Cuando Albert Einstein imprimió para la historia la frase “Dios no juega a los dados”, el científico alemán no hablaba de Dios en su sentido religioso, sino que lo utilizaba como una metáfora de la naturaleza. A través de su correspondencia epistolar con el científico Born, Einstein mostraba su disgusto con la falta de determinación de la física cuántica. Fundamentalmente, el genio creador de la Teoría de la Relatividad estaba convencido de la “existencia de leyes armoniosas” de Dios que eran las que veía que regían en todo el Cosmos, gracias a su cumplimiento estricto de los principios físicos de causa y efecto.
Nos enseñan desde el colegio primario que los actos tienen consecuencias. Que la causalidad es la que rige nuestras vidas, y no la casualidad. Por lo que a los ciudadanos de la UE, en este momento de desconcierto absoluto y de falta de autoridad clara de parte de lo que una vez fue Europa como “Cuna de Occidente”, es natural que exista una gran preocupación, no solo por las consecuencias imprevisibles de una escalada de la Guerra de Irán, sino que en este momento se ve con suma claridad la falta de ideas claras de la UE en cuanto a su posición en el mundo.
Parece que hoy día pocos son los líderes políticos europeos que se apoyan en esta realidad histórica de la cual deberíamos estar muy orgullosos. Es evidente que la UE se viene enfrentando desde el inicio de 2026 con un escenario en el contexto internacional que es realmente complejo, pero que justamente es nuestra debilidad europea lo que hace más preocupante para la ciudadanía cómo va a encarar Europa su posición respecto no solo a esta guerra, sino al futuro en general.
En la Unión Europea estamos padeciendo una “extrema debilidad” estructural, con una evidente pérdida de competitividad frente a potencias como Estados Unidos y China, siendo, además, necesario seguir dependiendo de la seguridad exterior.
Aunque busca proyectar influencia, la UE se percibe “cada vez más aislada” y con dificultades para actuar como un actor geopolítico unificado, enfrentando riesgos significativos de ataques híbridos a su infraestructura crítica, que se corresponden a acciones coordinadas que combinan métodos digitales (ciberataques) y físicos (sabotaje, presión económica) para desestabilizar servicios esenciales como energía, transporte o sanidad. Su objetivo es generar caos y desconfianza, además de provocar daños sin llegar a una guerra abierta, aprovechando la interconexión entre el mundo digital y físico.
La debilidad de Occidente es la debilidad de la UE
Si ponemos sobre el tablero algunas de las metáforas que nos describen a Occidente y su declive, quizás la más representativa de esta descripción corresponda a Oswald Spengler al referirse a “La puesta de sol” (El ocaso), ya que etimológicamente la palabra “occidente” proviene del latín occidere (morir, caer, ponerse el sol), lo que está evocando el final de un ciclo vital y el envejecimiento inevitable de una civilización.
Spengler en “La decadencia de Occidente” compara las civilizaciones con organismos biológicos que nacen, crecen, envejecen y mueren. Ve a Occidente en una etapa de “civilización” (final) más que de “cultura” (apogeo), caracterizada por el materialismo, la tecnificación y la pérdida de alma.
Sin duda, Occidente es Europa y la desvalorada UE sigue siendo Occidente. Pero, como muy bien señala la “Revista de Estudios de Seguridad Internacional” (RESI) en un artículo titulado “La Unión Europea como actor débil en un sistema internacional complejo e inestable”, de Luis V. Pérez Gil, haciendo descripciones como “la situación de debilidad de la UE como actor internacional (también de sus principales potencias y Estados miembros), su incapacidad para crear las condiciones necesarias para poner fin a la guerra en Ucrania y su escasa influencia en crisis y conflictos en los que participe su vecino más poderoso y desafiante, como es Rusia”, refleja claramente cuál es la posición doctrinaria desde los ámbitos académicos de la ciencia política, la geopolítica, la economía, y desde ya, que muy especialmente desde los ámbitos en los que encajan todas las “revoluciones tecnológicas” actuales, empezando por la IA.
Las señales que viene mostrando Europa respecto de su pérdida de relevancia en el contexto internacional
Europa muestra signos de una menor relevancia internacional como consecuencia de varios factores, entre los cuales destacan:
- Un preocupante estancamiento económico.
