A lo largo de la historia de liderazgo moderno, entendiendo por este desde el “boom” espectacular de los años 50 y 60 del siglo pasado, en las que surgieron las grandes corporaciones industriales estadounidenses, no ha habido ningún momento en que no haya ido evolucionando gracias a la inteligencia colectiva. Ni tampoco esta se ha dejado de alimentar gracias a la iniciativa, capacidad creativa e innovadora de los buenos líderes en todos los campos en que el liderazgo tiene cabida: empresarial, político, social, cultural, religioso, deportivo, etc.
La propia evolución social, a través de las diferentes épocas, se nutre inevitablemente de lo que la inteligencia colectiva le ha ido aportando año tras año junto a la capacidad de liderazgo de aquellos líderes que, desde las empresas, la política o en cualquier otro ámbito de la actividad humana, lo hicieron posible.
No debemos confundir también el alcance que se le da al término, ya que hay una corriente de doctrina, como la del Centro de Inteligencia Colectiva del MIT (Massachusetts Institue of Technology), que reúne a profesores de todo el MIT “para realizar investigaciones sobre cómo las nuevas tecnologías de la comunicación están cambiando la forma en que las personas trabajan juntas”.
Y lo expresa con mucha claridad cuando se refiere a la misión:
“Nuestra misión es comprender la inteligencia colectiva a un nivel profundo para que podamos crear y aprovechar las nuevas posibilidades que habilita. Nuestra esperanza es que el trabajo en este Centro conduzca tanto a nuevos conocimientos científicos en una variedad de disciplinas como a avances prácticos en muchas áreas de la empresa y la sociedad”
Obviamente, la misión que se impone el MIT Center for Collective Intelligence es muy amplia y se puede aplicar a diferentes tipos de fenómenos, tales como la eficacia organizacional, la productividad de la empresa, la rentabilidad, el trabajo en equipo y el liderazgo. Y sostiene que la perspectiva de la inteligencia colectiva sugiere preguntas como las siguientes:
– ¿Qué significaría para un grupo de personas ser “inteligente”?
– ¿Qué estrategias seguiría?
– ¿Con qué rapidez podría responder a los cambios en el mercado?
– ¿Cuán productivamente podría utilizar las fábricas y el dinero?
– ¿Qué tan rentable sería?
– ¿Hasta qué punto podríamos aproximarnos al comportamiento de esta inteligencia sobrehumana imaginaria conectando inteligentemente a personas y ordenadores reales?
¿Qué se entiende por inteligencia colectiva?
Cuando el portal del MIT CENTER FOR COLLECTIVE INTELLIGENCE se refiere al habitual “acerca de nosotros” dice: “¿Qué es la inteligencia colectiva? Una definición sencilla de inteligencia es la capacidad de alcanzar un objetivo. A lo largo de la historia, la sociedad humana ha progresado no principalmente gracias a la inteligencia superior de unos pocos individuos extraordinarios, sino más bien gracias a la inteligencia colectiva de grupos: tribus de la sabana; las primeras ciudades-estado e imperios de la antigüedad; y, en la era moderna, estados-nación, corporaciones y mercados globales. La novedad de las últimas décadas es que los avances en las tecnologías de la información, como internet y la inteligencia artificial, permiten crear nuevas formas de inteligencia colectiva, más grandes y sofisticadas que cualquier otra existente. Utilizamos el término supermente, que significa “un grupo de individuos que actúan juntos de maneras que parecen inteligentes”, para referirnos a estos nuevos tipos de inteligencia colectiva. Es importante destacar que estas combinaciones pueden incluir no solo mentes humanas, sino también computadoras, es decir, “mentes” encarnadas en chips de silicio y software”.
Queda claro entonces que la inteligencia colectiva se refiere a la capacidad de un grupo para encontrar soluciones, tomar decisiones o generar ideas de manera más efectiva que la suma de las inteligencias individuales de sus miembros. No es simplemente el promedio de lo que sabe cada uno, sino una especie de “superinteligencia” que emerge de la colaboración, la interacción y el intercambio de conocimientos y perspectivas.
