Con frecuencia hemos escuchado expresiones como que “la pasión es el antídoto del esfuerzo” y otras tantas similares, que ponen en contexto a la importancia que este gran intangible del que disponemos los seres humanos: es lo que siempre cambia las cosas. ¿Por qué? Porque, aunque vayamos cuesta arriba, como suele decirse coloquialmente “empujando un elefante”, sin pasión no solo no hay fuerza… ¡se pierde la voluntad de ejercerla!
También es cierto que la pasión y el éxito están estrechamente relacionados, ya que la primera opera como un motor que impulsa la motivación intrínseca, la perseverancia y la excelencia, lo que a menudo conduce al éxito personal y profesional. No hay que mirarla solo desde el punto de vista de los sentimientos, porque realmente lo es: hay que saber administrarla adecuadamente y seguro que empuja a las personas a superar desafíos, pero también a buscar la excelencia de manera natural.
Cuando recurrimos a los clásicos, nos encontramos con este pasaje: “Y Alejandro lloró cuando al subir a lo más alto de esa montaña, se dio cuenta de que no tenía más mundos por conquistar”. Esta frase se le atribuye a Aristóteles, que fue maestro de Alejandro. Le dio la posibilidad al joven macedonio de pasar tres años al lado de una de las mentes más lúcidas de la Antigüedad. Llegó a valorar, gracias al viejo sabio, la trascendencia del conocimiento griego y de lo que contribuiría decididamente a la conformación del pensamiento occidental. La pasión y el éxito jugaban al unísono en los sentimientos de Alejandro. El hombre, quizás con la más importante visión del mundo en una época histórica aún oscura, se convertiría en el maestro del que sería el mayor conquistador de su tiempo.
¿Podemos hablar de éxito en la gestión del general macedonio? ¿Puede ser equiparable su genio militar a los principios actuales del moderno liderazgo, en el que las creencias personales pueden ser la diferencia entre el éxito y el fracaso? Sin duda alguna, el éxito tiene que ver con un liderazgo efectivo; pero, antes de ello, con la forma en que percibimos y vemos el mundo. Tiene que ver con nuestra interpretación del entorno y nuestras creencias sobre cómo actuar sobre este y, muy especialmente, la pasión que ponemos en ello.
¿Qué es lo que nos inculcan los padres y los maestros?
Es casi un eslogan docente esa expresión que hemos escuchado desde estudiantes de que “si quieres tener éxito en la vida, tienes que trabajar muy duro”. También otras expresiones similares, tales como “si quieres triunfar tienes que saber, y para saber tienes que estudiar”.
Aquellos maestros y profesores que nos dejaron huella, son los que además de enseñar y formar nos encendieron esa llama de la pasión. La de Aristóteles a Alejandro. La de los padres a los hijos.
Trabajar duro implica de algún modo la garantía de poder llegar a la meta. La cuestión es si se justifica el sacrificio o si hay maneras de regular el esfuerzo y poder disfrutar de la vida por estar haciendo un trabajo que te gusta y que no requiere tanto sacrificio. En conclusión, hay que salpimentar el esfuerzo propio de todo quehacer con motivación y pasión por lo que haces.
¿Cuál es la probabilidad de que trabajando duro estemos muy cerca del éxito? Es importante; pero, como en matemáticas: condición necesaria pero no suficiente. Esto implica que, si trabajas muy duro, existe la posibilidad de que puedas vivir bien. Aunque hay que sopesar cuánto sacrificio y tiempo estás dispuesto a soportar para alcanzar esa meta que aún hoy está lejana.
Cuando un investigador científico está catorce horas trabajando en el laboratorio, resulta evidente que es una tarea muy dura. Pero, ¿cabe otra alternativa para que haya una mínima probabilidad de obtener resultados prometedores en la investigación? Seguro que no. Porque la propia esencia de la investigación requiere del proceso prueba-error y feedback.
¿Cuál es el problema con el trabajo duro?
Están los que opinan que trabajar duramente implica que no se tenga un momento de tranquilidad ni de alegría. Que el sentimiento tan especial que es la felicidad siempre se nos va postergando. ¡Y cuidado! Es cierto que, por determinadas circunstancias personales y laborales, a veces tarda años en llegar.
Claro está que tampoco es garantía de que siquiera nos aproximemos a la meta. Esto es lo que tenemos que tener claro y aplicar de manera inteligente independientemente del esfuerzo que estemos dispuestos a realizar. En otros términos: esfuerzo sí, aunque bien administrado.
Tampoco es cuestión de engañarnos a nosotros mismos diciéndonos que al seguir nuestra pasión no tendremos que esforzarnos en exceso. Esto es falso, pues el investigador apasionado no cesa en su esfuerzo. Lo que sucede es que incluso los más destacados han tenido que aprender con los años cómo regular las fuerzas para no flaquear más adelante por cansancio físico y mental.
Parece que lo importante no es cuánto haces, sino cómo lo haces. Esto conlleva esa administración de energía que tanto daño puede hacernos. O sea, que una primera solución para no entrar en ese bucle de cansancio mental y físico es aprender a ser eficaces en las tareas que tenemos por delante.