- No estar al frente de la innovación tecnológica.
- La falta de una autonomía energética que la hace dependiente en esta materia.
- Una creciente pérdida de influencia geopolítica cada vez más acentuada en la última década.
Cuando vemos las consecuencias directas en el plano económico, se miden claramente en la brecha que existe entre los Productos Interiores Brutos (PIB’s) de Estados Unidos y China con la UE. A ello se suman otros factores, tales como una fuerza laboral cada vez menor, la pérdida de liderazgo digital y divisiones internas que dificultan una política exterior unificada.
Y en una época en la que la tecnología manda e incluso se impone y/o condiciona decisiones de alta política de los gobiernos, la UE ha caído al cuarto puesto a nivel mundial en patentes, con pocos gigantes tecnológicos locales, situación a la que hay que sumar el agravante de que se está enfrentando a una alta fragmentación en la financiación de startups. No menos importante es la migración de talento y emprendedores que encuentran mejor destino para sus fines en Estados Unidos, habiéndose ido ubicando algunos proyectos europeos valorados en mil millones de dólares en este país.
El nuevo “cisne negro” de la Guerra de Irán
Brett McGurk que es un analista de asuntos globales de la CNN en un muy lúcido artículo del pasado martes 10 de marzo titulado “Iran crisis: Three ways this could end” (Crisis en Irán: Tres maneras en que podría terminar), sostiene un determinado porcentaje de probabilidad para cada uno de los escenarios posibles:
– Lo que denomina “caso base” (60% de posibilidad) en el que Irán es contenido y el gobierno de Estados Unidos otorga al ejército el tiempo necesario para completar esta misión definida de degradar la proyección de poder de Irán. Esto implicaría hacer lo necesario para contener las crisis económicas, y que el presidente Trump mantenga su compromiso con la misión que ordenó.
– Peor escenario (30% de posibilidad) en el que el mundo se encontraría con un Irán envalentonado, peor que al principio. Y en este escenario tan negativo, Irán continuaría con estructuras de poder re-consolidadas y con su capacidad militar y nuclear lo suficientemente intacta como para ser reconstituida. Lo más grave de cumplirse esta posibilidad, es que la región quedaría aún mucho más inestable que antes del inicio de la Guerra.
– Best case (10% de posibilidad) en el que habría un nuevo Irán y también un Oriente Medio renovado. La presión militar sobre Irán, debilitaría al régimen y fortalecería la confianza de los iraníes para retomar las calles y exigir el derrocamiento de la República Islámica. La historia demuestra que la presión militar externa por sí sola rara vez produce un colapso rápido del régimen sin una oposición interna y armada organizada.
Qué debe demostrar el liderazgo de la alta política para enfrentarse a una guerra que se presenta muy incierta
Está claro que, en el ámbito científico, la mejor manera de descubrir nuevos avances, por ejemplo, en la medicina, en la física, etc., es formularse continuamente preguntas. Pero la ciencia política y la económica no deja de ser parte de ese gran conocimiento colectivo, que sin duda forma parte del conocimiento científico. La evolución científica no es el resultado de inspiraciones divinas ni de genios que tuvieron una mala noche, sino un largo proceso evolutivo, pero principalmente colaborativo, social y especialmente acumulativo, ya que se van a presentar y coexistir en una misma época, diversas contribuciones que se irán integrando para comprender la realidad.
Desde ya, que aquella persona que esté en mejores condiciones de entender ese entorno, cuáles son las variables que no son controlables, cuáles sí, qué es lo que hay que hacer y en el menor tiempo posible, etc., forman parte de las cualidades de un liderazgo efectivo. Y esta efectividad no tiene limitaciones, o sea, da igual que ocurran los hechos en los planos políticos, económicos, sociales, o incluso, en los de situaciones como la actual Guerra de Irán.
La efectividad del líder es dar por sentado que los inputs que recibe no son siempre ni los más exactos ni los más oportunos para la toma de decisiones, pero éstas hay que tomarlas.
