Ser feliz y tener buena salud

Cada vez que nos adentramos en la realidad preocupante que nos rodea -por ejemplo, la situación económica, política y social-, sin duda hay un elemento intangible pero vital para nuestra vida, como es la felicidad, que puede verse seriamente afectada. Pero no es el único factor de nuestro organismo (cuerpo-mente-espíritu) que se verá alterado: seguramente, aunque no lo notemos porque escasamente nos ha afectado de manera visible, como suele decirse coloquialmente, siempre la salud física y mental termina pasándonos factura.

Por ello, siempre hemos tenido especial interés en el bienestar de las personas, que parte de un cuidado especial por la felicidad y la salud. No es una fantasía. Hoy día es un reclamo posible de obtener en todos los ámbitos de la vida.

Voltaire (1694-1778), historiador y filósofo francés y uno de los principales representantes de la ilustración, afirmaba que “he decidido ser feliz porque es bueno para mi salud”. Sin duda, no solo tiene una lógica aplastante, sino que es tremendo el alcance que tiene en la actualidad y el futuro más inmediato, cuando estamos abrumados un día sí y otro también por ese cáncer que es el estrés negativo alimentado por la inestabilidad permanente y la incertidumbre como otro de los términos más odiados en la actualidad.

Henry Van Dyke (1852-1933), escritor y clérigo estadounidense que fue profesor de literatura inglesa en la Universidad de Princeton, afirmaba que “la felicidad es interior, no exterior; por tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos”.

Que las emociones impactan las acciones que a diario acometemos, aún son muchas las personas que las ponen en duda. Pero, en realidad, nuestra actitud emocional hace mucho más que eso: conduce toda nuestra vida. Y la manera en la que nos conducimos a lo largo de nuestra existencia es, como alguien dijo, “nuestra autobiografía en movimiento”.

Cuando queremos caerle bien a las personas, sean o no las de nuestro entorno más próximo, tengamos claro los siguientes contratiempos: es imposible gustarle a todo el mundo y menos que sintamos ese cariño y aceptación que nos dan un número muy reducido de personas; pocos serán también los que nos comprendan ni tampoco muchos serán los que nos valoren; difícil será encontrar adeptos que nos acepten y entremos a formar parte de sus vidas (amigos, compañeros de trabajo, familiares con los que no nos llevamos bien, etc.); nada se puede controlar porque se trata de emociones que, al igual que conducen nuestra vida, están dirigiendo la de los demás.

Aunque la buena noticia es que no debe importarnos demasiado. No debemos obsesionarnos si algunas de las personas que entran en esta clasificación que hemos dado nos dan la espalda o no expresan una cierta emoción que nos haga sentir cómodos. No podemos controlarlo todo, porque de las decenas de personas que pueden formar parte de nuestro mundo relacional, todas y cada una de ellas tienen emociones que son únicas y exclusivas de esa persona. Así de simple.

Por tanto, tratemos de convivir con la media de aceptación que tengamos, aunque no está de más tratar de hacer gestos que nos permitan que algunos de los que hasta hoy no nos transmitían sentimiento alguno, empiecen a hacerlo. Esta actitud prudente es indudablemente un camino razonable para sentir felicidad.

 

Reducir la medida de nuestros “peros”

Esto nos lleva a otra cuestión no menor: si queremos cumplir los objetivos personales y profesionales en la vida, alcanzar las metas que nos hayamos impuesto, es imperativo reducir la medida de nuestros “peros”; o sea, esa permanente manera de cuestionar cosas, hechos, personas, actitudes, etc.

Cada vez que anteponemos un “pero” a determinado pensamiento, por ejemplo, “es una buena persona… pero”, estamos sembrando la duda sobre cómo va a ser esa relación con nosotros en el futuro, por lo que, sin darnos cuenta, estamos coartando nuestra libertad de acción bajo la terrible forma de la sospecha. Esta es dañina con nuestra felicidad.

Cuando las dudas y resquemores nos invaden, nos quitan espacio para la libertad de decisión. Por tanto, una primera medida que debemos tomar para controlar estas emociones que están dirigiendo nuestra vida es intentar gestionarlas y dirigirlas, sin entrar en las trampas de poner condiciones a los demás que no nos gustaría que nos la impongan a nosotros.