Esto implica cómo administramos el tiempo. Especialmente las interrupciones informales o aquellas que, si bien son formales, están alterando nuestra rutina porque no se han respetado como es debido los protocolos de comunicación interna y gestión de los documentos que forman parte del problema a resolver.
La importancia del equipo
Aquí entran en juego dos elementos básicos en las organizaciones: el primero es la capacidad de liderazgo, lo que incluye los mandos intermedios. El segundo es el nivel de cohesión de los miembros de los equipos y el grado de compromiso individual con la dirección.
Esta conjunción de factores hace que fluyan las ideas y la creatividad. Que facilite el nivel de compromiso, así como dedicación y esfuerzo de cada una de las personas que comparten equipo y/o departamento. Por consiguiente, si dejamos de mirar en solitario las acciones de cada persona y las vemos en conjunto, ese esfuerzo y trabajar duro queda relativizado por una eficacia de equipo y eficiencia global de la organización.
Claro está que si la persona no está en una organización ni tiene la suerte de formar parte de un equipo de alto rendimiento, es más probable que tenga que administrar más esfuerzo y energía, por el principio elemental de división del trabajo. Pero puede neutralizar muy bien los tiempos ociosos y esfuerzos mal empleados con un entrenamiento y capacitación no sólo técnica, sino en el plano emocional.
Cuando a Colgate-Palmolive le quitaron líneas de controles que eran excesivas, se produjo una liberación de la creatividad y se incrementó la eficiencia global de la compañía en un 25%. Los empleados y mandos intermedios se beneficiaron del menor esfuerzo que implicaba tantos informes y rendición de cuentas. Pero también, en el plano emocional, porque sentirse útil y que se tiene una autonomía en el trabajo que se realiza, es evidente que energiza y ayuda al nivel de satisfacción del trabajo realizado, y además potencia el compromiso de cada empleado con la organización.
Pasión vs. Esfuerzo
No compartimos la posición extrema de que sólo con la pasión que apliques en tu trabajo el éxito llegará como algo natural. No es así. Sí es cierto que ayudará muchísimo a estar bien orientados en el camino del éxito, pero, una vez más, decimos que es condición necesaria pero no suficiente.
El éxito y las metas alcanzadas por hombres de la talla de Richard Branson, Steve Jobs o Bill Gates (por señalar algunos muy representativos) tenían que ver con su pasión, pero esencialmente estaban vinculados a su capacidad natural y visión del mundo que han tenido. Cómo se han anticipado al tiempo, a veces en décadas. Pero no es menor el esfuerzo y sacrificio que han realizado. La pasión en ellos es un porcentaje pequeño si lo medimos con sus respectivos talentos e imaginación de cómo veían el mercado o el futuro.
¡Que quede claro! Saber convivir simultáneamente con una razonable alegría porque sabes que estás bien orientado y no te desespera el tiempo y esfuerzo que tendrás que dedicar a tu proyecto personal. A ese plan de vida que te has trazado y que ha fijado ya su meta.
Pero no te engañes. No es garantía suficiente del éxito. Este requiere la combinación de pasión, inteligencia, esfuerzo, capacidad y responsabilidad. De ahí que Warren Buffett señalara en una conferencia respecto a cuáles eran las cualidades más importantes en un hombre (mujer) que “por lo general, uno busca tres cosas en una persona: inteligencia, energía e integridad. Y si las personas no tienen la última, ni siquiera se moleste con las dos primeras. Yo les digo: aquí todo el mundo tiene inteligencia y energía –de otro modo no estarían aquí. Pero la integridad depende de usted. Usted no nació con ella, no se puede aprender en la escuela”.
Es evidente que Buffett valora el talento por encima de la energía, porque ha matizado en más de una ocasión que sólo con las dos primeras (inteligencia y energía) podría matarle. Es una forma elegante de defender talento por encima de esfuerzo sin que esto implique que no haya que esforzarse. La cuestión es saber hacerlo inteligentemente.
La pasión se puede educar, cultivar y contagiar. Podemos hablar de que hay una pasión innata y otra educadora. Ésta última puede desarrollarse de manera tal que se convierta en una fuerza inteligente, crítica y libre que combina el conocimiento con el compromiso emocional. Por tanto, esos maestros y profesores que impactaron en nuestras vidas son los que nos despertaron la pasión porque fomentaron la curiosidad, el entusiasmo y la perseverancia, lo que hace que sean las emociones las que terminen siendo una parte sustancial para impulsar el aprendizaje en la vida.
Artículo coordinado por José Luis Zunni, presidente y CEO del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL), director de ecofin.es, vicepresidente de Foro ECOFIN y autor del libro recién publicado ‘El Cubo del Líder’ (Ed. Kolima; disponible a la venta pinchando aquí), en colaboración con Salvador Molina, presidente de Foro ECOFIN y presidente honorario del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL) y también autor del libro ‘El Cubo del Líder’.