Por tanto, los líderes políticos de alto nivel que se enfrentan a una guerra altamente incierta como la de Irán, se verán obligados a demostrar una combinación de resiliencia, adaptabilidad estratégica y comunicación transparente, así como orientada a objetivos. Y un primer problema al que se enfrentan es que la ciudadanía quiere saber qué pasa y las consecuencias, pero especialmente qué es lo que ese gobierno está haciendo (decisiones que toma o las que está pensando tomar). Pero una cosa es cierta: la información que le va a llegar a la ciudadanía no será del todo completa no porque haya intención de mentirle, sino porque esos mismos líderes van a tener que actuar y tomar decisiones con información incompleta.
Por tanto, la efectividad de este liderazgo debe manifestarse en ciertas cuestiones que hay que observar:
a) Adaptabilidad estratégica y toma de decisiones de manera rápida.
La capacidad de adaptar la estrategia y las acciones deberán ser realizadas en tiempo real a medida que evolucionan las circunstancias. En definitiva, no se les puede pedir las “mejores decisiones” sino las “menos malas”, caso, por ejemplo, cuando durante estos últimos tres días ante el aumento del barril de petróleo, los gobiernos de los países tenían que tomar decisiones en cuanto a liberar reservas, rebajar impuestos, etc. No se puede esperar a contar con información perfecta, o el error de creer que existe, pero en realidad es inexistente.
b) Evaluación de riesgos
Hay que evaluar con mucho cuidado cuáles son los riesgos visibles, y por supuesto, cuáles son aquellos que de momento no se perciben, pero que pueden aflorar. La Guerra de Irán no va a agregar nada nuevo al concepto de inestabilidad e incertidumbre, solo que lo va a llevar a máximos, caso del “miedo escénico” de las últimas horas, a que el barril de petróleo llegue a los 200 dólares.
c) Equilibrio entre corto y largo plazo
Atajar la crisis de manera inmediata cuando los gobiernos están perdidos en el caos de los primeros días de la Guerra, lo cual no da una buena perspectiva, por lo que es esencial mantener con firmeza y claridad cuáles son los objetivos y valores estratégicos a largo plazo.
¿Se puede decir, como dijo Einstein, que la Unión Europea no juega a los dados?
Aplicar esta metáfora a la UE no es cosa simple, ya que en principio la respuesta puede ser afirmativa, cuando la Comisión Europea, el Consejo Europeo y todo su aparato burocrático que hace que funcione, se caracteriza por un diseño extremadamente complejo (orgánica y funcionalmente), por lo que si hay algo que define a la UE es su intento de eliminar la incertidumbre a través de la norma.
¿Cómo se materializa?
La UE se basa en tratados, directivas y reglamentos extremadamente detallados. Nada se deja a la improvisación y siempre existe un procedimiento legal para casi todo. Nadie utiliza un cubilete para desentrañar el próximo movimiento.
Rige el principio de prudencia y también la precaución en cada acción que se pone en marcha, porque ambos (prudencia y precaución) son pilares de todo el entramado legislativo europeo, siendo ejemplo de ello, el ámbito de la salud y el medio ambiente.
La mentalidad de la máxima dirección de nuestro ámbito europeo de decisión es que cuando no hay certeza en cuanto a los resultados que se obtendrán por alguna medida que pretende aplicarse, los líderes europeos que llevan la operativa diaria prefieren no asumir riesgos, por lo que se ve que esta actitud nada tiene que ver con el azar (lanzamiento de dados).
La UE trabaja con una planificación a largo plazo, con presupuestos a siete años (marco financiero plurianual) y objetivos a décadas vista (como la neutralidad climática para 2050), de manera que en el ADN de la UE está siempre la vocación de proyectar un futuro determinista y controlado.
Pero la realidad que nos impacta cada día a los ciudadanos y por ende a los países, es una especie de tómbola o casino geopolítico, por lo que se presentan situaciones en las que los líderes políticos europeos se ven obligados “a jugar a los dados”, ya que por su propia naturaleza orgánica que responde nada menos que a 27 socios que son diferentes estados miembros con sus respectivas identidades, hace que con frecuencia el resultado de una Cumbre Europea sea impredecible.
Ya están acostumbrados los políticos europeos a tomar decisiones bien entrada la madrugada, porque no es infrecuente que a última hora se arribe por fin a un acuerdo, nunca mejor dicho, como producto de una “carambola política”.