Características de estas interacciones
Como todo fenómeno social evolutivo en el que la innovación tecnológica es clave, es esencial que las personas de los diferentes grupos que colaboran entre sí se comuniquen de manera transparente, compartan información y debatan ideas. Al liberarse todo este conocimiento de las diferentes partes que interactúan, se facilita notoriamente que exista una diversidad de perspectivas, ya que en todo grupo con miembros que tienen diferentes antecedentes, experiencias, conocimientos y formas de pensar suele ser más inteligente colectivamente.
Esta diversidad evita el pensamiento de grupo y permite abordar los problemas desde múltiples ángulos. Lo que genera a su vez una interesante situación: la descentralización, ya que con frecuencia la inteligencia colectiva florece en entornos donde no hay un único “cerebro” o una jerarquía rígida que dicte todo. La capacidad de cada miembro para contribuir de forma autónoma es importante. La inteligencia colectiva se va manifestando entonces cuando la información dispersa entre los miembros del grupo se recopila, se procesa y se utiliza para llegar a una conclusión o solución superior. El destino final y lo más interesante de este proceso, es que el resultado final puede ser algo que ninguno de los individuos por sí solo podría haber concebido, porque ha emergido de esta evolución del conocimiento es una propiedad emergente del sistema.
Como siempre ocurre en el ámbito científico, hay que observar el comportamiento de un fenómeno en diversos contextos, como los naturales (la inteligencia de una colonia de hormigas o un cardumen de peces) hasta sistemas humanos (como comunidades en línea, equipos de trabajo, plataformas de crowdsourcing o incluso la sabiduría de las masas en ciertos mercados).
Nuestra percepción sobre el alcance
Desde el Instituto Europeo Ecofin de Liderazo (IEEL) creemos que, si bien el alcance que da el MIT Center for Collective Intelligence es suficientemente amplio y cubre diversos aspectos del conocimiento científico, la posición que están sosteniendo (que compartimos al cien por ciento) no es para nada excluyente. Además, en la evolución científica a través de diferentes épocas de la historia, si algo caracteriza a los hombres de ciencia es la amplitud de miras. Por lo que, cuando el MIT Center for Collective Intelligence sostiene que trabajan en la relación entre personas y ordenadores para incrementar el grado de inteligencia colectiva para resolver los problemas a los que las organizaciones se enfrentan a diario en el mercado, es una porción muy significativa, aunque no es universal, hablando también en términos científicos.
¿Por qué? Porque creemos que hay un aspecto esencial para potenciar la investigación y el desarrollo de la inteligencia colectiva, que es cómo propiciar y fomentar el espíritu crítico de los miles (por no decir millones) de inteligencias individuales que, en cada país, en cada sociedad, terminan conformando el gran tejido de inteligencia colectiva humana.
Nuestros lectores/as que nos siguen sabrán nuestra admiración y reconocimiento a un pionero en este campo, que ha sido el astrofísico e investigador Carl Sagan, el más importante divulgador científico del siglo XX, que aún su obra sigue siendo seguida como una fuente de inspiración peramente, cuya afirmación al respecto de la inteligencia colectiva sigue siendo muy actual en cuanto a su alcance: “saber mucho no es lo mismo que ser inteligente; la inteligencia no es sólo información, sino también juicio, la manera en que se recopila y utiliza la información.”
En términos muy actuales, cuando estamos bombardeados por un exceso de información por todo tipo de medio, especialmente a través de las redes sociales y las noticias que invaden nuestros dispositivos móviles de las cuales hay que tener mucho cuidado de cuál es la fuente, ya que hay “fake news” y una gran manipulación de información. O sea, las personas con un sentido crítico (cuentan con una inteligencia crítica y analítica) de manera automática filtran la información desechable y se quedan con la que les vale a ellos o la que necesitan. O sea, que cuando Sagan habla de “no es sólo información, sino juicio” está anticipándose al menos cuatro décadas a la necesidad de filtrado de información que tenemos en el presente
Pero el alcance que le damos desde este Foro, llega a su vez a otras áreas que obviamente no se están abordando de manera habitual por la doctrina, siendo esta nuestra responsabilidad en sacar a la luz aquellos ámbitos en los que la inteligencia colectiva actúa, aunque sea inconsciente de ello.
