Estamos cerrando hoy el ciclo de nuestro Newsletter de los viernes que, de manera ininterrumpida cumplimos, entre septiembre y julio de cada año. Por ello, la pregunta que nos formulamos (y a todos nuestros lectores/as) no es una cuestión intelectual, sino que la respuesta que demos revela mucho sobre nuestra naturaleza como seres humanos; por supuesto que también, como es lógico, como sociedad.
Una preocupación por el buen liderazgo para que, de los efectos de su ejercicio, se produzcan acciones positivas que sean en todos los ámbitos en los que se producen, directas, tangibles y determinantes en todos los aspectos de nuestra vida. Y esto es lo que hemos venido defendiendo desde este Foro en los últimos 5 lustros y en los últimos dos años desde el Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL).
El liderazgo no es un concepto abstracto reservado para políticos o CEO’s. Es el auténtico motor social, político, económico y cultural que da forma a nuestros países, por ende, a sus organizaciones, instituciones, comunidades y, especialmente, la manera en que viven las familias.
Entre las razones que más nos importan está nuestra supervivencia, ya que, en su nivel más primitivo, un buen líder es la diferencia entre el orden y el caos.
En qué contexto nos encontramos
A partir del pasado 20 de enero cuando el presidente Trump asumía el Poder Ejecutivo en Washington D.C., se ha iniciado no solo en Estados Unidos sino en el resto del mundo, una carrera contra reloj en la que se mezclan aranceles, OTAN y una mayor aportación de los estados miembros, qué pasará con la ayuda al desarrollo, búsqueda de la paz en Ucrania, terminar la Guerra de Gaza, y especialmente, una preocupación por el grado de tensión entre el equilibrio en las relaciones con China y Rusia.
La Unión Europea ha estado siempre pendiente de todas las “fiestas” aunque no siempre “haya sido invitada”. Esta ironía perversa se ha intensificado porque más allá de las fortalezas de los dos grandes gigantes económicos del orbe como son China y Estados Unidos, sin dejar de considerar el poderío de reservas naturales y poder nuclear de Rusia que le siguen haciendo temible, la incapacidad en el liderazgo de la UE demostrado desde la Comisión Europea, nos sigue relegando a una tercera posición de los tres grandes bloques del mundo: Asia-Pacífico, Norteamérica y nosotros (el Viejo Continente).
¿Es necesaria una nueva geopolítica europea?
En la película Apolo XIII el máximo responsable de los controles de vuelo en el centro espacial de Houston, en un momento de máxima tensión demuestra lo que en los hechos fue así, “que el fracaso no es una opción” y que había que traer a tierra a los astronautas como fuera.
Si miramos la “vieja Europa” una vez más como ese lugar paradisíaco al que todos quieren venir a visitar, por su historia, su arte, sus bellezas naturales, sus diferentes culturas, la cantidad de naciones, idiomas y etnias que la componen, parece más un documental que una realidad. Porque no ha habido un liderazgo que nos pusiera en carrera para competir de verdad con los gigantes que compiten globalmente.
Y lo que fracasar no es una opción, ya no es una cuestión solo de liderazgo, sino de geopolítica, en otros términos: una nueva geopolítica europea no es una opción, es una necesidad urgente para su supervivencia y relevancia en el siglo XXI. Así de claro… ¡lo que no nos sugiere para nada que sea fácil hacerlo!
La vieja geopolítica europea, que dominó desde el fin de la Guerra Fría hasta aproximadamente 2022, se basaba en una serie de supuestos que han quedado absolutamente obsoletos. Hay que romper con utopías estúpidas que pretenden un mundo en paz perpetuo, para enfrentarnos a otro mundo que lo único que le interesa es su lucha (competencia) por el poder. Y Rusia lo ha demostrado claramente:
qué poco le importa aquel principio y que por el poder imperial está dispuesta a perpetrarse en la guerra.
Hasta ahora este modelo antiguo se sostenía sobre tres pilares que se han derrumbado:
1º) La Paz a través del comercio (el espejismo ruso), creyendo que, al integrar a Rusia en la economía global, especialmente a través de la dependencia energética (gas y petróleo baratos), se lograría moderar su comportamiento y asegurar la paz. Se creía que el interés económico siempre triunfaría sobre la ambición imperial. Pero la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 demostró cuál era la cruda realidad, ya que Rusia estaba dispuesta a sacrificar sus ganancias económicas por un proyecto neo-imperial.
2º) La creencia de que la seguridad que nos provee Estados Unidos es incondicional
Una dependencia a través de la OTAN, lo que le permitía gastar poco en defensa (“el dividendo de la paz”) y concentrarse en su proyecto de prosperidad económica y “poder blando” (soft power). Esto se ha puesto sobre la mesa en la última cumbre de la OTAN en la que todos los países firmaron el 5% del PIB de aquí a 10 años.