Europa ha estado impactada como el resto del mundo por recientes “cisnes negros” en los últimos diez y ocho años, tales como la Crisis Financiera Internacional 2008-2009 y la Pandemia de 2020-2021, lo que ha obligado a los responsables de Bruselas a reaccionar rápidamente, justamente cuando era el tiempo el que faltaba, porque no había vacunas para el Covid-19 y se logró en tiempo récord tanto en la UE como en Estados Unidos ponerla a disposición de los ciudadanos. También ha ocurrido con el Brexit y por supuesto que, con la Guerra de Ucrania, circunstancias que obligaron a Bruselas a tener que improvisar y asumir riesgos que no estaban en ningún manual.
Además, existe cierto déficit de soberanía como consecuencia de que la UE no es un estado unitario, como lo son Estados Unidos o Rusia, porque desde ya que no siempre tiene el control total de sus fichas. Depende de los tableros de juego de otros jugadores racionales y poderosos como son los gobiernos de Washington, Pekín, y Moscú, lo que introduce un enorme factor de azar en su supervivencia. O sea, que aquí sí hay un cubilete y dados. La cuestión es saber cuándo se juega y cómo se apuesta.
Hay que tener en cuenta que existe en la UE un acervo comunitario que se corresponde con el cuerpo de leyes que regulan su existencia y su operativa diaria. Aquí tampoco hay leyes inmutables como las que defendía Einstein, ya que en la política europea las leyes son fruto de la negociación humana, que es inherentemente caótica.
Puede hacerse la semejanza a que la UE construye un casino sui-géneris, pero eso sí: con reglas muy estrictas. ¿Por qué? Para intentar convencerse a sí misma de que nadie está jugando a los dados. Podemos concluir a priori, que los líderes de la UE defienden una realidad política (ya dejó de ser proyecto hace muchos años) que es lo contrario del juego de azar, ya que desde sus orígenes en el Tratado de Roma de 1957 y en base a lo que los padres fundadores de la “vieja Comunidad Económica” que fuera el umbral del posterior Tratado de Maastrich y actualizaciones posteriores que conforman lo que es hoy la UE, tuvieron una aspiración clara: que nunca más hubiera una guerra en Europa como fue la Segunda Guerra Mundial, para lo cual lo único que garantizaría la paz duradera sería el crecimiento y desarrollo económico de sus naciones integrantes.
La Europa que resurgió posterior a la Segunda Guerra Mundial dejaba de ser una probabilidad y se convirtió tanto en una realidad para el desarrollo de sus naciones en paz, como en una imposibilidad legal en cuanto a recurrir a la confrontación armada. Este es el espíritu europeo que debemos defender.
Cómo encaja el derecho internacional con la guerra de Irán
Se dice coloquialmente casi de manera automática, que no existe, en la vida en general ni el “blanco” ni el “negro”, sino que estamos siempre en zonas grises. Y esta realidad también se da en el encaje del derecho internacional en la guerra de Irán, porque además de su complejidad y cierta controversia que se ha suscitado, se sitúa en una zona gris que estaría delimitada entre la prohibición del uso de la fuerza (Carta de la ONU, Art. 2.4) y la legítima defensa (Art. 51).
El análisis que analistas y expertos han hecho desde el inicio de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, es que consideran que no cumplen los estrictos requisitos de inminencia necesarios para la defensa propia, por lo que se puede calificarlos de ilegales. Existen cuestiones claves del derecho internacional que afloran en este nuevo conflicto de Oriente Medio, tales como la prohibición del uso de la fuerza que, según la Carta de las Naciones Unidas, solo se justifica la autodefensa ante un ataque armado real o inminente, condiciones que, según muchos de aquellos analistas, no se han cumplido de manera clara para que justifiquen los ataques contra Irán.
Simultáneamente, ha sido el gobierno israelí el que ha sostenido que sus acciones ofensivas contra las instalaciones nucleares iraníes fueron preventivas y de autodefensa, una interpretación que resquebraja el sistema legal internacional al basarse en amenazas futuras y no inminentes. Y si además se pone sobre la mesa la estricta legalidad de los objetivos, como el asesinato de líderes políticos o militares, como el del ayatolá Jamenei, se considera altamente controvertido o ilegal según el derecho internacional.
Igualmente serían ilegales las acciones de respuesta de Irán, por la decisión muy cuestionada de responder con ataques indiscriminados a varios países de la región, que también podrían estar violando el derecho internacional.
