La historia de nuestra civilización no solo estuvo marcada por las guerras y ambiciones de dominio de unos pueblos sobre otros, sino por el peso de las ideas que afloraban en la mente de los precursores que destacaban en cada época. Por ejemplo, en el siglo XIX, Julio Verne anticipó conceptos como el submarino eléctrico, los viajes espaciales, el helicóptero y las comunicaciones globales. En “Veinte mil leguas de viaje submarino” (1870), el Nautilus funciona con electricidad, décadas antes de que los submarinos militares adoptaran esta tecnología.
Yuval Noah Harari, que es un historiador y escritor israelí de origen judeopolaco, profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén, al cual se le considera uno de los pensadores más influyentes de los últimos años, sostiene que “el futuro de la sociedad se puede resumir en una idea central: la humanidad está pasando de una selección natural a un diseño inteligente impulsado por la tecnología”.
Afirma que lo que caracteriza a la sociedad actual es el dataísmo como una nueva “religión” o ideología dominante, porque nos estamos moviendo en un universo que consiste en flujos de datos, que existe una autoridad algorítmica que se produce cuando dejamos de confiar en nuestra intuición o sentimientos, pasando a confiar en algoritmos. Es el caso que a diario nos sucede cuando tanto Amazon como Google conocen nuestros gustos y procesos biológicos mejor que nosotros mismos. Y el fenómeno sociológico a escala global que se produce es que iremos dejando de tomar decisiones sobre qué comprar, qué estudiar o con quién casarnos, delegándolas en la IA.
¿Existe una crisis de significado en la sociedad actual para las personas comunes? ¿Y para los líderes políticos cómo se manifiesta?
Muchos sociólogos y también filósofos contemporáneos creen que estamos inmersos en una gran crisis de significado que se da tanto en las personas comunes como en las élites políticas. Ese miedo de no sentirse que se es “alguien”, de pasar a la irrelevancia, lo que genera, por un lado, angustia, pero también una sensación de que se está perdiendo el control de nuestras vidas. ¿O es que somos más conscientes de que somos controlados por un “gran hermano”? ¿Y en dónde se manifestaría de ahora hacia un futuro cercano dicha irrelevancia? Que el sistema en el que vivimos (la sociedad y todos sus mecanismos) nos haga prescindibles, lo que provoca un sentimiento de que no seamos ni siquiera necesitados por ese “gran sistema” que se mueve a un ritmo que, con frecuencia (por no decir casi siempre), no comprendemos.
En los ámbitos de la alta política, sea en el mundo desarrollado o en resto de países que no entraron en esta categoría, los líderes políticos se vienen caracterizando por estar bastante “ciegos” respecto al futuro. ¿Hay alguna razón de peso para ello? Probablemente la respuesta más consensuada entre los analistas y pensadores es que es tal la cantidad de “cabos sueltos” (crisis no resueltas) que hay que afrontar desde los gobiernos, amén de la mejor o peor gobernanza de ese país en particular, que hace que la prioridad sea la de actuar como “bomberos apagando fuegos” y no como planificadores de una sociedad mejor para los próximos dos o tres años, y aún todavía peor si es que les ponemos delante la futura década en la cual ni siquiera saben cuáles van a ser las variables que terminen siendo perjudiciales para las sociedades.
Esta falta de visión se manifiesta como una incapacidad total para imaginar y proponer un futuro prometedor. Gestionar crisis es frenar la hemorragia de la herida, pero no saber cómo va a comportarse la humanidad como consecuencia de la IA y toda la disrupción tecnológica que nos invada en lapsos cada vez más cortos, reduce aún más aquella visión que se necesita para liderar.
La capacidad del liderazgo efectivo para una sociedad post Trump
Lo que se le debe exigir a los nuevos líderes políticos y empresariales para el nuevo diseño de sociedad post Trump (que es un salto más en la evolución social post COVID) estará condicionada por cómo se compatibilice la IA y todas aquellas disrupciones tecnológicas con el desarrollo pleno del “factor humano”. Las personas en el centro de la planificación política económica social y cultural. Los intangibles por sobre el valor de lo tangible.
Pero los diseños de sociedades futuras es como la labor profesional del arquitecto urbanista, que tiene que conjugar una serie de variables que aún hoy desconoce, pero que sí tiene la visión (su imaginación) de cómo debería ser. Esto no es lo habitual en los líderes políticos, salvo honrosas excepciones. Por ello, cuando tenemos que analizar ese futuro, hay que centrarse en cómo está siendo el presente; si es, por ejemplo, que ya hay sobrados indicios de que estamos yendo a escala global a una sociedad mestiza, diversa e inclusiva. Lo que nos conduce a una pregunta obligada: ¿implica esto una unificación de visiones, valores, credos, tolerancia, etc.?
Desde una perspectiva demográfica y tecnológica, la respuesta tiende al sí, pero tenemos que introducir matices, ya que podemos hablar de un mestizaje biológico y cultural en el que los flujos migratorios y la hiperconectividad digital han generado lo que el sociólogo Néstor García Canclini llama “culturas híbridas”. Pero es que, además, hay pruebas de que, tanto en el arte como en la gastronomía, sin dejar de lado la tecnología, cada una de ellas en su campo de acción, no deja de ser cada vez más transnacional.