Cuando aprendamos a conducirlas adecuadamente, nos invadirá un sentimiento de satisfacción que nos hará sentir con una felicidad más duradera, no sólo en momentos esporádicos.

Buddha afirmaba que “no hay nada más terrible que el hábito de la duda. La duda separa a la gente. Es un veneno que desintegra la amistad y rompe relaciones satisfactorias. Es una espina que hiere e irrita; es una espada que mata”. Cuántas relaciones interpersonales en el trabajo, sea entre compañeros o entre jefes y personal, o a nivel familiar o en el mismo grupo de amigos que frecuentamos semanalmente, una aparente inocente duda puede minar las raíces de una relación que puede tener ya algún tiempo.

No hay peor infelicidad que la que se haya originado en la duda sobre una persona allegada. Es evidente, nos duele y no puede hacernos felices.

Los estados emocionales nos pueden llevar a aciertos indudables, especialmente en esa relación interpersonal, porque la percepción que tengamos sobre las cosas que se dicen o las acciones que se acometan por parte de otras personas se correspondan con la realidad de dichos hechos y palabras. Ante esta coincidencia entre percepciones y realidades, la felicidad se agranda, porque no sufre los desvíos de la comprensión (proceso crítico), sino la confirmación de una empatía (proceso emocional).

Del mismo modo, un estado emocional inadecuado puede llevarnos a prometer lo que no se puede cumplir, o también a una respuesta que no debió haber sido dicha porque estábamos enojados y mejor hubiese sido repensar la situación y responder en otro momento.

Si las circunstancias que atravesamos son de tristeza, cuidado con las decisiones que tomamos, porque pueden influir muy negativamente algo que a lo mejor es mucho más simple de resolver de lo que parece. Por ello, mantener la felicidad también implica elegir la oportunidad del momento para decidir, prometer o responder. Nunca ha sido bueno precipitar los procesos, menos cuando son importantes las emociones que están en juego.

 

Las emociones no tienen que interferir en la apreciación y disfrute de los momentos fugaces de la vida

Doe Zantamata, que es un autor reconocido que ha profundizado en diferentes aspectos de la felicidad, nos da una sentencia que nos parece adecuada para lo que tratamos hoy: “Es fácil juzgar. Es más difícil comprender. La comprensión requiere compasión, paciencia y el deseo de creer que los buenos corazones a veces también se equivocan. Mediante los juicios que hacemos, separamos; mediante la comprensión, crecemos”.

El gran escritor ruso Leon Tolstoi (1828-1910) llegó a afirmar que “mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo”. Tolstoi coincide con Henry Van Dyke en que es el interior, nuestro espíritu y nuestra alma, junto a los valores en los que creemos, que nos señalan claramente el disfrute de algo material en el instante mismo en que se tiene la fuerza de voluntad de no desear lo que no se puede o no se tiene.

Cuando llegó a convivir dos años entre nosotros el mortal Covid-19, los gobiernos de todo el mundo entraron a valorar por fin, en su justa medida, la necesaria compatibilidad entre la salud física y mental. Los problemas derivados del encierro a escala global nos hicieron despertar en una cantidad de cosas que no habíamos valorado suficientemente hasta ese dramático trance: caso del trabajo remoto, de la compatibilidad entre la vida laboral y personal, la preocupación por la salud mental dicha sin tapujos ni complejos, etc.

Los grandes traumas que como la pandemia han impactado en la humanidad siempre nos ha dado la chispa de pensamiento creativo para solventar el problema presente y prepararnos para otro futuro, porque sabemos que cada tantos años algo similar puede volver a ocurrir. Pero lo que también hemos aprendido es que podemos encontrar felicidad desde los actos más simples, y que nuestra salud lo termina agradeciendo.

 

Artículo coordinado por José Luis Zunni, presidente y CEO del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL), director de ecofin.es, vicepresidente de Foro ECOFIN y autor del libro recién publicado ‘El Cubo del Líder’ (Ed. Kolima; disponible a la venta pinchando aquí), en colaboración con Salvador Molina, presidente de Foro ECOFIN y presidente honorario del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL) y también autor del libro ‘El Cubo del Líder’.

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