¿A qué nos referimos?
Los individuos que sumados en millones y no perdiendo su característica individual de personas terminan siendo colectivos más grandes o más pequeños, por ejemplo, agricultores, sanitarios, deportistas, alumnos universitarios, etc., que como un gran puzle van formando el tejido social de un país.
Pero la situación de la información en exceso con los instrumentos tecnológicos con los que contamos, no están garantizando que toda esa sociedad que se supone conforma esa inteligencia colectiva esté aplicando en cada instante su espíritu crítico y analítico. Más bien, es en términos generales, una sociedad pasiva en cuanto a que es receptora de información, pero no necesariamente pasa a ser crítica de la misma.
Es evidente que las redes sociales han permitido que aflore opinión ciudadana a tal punto que hasta los políticos menos proclives a usarlas terminan teniendo una cuenta en “X” para no quedar excluidos del espectro social y ser considerados como fuera de tiempo. Pero, asimismo, a pesar de la capacidad de respuesta mediante las redes sociales, por ejemplo, ante determinada medida de política local de un ayuntamiento que afecta a los ciudadanos, este comportamiento no está garantizando que se esté haciendo una crítica ordenada, analítica y menos aún, sistemática.
En este sentido, las miles y miles de respuestas, opiniones que se vierten en las redes, tienen un efecto “marabunta” con un poco de “por dónde va la gente”.
La visión de Sagan, que es la que seguimos, porque es la concepción universal de la inteligencia colectiva, está justamente cimentada en la capacidad de tener la fuerza por el volumen que implica millones de opiniones sobre un tema; pero fundamentalmente se nutre por el espíritu científico, o sea, “preguntarse los porqués” y dar respuesta con criterio también científico, sin ambages ni engaños ni especulaciones a lo que se sabe sobre algo y cuál es la percepción que la ciudadanía (la inteligencia colectiva) tiene al respecto. Dichas preguntas se refieren a la técnica de análisis de causa-efecto que consiste en investigar en profundidad el motivo fundamental de un problema mediante una serie de preguntas sucesivas, siendo la metodología de los “5 porqués” la más conocida.
Pero aún más: con el aditamento que en la medida que el proceso prueba- error que hacemos como parte de la evolución humana para el aprendizaje, también a escala macro-social lo hagamos con ese juicio crítico al que aludíamos.
La diferencia entre la posición del MIT y la de Sagan es que, la primera está más en línea con los sistemas y procesos de información, la interacción entre ordenadores y personas, la cuota de responsabilidad que va teniendo cada vez más la inteligencia artificial, etc.; pero la posición que suscribimos siendo fieles seguidores de Sagan, están más en línea con la ética y la conducta humana, lo que nos lleva directamente al terreno del liderazgo efectivo.
Por tanto, desde el IEEL creemos que es hora de que llegue a hacerse carne en la consciencia política de los líderes políticos a escala global, que hay una sociedad que no es la suma de ciudadanos y menos una estadística, sino la esencia misma de la sociedad a la cual los políticos se deben. Comporta en sí misma el valor de ser una inteligencia colectiva de diferentes edades, situaciones sociales y económicas, etc., pero que requiere ser bien representada en los órganos democráticos como son las instituciones que dan forma al estado de derecho en cada nación, especialmente los parlamentos, que en definitiva deberían ser ese eco de pensamiento crítico ciudadano, percepciones de millones de personas, sensibilidades, preocupaciones, etc.