Simultáneamente, las organizaciones a escala global, y desde ya que las instituciones supranacionales, han incorporado como cultura corporativa imprescindible (pero con un carácter natural, porque no puede ser forzado) tanto la diversidad como la inclusión como valores no solo deseables, sino objetivos prioritarios a cumplir. Y esta exigencia no solo la tendrán los consumidores de productos de determinada marca o lo ciudadanos respecto a determinada medida de política: también la exigirán los inversores, los diferentes grupos de interés, los accionistas… todas ellas, exigencias que se verán las caras seriamente para ver qué medidas adoptan, sean las juntas directivas y consejos de administración en las organizaciones privadas, como los gobiernos, en línea con hacer lo que se conoce la “buena gobernanza”.
Jamás en nuestra historia reciente ha habido tal nivel de consciencia social sobre los derechos de las minorías, se correspondan a cuestiones étnicas, religiosas o sexuales.
Cuando Samuel Huntington planteó “el choque de civilizaciones”, el contacto más frecuente entre diferentes culturas no necesariamente genera simpatía, ya que con frecuencia marca grandes diferencias y abre la llama a conflictos de diversa naturaleza. Entran en juego el fenómeno de las identidades nacionales, que muchos ven peligrar, surgiendo como reacción movimientos nacionalistas, a veces fundamentalismos religiosos.
Estamos enfrentándonos al reto del siglo XXI, que se caracteriza por que no todos compartamos la misma visión del mundo, sino desarrollar un conjunto de reglas básicas que permitan que personas con visiones, valores y credos radicalmente distintos puedan coexistir sin destruirse. Por ello, muchos filósofos, sociólogos y politólogos consideran que el gran desafío existencial de nuestra era pasa por el pluralismo radical, que es un concepto filosófico y político que sostiene que la diversidad, el conflicto y la multiplicidad de ideas son beneficiosos para cualquier sociedad. A diferencia del pluralismo tradicional —que busca llegar a consensos absolutos o asimilar a los diferentes—, el pluralismo radical aboga por una coexistencia activa de identidades y posturas irreconciliables.
La distinción entre “ética de máximos” y “ética de mínimos”
La filósofa española Adela Cortina explica esto muy bien, afirmando que las “éticas de máximos” son los proyectos de felicidad, las religiones y las visiones del mundo, ya que cada persona o grupo tiene la suya (ser un buen católico, ser un activista ambiental, ser un seguidor de la tradición confuciana); en cuanto a la “ética de mínimos”, se corresponde con las reglas del juego, los valores de justicia, igualdad y libertad que todos, sin importar nuestra ética de máximos, deberíamos aceptar para convivir.
Entonces entra en juego la alta política
En realidad, la frase original más famosa del canciller alemán Otto von Bismarck era: “La política es el arte de lo posible” (mencionada en una entrevista en 1867). Aunque tuvo una variante mucho más reciente que dice “la política es el arte de lo imposible“, popularizada por el dramaturgo y expresidente checo Václav Havel al contradecir la visión pragmática de Bismarck. En todo caso, hay preguntas que surgen cada día para los políticos que se supone que gestionan el hoy y se preocupan por las generaciones futuras (esta última preocupación no deja de ser una fantasía). Y, si a las pruebas nos remitimos, los políticos, por ejemplo, los europeos, se han quedado en una visión más de Václav Havel en que prevalece “lo imposible” por su manifiesta incapacidad de haber dado respuesta a cosas simples de las necesidades de los ciudadanos de la UE.
¿Cuáles deberían ser las acciones de política prioritarias de gobiernos para reducir drásticamente la desigualdad económica y la falta de oportunidades? Porque, cuando hay desigualdad e inequidades en una sociedad, falta de oportunidades y demasiados colectivos vulnerables, lo que se genera son problemas que exceden el marco económico y de subsistencia: generan gran contestación social y movimientos reaccionarios, como es el caso de Latinoamérica en la década de los 60 y 70 del siglo pasado, donde el exceso de pobreza e injusticia social llevaron a extremos tales que la única salida que veían poblaciones enteras era sumarse a la lucha armada (los movimientos subversivos).
Los gobiernos no pueden limitarse a medidas paliativas (como pequeñas ayudas sociales). Se requiere una reforma estructural que ataque las causas de la acumulación de riqueza y la exclusión. Fomentar como parte de sus programas la igualdad de oportunidades, lo que favorecerá sociedades menos reaccionarias y contestatarias (lo que no significa que no tengan espíritu crítico). Una cuestión es que se someta a poblaciones enteras al flagelo de la inflación y la inestabilidad, y otra es que en circunstancias más o menos normales del comportamiento de esas economías se quiera manipular a los ciudadanos, o no darles el protagonismo que los modelos democráticos facilitan a través de la actuación de los representantes del pueblo.