3º) La Neutralidad Estratégica con China.
Se basaba en el principio que se podía separar lo económico de lo político. China era vista principalmente como un socio comercial indispensable, una “fábrica del mundo” de la que se podía depender para obtener bienes baratos. Pero la pandemia reveló la peligrosidad de depender de un solo país para cadenas de suministro críticas (mascarillas, productos farmacéuticos, tecnología). Además, China ha demostrado ser un “rival sistémico” que utiliza su poder económico para ejercer influencia política y tecnológica.
¿Los cambios en la geopolítica implican cambios en el liderazgo político?
Ante esta pregunta tendemos a dar una respuesta de tipo automático afirmando que sí, que los cambios en las estructuras geopolíticas implican cambios en el liderazgo político, aunque no siempre es así. En primer lugar, la relación entre los cambios en una y otra disciplina es profunda y compleja. Pero es que, además, cuando se producen avances y/o retrocesos en los ámbitos de la geopolítica, simultáneamente se están produciendo aceleraciones y/o disminuciones en las transformaciones en los ámbitos del liderazgo, ya que los primeros actúan como un poderoso catalizador. Este tipo de procesos provoca la salida o caída de algunos líderes existentes o dependiendo del grado del impacto, se produce una transformación, pero con la coexistencia de los mismos líderes que estaban gobernando hasta ahora. Basta como ejemplo, la moción de censura que se le hizo en las últimas horas a Ursula Von der Leyen, que no prosperó, ya que los grandes partidos que le vienen apoyando veían más problemas que soluciones a través de cambios que viniesen provocados por los partidos políticos de ultraderecha y gobiernos de este signo, por lo que interpretaron como un riesgo para la estabilidad institucional europea y una posible pérdida de derechos conseguidos que Europa no quiere perder.
Es evidente que los mecanismos por los que la geopolítica influye en el liderazgo, se corresponden a cuando se generan presiones, amenazas y oportunidades. Por lo que, si un líder no sabe o no puede adaptarse a este nuevo entorno, a menudo es reemplazado como consecuencia de una crisis de legitimidad y competencia, derivada de un liderazgo que puede parecer débil o también desactualizado.
Si se produce un impacto económico directo y de grandes proporciones como fue la “Crisis del petróleo de 1973”, con derivadas importantes de sanciones, guerras comerciales y crisis energéticas, que generaron un gran descontento en las diferentes ciudadanías por soportar tasas elevadas de inflación, desempleo y un período de recesión económica, lo que siempre termina resultando en un castigo en las urnas para los gobiernos de turno.
Pero esta crisis además de desestabilizar a muchos gobiernos occidentales, que no supieron cómo gestionar la estanflación (inflación más estancamiento económico), condujo a cambios de liderazgo en países como el Reino Unido y Estados Unidos en los años siguientes.
También es cierto que cuando en el tablero mundial se produce un impacto del contenido ideológico como fue la “caída del Muro de Berlín” que llevó a la posterior desintegración de la URSS, lo que se conoce como el “fin de la Guerra Fría” no solo cambió líderes, sino que desacreditó al comunismo como modelo y dio un impulso global a la democracia liberal y al capitalismo. Provocó la caída de todos los líderes comunistas en Europa del Este y la disolución de la Unión Soviética, lo que supuso el fin del liderazgo de Mijaíl Gorbachov.
Del mismo modo, como una reacción al capitalismo exacerbado, la percepción de los excesos de la globalización ha alimentado el ascenso de líderes populistas y nacionalistas. Esto se puso de manifiesto cuando la Crisis Financiera Internacional de 2008-2009 que sumado al creciente poder de China, generaron un sentimiento anti-globalización en partes de Occidente, lo que ayudó a aupar a líderes como Donald Trump, que prometían “Poner a América Primero” (America First).
Sin duda, otra forma de manifestación en que la geopolítica demostraba su poder era, cuando se producía una intervención exterior en otras naciones de parte de una potencia, caso Estados Unidos, pero hay que destacar que históricamente las potencias han intervenido directamente para cambiar líderes en otros países que no se alineaban con sus intereses geopolíticos, por ejemplo, a través de golpes de estado durante la Guerra Fría.
Si bien cuando se producen cambios en la geopolítica no significa que se determine de manera automática un cambio en el liderazgo político, sí está creando un entorno de alta presión que pone de manifiesto las fortalezas y debilidades de los líderes actuales.
Por tanto, no puede afirmarse que siempre el guion del liderazgo político esté escrito por la geopolítica, aunque sí construye el escenario en el que los líderes deben actuar. Aquellos que no se adaptan al nuevo contexto en el que deben actuar con nuevas variables en juego, cuentan con todas las papeletas para ser reemplazados por actores más adecuados para las nuevas circunstancias y coyuntura.