O sea, cuando Sagan se formulaba la pregunta “¿quién habla en nombre de la Tierra?”, que tenía la finalidad de prepararnos como civilización a posibles encuentros con visitantes de otros mundos, porque él sostenía que no podíamos ser tan presuntuosos los humanos en creer que habría vida solamente en nuestro planeta, al preguntarnos los ciudadanos ¿quién habla en nuestro nombre?, aquí no encontramos ese eco de inteligencia colectiva que esperamos, porque está demostrado en todos los países, gobiernen quiénes gobiernen, que lo que hay es interés partidista y un alcance muy limitado en cuanto a cuál es el fin político que pareciera ser olvidado con demasiada frecuencia, que es servir al bien común.
Llegados a este punto, volvemos al término liderazgo efectivo que tanto hemos tratado en los últimos años. Revisando permanentemente su evolución y también decirlo, la mutación que él va haciendo por la propia sucesión de hechos y acontecimientos, por ejemplo, que los ciudadanos del mundo estamos siendo testigos en los últimos tres años de dos guerras aún no resueltas (Ucrania y Gaza, y en ésta última a pesar de la reciente firma de un “acuerdo de paz”), acredita una falta de liderazgo político mundial.
Recordemos, por ejemplo, cuando en 2020 surgiera a escala mundial ese gran “cisne negro” que fue la pandemia del Covid-19, que nos señaló muy claramente que el camino que nos iba indicando la ciencia a medida que las investigaciones se estaban haciendo sobre la propia realidad que acontecía (sobre la marcha porque había que improvisar), ya que no había antecedentes de los que nutrirse, era el correcto. No cabe duda que la inteligencia colectiva de la comunidad científica de epidemiólogos, médicos de atención primaria, biólogos, neumólogos, etc., evitó que en los momentos más duros del ataque del coronavirus se descontrolara y se produjeran aún muchas más muertes de las que finalmente hubo.
Se tuvieron que ir marcando claramente cuáles eran los pasos que la sociedad debía dar, caso de las medidas de distanciamiento social y protectoras como el uso de mascarillas y lavado de manos con bastante frecuencia. Y la ciudadanía, en respuesta a todas las exigencias que se impusieron con el confinamiento, respondió en términos generales muy bien, porque el espíritu de consciencia crítico (no tanto si estaban o no de acuerdo) ya había consolidado una inteligencia colectiva que nos permitió adaptarnos y seguir amoldándonos a las nuevas circunstancias de la etapa post Covid, por ejemplo, sobre cómo iba reaccionando a medida que nuevamente se empezaban a reactivar actividades empresariales que habían quedado absolutamente paradas y millones de personas que se quedaron en el mundo sin su fuente de trabajo.
La alta política que gobierna las naciones, y muy especialmente las instituciones supranacionales, se enfrenta continuamente a cantidades de problemas de tipo ordinarios que van surgiendo en el día a día. Pero nos iría mejor a la ciudadanía del orbe, si los responsables de las instituciones que nos gobiernan de manera directa y/o indirecta, caso de la “Organización Mundial de la Salud”, o las mismas “Naciones Unidas”, considerasen a los gobernados de cada país de las 193 naciones que la conforman, como el engranaje principal de la sociedad que ellos desde su atalaya están dirigiendo y/o influyendo, caso concreto de los objetivos que permanentemente se fijan sobre el desarrollo sostenible y que con cierta frecuencia hay que actualizarlos porque desde que se fijaron los llamados “Objetivos del Milenio” para el cambio de siglo, jamás fueron cumplidos.
El liderazgo efectivo, tanto en una organización como desde la gobernanza mejor o peor que ejerza un gobierno cualquiera en un tercer país, tiene que tener en cuenta que los empleados y los gobernados recíprocamente, sean grupos más pequeños o más grandes que pueden ejercer y demostrar su inteligencia colectiva, porque son capaces de hacer cualquier sacrificio y salir de cualquier aprieto, por más duro que se les ponga, cuando del otro lado hay un liderazgo efectivo que habla el mismo idioma.
