendo su personalidad.

El carácter es innato y la personalidad se va construyendo a lo largo de toda una vida. Pero qué duda cabe, que la adversidad y las grandes responsabilidades, fortifican aquel carácter innato y dota a los individuos de una personalidad especial, a prueba de contratiempos. Una personalidad que estos líderes efectivos no entienden si no está basada en la acción.

Estas personas tienen una mentalidad abierta, son flexibles, no se cierran ante opiniones que parecen unívocas y menos aún a las dogmáticas.

Su nivel de competencia no sólo subyace en el conocimiento adquirido, sino también en las normas y principios que siguen y configuran su carácter, su ideario de vida.

Por tanto educación y conocimiento son esenciales en la vida, pero el talento, que es la aplicación de ese conocimiento sobre una materia concreta, o sea la teoría llevada a la práctica, es lo que convierte a las personas en una tipología de personalidad diferente: son los líderes que tienen ese don y privilegio de saber implementar las acciones adecuadas en cada momento.

Hechos y no palabras. Los que no se han quedado sólo en la crítica y han bajado a la arena, los que muestran su madera de líder. Porque el buen liderazgo no es un estado determinado, sino una condición del carácter del líder que lo ejerce.

Una cuestión de vital importancia es saber quiénes conforman el núcleo duro del líder. ¿Cuál es su nivel de formación y experiencia?

Es casi un axioma matemático, que líderes mediocres se han rodeado de personas mediocres. Y esto se convierte en una constante en la vida en general, que cuánto menos se vincule con personas que son mezquinas y mediocres, mejor le irá.

De ellos no podrá sacar nada bueno. Ya no es cuestión de si tienen más o menos estudios (que sí que es importante), pero es su cerrazón mental, la falta de flexibilidad y la propia inseguridad que les hacen ser una auténtica carga para el líder al que siempre le hacen ver enemigos y fantasmas dónde no los hay.

Porque si algo tienen los mediocres, es su incapacidad para distinguir lo importante de lo que no lo es. La dificultad para priorizar. Pesan más las palabras que la acción.

Justamente lo contrario de los líderes efectivos, que destacan porque tienen una especial virtud de saber elegir quiénes conforman sus filas. La filosofía imperante es la del pensamiento crítico pero con una actitud positiva y una decisión siempre encaminada hacia la acción, por más dura y difícil que ésta sea.

Se afanan por desterrar las actitudes negativas, los tópicos y prejuicios, es parte de su ADN. No utilizan palabras ni se encierran en promesas que saben no pueden cumplir. Sólo hay una forma de liderar que es desde la acción, que hablen los hechos y no las palabras.

Artículo coordinado por José Luis Zunni, director de ecofin.es y vicepresidente de Foro ECOFIN, en colaboración con Salvador Molina, presidente de Foro ECOFIN; y Antonio Alonso, presidente de la AEEN (Asociación Española de Escuela de Negocios) y secretario general de EUPHE (European Union of Private Higher Education).

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