¿Cuál es el nuevo diseño de sociedad que se requiere en la próxima década para afrontar los nuevos desafíos tecnológicos, migratorios, conflictos armados, étnicos y religiosos?
El diseño de sociedad necesario para la próxima década no puede ser una simple evolución del modelo actual; requiere un cambio de paradigma. El modelo del Estado-nación industrial del siglo XX está agotado ante problemas que son, o bien demasiado grandes (clima, IA, pandemias) o bien demasiado pequeños (identidades locales, barrios, individuos) para sus fronteras.
Dijimos que entraba en juego la alta política. Pues bien: visto lo visto, lo que se exige a partir de ahora es que lo que entre en juego es el máximo nivel posible de liderazgo efectivo. Ante la pregunta de cuál es ese nivel idóneo que debe exigírsele a los líderes políticos para el nuevo diseño de sociedad post Trump, tendrán todos que aferrarse no a una respuesta, sino a una consigna: ser capaces de compatibilizar la IA y todas aquellas disrupciones tecnológicas con el desarrollo pleno del “factor humano”. No puede limitarse a ser un liderazgo de gestión o de carisma populista. Entramos en una fase donde la complejidad es tan alta que se requiere un “liderazgo arquitectónico y ético de alto nivel”.
Como hemos hecho referencia desde esta tribuna en ocasiones anteriores en cuanto al liderazgo de futuro, siempre hemos sostenido que, cuando se está en un momento histórico como el actual, en el cual, más allá del cambio de paradigma (que lo hay), se está produciendo un cambio de ciclo histórico, lo que no basta que un líder sea un “disruptor”, porque tiene que ser mucho más que eso: tiene que ser una persona integradora de sistemas, que sepa priorizar al factor humano y que eso de que “las personas son el centro” no sea un adagio, sino una conducta corporativa, tanto en el ámbito privado como también en la política de los gobiernos. Habrá que proteger a los seres humanos de los algoritmos, o, caso contrario, nos veremos descendiendo por un plano inclinado que va a ser imposible de reconducir una vez que hayamos iniciado la caída.
Y algunas instituciones supranacionales, como es el caso de la OIT, ya han estado pensando en un nuevo sistema laboral con menos horas, teletrabajo y huida de las grandes ciudades como instrumento de políticas de gobierno que mejoren sustancialmente la calidad de vida de los ciudadanos. Esto sí que es prever conductas futuras. Porque el trabajo ya no solo debe ser considerado un factor de producción, sino hay que considerarlo como un componente crítico del bienestar humano y la sostenibilidad planetaria.
Hacia un nuevo modelo educativo
Si levantamos la mirada al horizonte al que nos tenemos que enfrentar en la próxima década, el nuevo modelo educativo debería apoyarse en la tecnología inmersiva y con IA, pero también con más humanidades y autoaprendizaje. Se va a presentar el siguiente escenario: cuando el profesor delega ciertos conceptos básicos que tiene que explicar apoyándose en la IA, ya deja de ser un “transmisor de información” y se convierte en un auténtico mentor. Está ejerciendo un coaching en el que la motivación pasa a ser un elemento fundamental, amén del buen ejemplo que esté dando sobre apoyo emocional para abrir las mentes a la experiencia, a vivir y aprender, en lugar de exprimir la memoria para incorporar datos. Los alumnos “viven” en una simulación de Realidad Virtual (VR): en lugar de imaginar una célula, “viajan” por el torrente sanguíneo con Realidad Aumentada (AR). Pero se nos va a dar la paradoja de que de cuanta más tecnología dispongamos, más necesitaremos de las humanidades. Filosofía y ética desde la infancia como herramienta para decidir qué está bien y qué está mal en un mundo de algoritmos y biotecnología. Desde ya que el pensamiento crítico asumirá un rol fundamental en la formación, especialmente en la que se haga de aquellos que hoy son líderes potenciales.
Además, la buena gobernanza no podrá dejar fuera a otros aspectos que son esenciales para las sociedades del futuro:
- Una nueva oferta de ocio experiencial para una sociedad con más tiempo libre, así como con mejor capacidad de compra. Pero, a su vez, habrá muchos más seniors que estarán ociosos.
- Asumir que el reto de la longevidad abarcará todas las facetas: edadismo, brecha tekky, cuidados, ocio, deporte, envejecimiento activo, soporte del sector hotelero y de espectáculos, así como del turismo cultural y rural.
- El rol de la mujer en todos los ámbitos de la sociedad, pero especialmente en los altos niveles de toma de decisiones, tanto a nivel empresarial como en la política. Ya no será cuestión de cuotas, sino de igualdad plena de oportunidades en todos los niveles de decisión y en todos los ámbitos de la vida.
Artículo coordinado por José Luis Zunni, presidente y CEO del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL), director de ecofin.es, vicepresidente de Foro ECOFIN y autor del libro recién publicado ‘El Cubo del Líder’ (Ed. Kolima; disponible a la venta pinchando aquí), en colaboración con Salvador Molina, presidente de Foro ECOFIN y presidente honorario del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL) y también autor del libro ‘El Cubo del Líder’.