Que, como en el caso que hemos presentado hoy del MIT Center for Collective Intelligence, que busca la interacción entre ordenadores y personas, la clase política gobernante debe buscar una mejor interrelación entre gobernados y gobernantes, porque no sólo las circunstancias graves como las guerras y pandemias lo exigen, sino porque el futuro, que es mañana, nos lo pondrá aún más complicado y los políticos tendrán que depender cada vez más de una inteligencia colectiva, se corresponda al ámbito científico o a otros campos de conocimiento. Lo que sí es seguro es que ya en este mismo presente, y cada vez más en el futuro próximo, los líderes mundiales, tanto organizacionales como políticos, deberán facilitar esta interrelación y actuación colaborativa, de la que finalmente como hemos descrito, se produce una evolución importante del conocimiento y la aplicación correspondiente en beneficio de la sociedad. Y de esta evolución hay un garante: el liderazgo efectivo.
Además, cuando se comprenda cada vez mejor su importancia y la inevitable relación de tipo bidireccional que tiene con la inteligencia colectiva, cualquier líder que se precie, tenderá a ser más empático, a escuchar a empleados y ciudadanos, a coparticipar en decisiones conjuntas, desde el proceso decisorio en la planificación estratégica de una compañía, a la decisión de adoptar determinada medida de política social y económica que pretende beneficiar a un colectivo concreto, por ejemplo, de agricultores.
Si las decisiones en los ámbitos privados no se toman en vacío, porque existen cuentas de explotación y rendición de cuentas a accionistas, inversores y diferentes grupos de interés, en las decisiones de gobierno de cuyas consecuencias se afecta la vida para mejor o peor de millones de ciudadanos, también deberán hacer lo propio, partiendo de la base que los inversores, accionistas y grupos de interés son los ciudadanos que votaron al gobierno de turno y en definitiva a quiénes éste se debe.
Si se asume desde éste ángulo de miras la acción política, que requiere de la escucha activa y una gran sensibilidad por los problemas a los que se enfrenta permanentemente una determinada comunidad, entonces una primer batalla para el político estará ganada: la de que el ciudadano esté convencido que independientemente de lo que se haya decidido aplicar como medida, la intencionalidad es buena, que ha habido una dotación presupuestaria para llevarlo a la práctica y que se está monitoreando constantemente la evolución de la implementación de aquella, para que los responsables políticos tengan la capacidad de maniobra de hacer ajustes y cambios ante imprevistos y/o situaciones que no pudieron haber sido contempladas.
Si la colaboración y la interacción entre gobernantes y gobernados es razonablemente buena, la resistencia y contestación social a cualquier ajuste será mucho más relajada, porque las partes en juego comparten intereses comunes: el bienestar que unos esperan recibir y la aprobación que los otros también esperan escuchar. Si el seguimiento no es el adecuado, si no se ha escuchado al ciudadano, si las medidas aplicadas hubieran resultado insuficientes y demostrado una falta de voluntad política y sensibilidad, la contestación social y el malestar ciudadano abrirán un frente interno que habrá que atender, que requiere energías y que desgasta la relación entre autoridades y ciudadanos.
El liderazgo efectivo, tiene que ejercerse en ámbitos públicos y privados, lo que exige para los líderes de ambos territorios que consideren a la inteligencia colectiva como un aliado fundamental para la toma de decisiones, porque facilita la evolución de conocimiento que hemos referido más arriba, que las cosas no queden en simple información y/o improvisaciones.
Artículo coordinado por José Luis Zunni, presidente y CEO del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL), director de ecofin.es, vicepresidente de Foro ECOFIN y autor del libro recién publicado ‘El Cubo del Líder’ (Ed. Kolima; disponible a la venta pinchando aquí), en colaboración con Salvador Molina, presidente de Foro ECOFIN y presidente honorario del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL) y también autor del libro ‘El Cubo del Líder’; y Antonio Alonso, presidente de la AEEN (Asociación Española de Escuela de Negocios) y vicepresidente segundo de EUPHE (European Union of Private Higher Education).