¿Cuáles deben ser entonces los nuevos pilares de la nueva geopolítica europea?
Si Europa quiere seguir prosperando y, dicho coloquialmente, sobrevivir a esta explosión de poder tecnológico y también militar que otros están demostrando en los hechos, debe construir una nueva geopolítica basada en el realismo y el poder. Esto implica cuatro transformaciones fundamentales:
1º) Pasar del principio de “poder blando” a uno que la sitúe como “poder duro”
Esto exige una capacidad militar y de defensa genuina europea. Porque la UE debe aprender a “hablar el lenguaje del poder”, que es el único que entienden rivales como Rusia. Ello lleva a, por ejemplo, hacer una integración de la industria de defensa, lo que evitaría una competencia absurda entre los 27 estados miembros que compran sistemas defensivos y de armamento diferentes, no haciéndolo de manera sistemática y coordinada, para lo cual habría que crear una base industrial y tecnológica de defensa europea unificada para producir armas, municiones y tecnología a gran escala.
Y dentro de la estructura de la OTAN, habría que darle preponderancia a una materialización de la nueva fuerza europea, que se vea que se cuenta con ella, que es un socio fuerte dentro de la alianza y que puede si bien no prescindir por unos años del potencial bélico y tecnológico de Estados Unidos, sí demostrar que está en camino de ser un socio de la OTAN también poderoso.
2º) De la dependencia a la soberanía económica y el “De-risking”
El “De-risking” es la estrategia de reducir selectivamente las dependencias económicas y tecnológicas críticas de un país rival (como China), sin cortar por completo las relaciones comerciales.
El objetivo no es el aislacionismo, sino la resiliencia. En cuanto a la soberanía energética, habrá que acelerar la transición a las energías renovables no solo por el clima, sino como un imperativo de seguridad nacional para no depender de regímenes autoritarios, pero cuidando cómo se compatibiliza con energías estables como la nuclear e hídrica. En paralelo, una soberanía industrial que permita tanto repatriar como diversificar la producción de bienes críticos (semiconductores, baterías, productos farmacéuticos) para no ser las políticas comerciales más próximas a la extorsión que a la libre competencia. Justamente en cuanto al De-risking con el gigante asiático, no tiene que ser una reducción de riesgos con desacoplamiento total, sino una reducción estratégica de las dependencias en sectores clave, mientras se coopera en áreas de interés mutuo.
3º) Una Política Exterior Unificada
La mayor debilidad de la UE es su división. Un mercado de 450 millones de personas es una superpotencia económica, pero su poder geopolítico se diluye entre 27 capitales.
Un aspecto que no es menor es el veto en las decisiones críticas, por lo que habría que avanzar hacia la toma de decisiones por mayoría cualificada en política exterior, para que un solo país, como Hungría, no pueda paralizar a toda la Unión.
Usar su poder económico como arma, lo que implica utilizar su acceso al mercado único como una herramienta de presión geopolítica (el “Efecto Bruselas”).
4º) La ampliación como herramienta geopolítica
La ampliación de la UE ya no es solo un proceso técnico y burocrático: pasa a ser una posición geopolítica de refuerzo de nuestras fronteras. Anclar a Ucrania y los Balcanes, integrando a estos países en la UE, es ahora la mejor estrategia para crear una zona de estabilidad y prosperidad en su frontera oriental y para negar a Rusia una esfera de influencia. Es una inversión en la propia seguridad de la UE.
Hay que tener en cuenta que no todos los países de los Balcanes forman parte de la Unión Europea. Croacia es el único país de los Balcanes Occidentales que actualmente es miembro de la UE, habiendo ingresado en 2013. Otros países, como Albania, Bosnia y Herzegovina, Macedonia del Norte, Montenegro y Serbia, son países candidatos o tienen acuerdos de asociación con la UE, pero aún no son miembros.
La pregunta ya no es si Europa necesita una nueva geopolítica, sino si sus líderes y ciudadanos tendrán la voluntad política y el sentido de urgencia para construirla a tiempo. El mundo no va a esperar a que Europa se ponga de acuerdo. El cambio es inevitable y el único interrogante es si Europa será un actor que lo moldee o un mero objeto de las decisiones de otros.
Artículo coordinado por José Luis Zunni, presidente y CEO del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL), director de ecofin.es, vicepresidente de Foro ECOFIN y autor del libro recién publicado ‘El Cubo del Líder’ (Ed. Kolima; disponible a la venta pinchando aquí), en colaboración con Salvador Molina, presidente de Foro ECOFIN y presidente honorario del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL) y también autor del libro ‘El Cubo del Líder’; y Antonio Alonso, presidente de la AEEN (Asociación Española de Escuela de Negocios) y vicepresidente segundo de EUPHE (European Union of Private Higher Education).