Además, sobre Irán permanecen aún en vigor sanciones internacionales, incluyendo las del financiamiento del terrorismo, pero en todo caso, el nuevo escenario que se ha presentado provoca fisuras en la aplicación del derecho internacional, mostrando los límites de éste ante nuevas realidades y rivalidades geopolíticas, así como de la disposición de armas de destrucción masiva.
¿Puede decirse que la Guerra de Ucrania y también la de Irán es un fracaso histórico de Naciones Unidas?
Cuando se formula esta pregunta, sea a un diplomático de cualquier gobierno de un estado miembro de la UE, o también a un funcionario de alto rango de esta institución supranacional, se observa que no solo en el presente, sino que hace ya varios años que se advierte tanto desde fuera como desde las mismas entrañas de la ONU su incapacidad para prevenir o detener situaciones como la invasión de Ucrania. O también no haber podido evitar que se relajara la tensión que ya se venía viviendo en Oriente Medio antes del bombardeo de las instalaciones iraníes de enriquecimiento de uranio el año pasado, como una primera advertencia de lo que se venía, menos aún de haber podido hacer nada a partir del pasado 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel inician esta guerra. No deja de ser un fracaso significativo en su misión principal de mantener la paz y seguridad internacionales.
Pero este escenario se nutre de varios elementos clave, tales como cierta parálisis del Consejo de Seguridad de Naciones Unidos, en gran parte debido a su propia estructura orgánica y funcional, como consecuencia del derecho a veto de los cinco miembros permanentes, que impide actuar cuando uno de ellos, como es el caso de Rusia en Ucrania, es parte directa del conflicto. Y a pesar que la invasión a gran escala de Rusia en Ucrania ha sido calificada como una flagrante violación del derecho internacional y la Carta de Naciones Unidas, no ha servido para lograr un armisticio que permita una resolución final después de cuatro años de guerra.
Las resoluciones de la Asamblea General han condenado estas acciones, pero carecen de mecanismos vinculantes para detener la guerra. Una vez más esto pone sobre la mesa si puede considerarse eficaz la capacidad operativa de Naciones Unidas e incluso, algo mucho más grave aún, cuando se habla de crisis de legitimidad, al haberse mostrado esta alta institución incapaz de corregir situaciones que la evidencian como impotente para prevenir y peor aún, actuar cuando el conflicto se haya desatado.
Experiencias como las de Srebrenica de flagrante violación de los derechos humanos de los años 90 del siglo pasado en la Guerra de los Balcanes, nos hace temer porque se repitan estos graves fracasos históricos. Por tanto, lo que está preocupando, especialmente en los países europeos, es que el nivel de tensión al que se ha llegado en Medio Oriente, puedan resquebrajar aún más el sistema de la legalidad internacional por el cual no solo las naciones del orbe deben regirse, sino al que deben respetar sin paliativos.
Igualmente hay evidencias muy positivas de las acciones, por ejemplo, la Asamblea General de Naciones Unidas logró condenas contundentes contra Rusia, aislando diplomáticamente al agresor, o cuando actúan agencias como la OCHA (que es la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios) o ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), que han operado en el terreno, y se han establecido comisiones para investigar crímenes de guerra.
Situación actual de la guerra de Irán en cuanto a la participación de la Unión Europea
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, esta misma semana levantó ampollas en los pasillos del poder europeo, al afirmar que el “viejo orden internacional” ya no era el que regía y había que adecuarse a los tiempos que corren. A las 24 horas tuvo que matizar sus palabras y volver al cauce de la incuestionable vigencia del derecho internacional que Europa siempre ha defendido. En realidad, se sacó un poco de contexto lo que ella quiso decir, porque no puede dudarse de su firme seguimiento en su posición de presidenta de la Comisión sobre el derecho internacional, lo que sucede, es que es consciente de que Europa es minoría frente al poder de autocracias del mundo que están condicionando un nuevo orden internacional, lo que es muy diferente a pensar que no debe existir el derecho internacional o que ha quedado obsoleto.
Pero cuando hablamos de capacidad de liderazgo e influencia, lo que hay que ver es cómo está constituido el mosaico mundial de naciones en cuanto a democracias y autocracias, y ver si Europa se está quedando como una especie de “socio minoritario” de este nuevo escenario mundial.
Actualmente, solo el 6,6% de la población mundial vive en una democracia plena, reflejando un marcado retroceso democrático global en los últimos años. Aunque cerca de la mitad de los países se clasifican técnicamente como democracias (aproximadamente un 49% en 2019), la calidad de estas ha disminuido, con un 39% de la población viviendo bajo regímenes autoritarios. Por lo que puede afirmarse que actualmente, el mundo atraviesa una ola de autocratización donde, por primera vez en 20 años, hay más autocracias que democracias, con cerca de 91 países bajo regímenes autocráticos. Aproximadamente el 72% de la población mundial (unos 5.700 millones de personas) vive bajo autocracias, ya sean cerradas o electorales.
Por tanto, veamos en la situación en la que se encuentra la UE frente a la Guerra de Irán:
– En primer lugar, no existe una guerra declarada formal y directa entre la Unión Europea ni de la OTAN contra Irán, por lo que la situación es de una confrontación indirecta y una tensión diplomática y económica máxima.
– La UE se encuentra en este momento en una posición muy incómoda, pero más aún compleja, al intentar equilibrar tres frentes: la seguridad regional en Oriente Medio; su propia seguridad por el apoyo de Irán a Rusia; y finalmente, la supervivencia de los canales diplomáticos.
– La postura de la UE, así como su participación, se verifica por las sanciones que ha impuesto (sucesivas rondas de sanciones) contra individuos y entidades iraníes responsables de suministrar drones y, recientemente, misiles balísticos a Rusia para su uso en Ucrania. Esto ha colocado a la UE en una posición que dista de ser mediadora para pasar a punitiva. También sancionó a Iran Air, prohibiendo sus vuelos a territorio europeo, lo que está marcando una escalada importante en la presión económica.
– La UE no está combatiendo a Irán directamente, pero sí a sus aliados, como es el caso de los ataques de los rebeldes hutíes, que son financiados y armados por Irán y que hacen todo tipo de atentados y ataques directos contra barcos comerciales en el Mar Rojo, para lo cual se lanzó la Operación Aspides, que es una misión puramente defensiva. Los barcos de guerra de países como Francia, Italia, Grecia y Alemania escoltan a los mercantes y derriban drones o misiles hutíes. Y a diferencia de la operación liderada por Estados Unidos (Prosperity Guardian), la UE tiene sumo cuidado en no atacar objetivos en tierra en Yemen para evitar ser arrastrada a una guerra regional abierta con Irán.
– Durante años, la UE liderada por Josep Borrell (ex Alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad) intentó salvar el acuerdo nuclear con Irán para evitar que Teherán consiguiera la bomba atómica. En la actualidad este papel ya no existe y la UE ha reconocido que Irán ha avanzado en su enriquecimiento de uranio a niveles que se convierten en un riesgo evidente para la estabilidad de la región. Pero a pesar de ello, la UE se resiste a restablecer todas las sanciones de la ONU para no cerrar la última puerta diplomática que queda.
Por tanto, ante la pregunta de si está la UE en guerra con Irán, la respuesta es que no desde el punto de vista militar. Pero sí que hay una participación activa en el plano económico, con sanciones importantes, o en el plano defensivo en el Mar Rojo y en el apoyo indirecto a Israel, mientras en paralelo intenta evitar una escalada regional que afecte sus intereses energéticos y de seguridad.
La nueva jefa de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, es conocida por una postura firme y dura contra los aliados de Rusia, lo que nos indica que la postura de la UE hacia Irán en el corto y medio plazo se volverá aún más firme y menos mediadora.
Artículo coordinado por José Luis Zunni, presidente y CEO del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL), director de ecofin.es, vicepresidente de Foro ECOFIN y autor del libro recién publicado ‘El Cubo del Líder’ (Ed. Kolima; disponible a la venta pinchando aquí), en colaboración con Salvador Molina, presidente de Foro ECOFIN y presidente honorario del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL) y también autor del libro ‘El Cubo del Líder’; y Antonio Alonso, presidente de la AEEN (Asociación Española de Escuela de Negocios) y vicepresidente segundo de EUPHE (European Union of Private Higher Education).














