Cuando nos preguntamos cuáles pueden ser las acciones de las personas que más hieran nuestros sentimientos, seguro que podremos incluir al menos dos: cuando creemos en las buenas intenciones de lo que se nos dice y/o promete, y cuando finalmente tomamos consciencia de que nos han defraudado, aunque no queríamos admitirlo.
En ambas situaciones, la primera porque seguimos sin aprender de las malas experiencias e incorporarlas como un vademécum de cómo debemos responder o actuar; la segunda, porque nos resistimos (a nadie le gusta) sentir y transmitir este sentimiento a nuestro núcleo duro, de que nos han engañado como a chicos.
Por tanto, ten en cuenta este principio de vida que te va a servir de ahora en adelante: la felicidad la vas a encontrar siempre del lado de las buenas personas; también vas a sumar experiencia de aquellas personas de las cuales siempre tuviste la duda, pero que finalmente sucedió como presentías, que eran malas; en cuanto al aprendizaje personal que incorpores a tu vida para saber cómo conducirte de ahora en más, será mediante la enseñanza que has obtenido de manera directa o incluso indirecta (que no te ha afectado a ti) de personas que ya no es que sean malas… lo siguiente.
Por ello, en el rosario de personalidades que nos rodean a lo largo de nuestra existencia, probablemente las peores categorizaciones de personalidad, esté del lado de aquellos individuos que utilicen el instrumento del prometer, porque saben que no están en condiciones de cumplir, pero que, además, tampoco se esforzarán en corregir, en hacer un acto de contrición asumiendo un arrepentimiento sincero y rectificando con una acción reparadora.
La mente humana es poderosa y también su poder, si va acompañado de su correspondiente cuota emocional, como es, por ejemplo, la pasión demostrada por los investigadores espaciales, que puede ser tremendamente efectiva, lo que ha permitido a nuestra civilización hazañas como poner una estación espacial en órbita, llegar a la luna o descubrir siete nuevos planetas alrededor de un sol a unos 40 millones de años luz de la Tierra en la constelación de Acuario.
La inteligencia y la pasión (la razón crítica y las emociones) juntas, es quizás el arma más temida. Si nos detenemos en la filosofía oriental, es el espíritu que anida en el interior de cada alma, el que nos hace mejores o peores personas. Ese que nos hace prometer y manifestar nuestras buenas intenciones. Lo notable de la contraposición entre la filosofía occidental y la oriental, es que justamente se encuentra alojada en el hemisferio derecho del cerebro que corresponde con las emociones, intuición, creatividad, etc.
Si nos vamos a la antigüedad romana, Cicerón (103 a.C.- 43 a.C.) en sus discursos en el senado, con sus habilidades dialécticas hacía reflexionar a sus pares con pensamientos como “mi consciencia tiene para mí más peso que la opinión de todo el mundo”. Era una clara posición autocrítica sobre su comportamiento, cómo él mismo valoraba la conducta de una persona.
Porque cuando tomamos consciencia de una responsabilidad que debemos ejercer, por ejemplo, la de liderar la implementación de una acción en la empresa en la que trabajamos, o si somos líderes políticos, a cuántas personas estimamos pueden afectar la decisión de una medida política que estamos defendiendo, en ambas situaciones, vamos a tratar de lograr consensos en cuanto a cuál es la mejor decisión que habrá que tomar dada las circunstancias, el peso de la sabiduría, experiencia, etc. que como líderes tenemos y se nos reconoce en la posición de liderazgo que ostentamos.
Pero tenemos la responsabilidad última de tomar la decisión, que no tiene que dejarse llevar por esa terrible valoración tan de moda de lo “políticamente correcto”, no tiene ni debe contentar a nadie, más que en lo que creamos es la acción más correcta y adecuada, pero especialmente, la más justa.
De nada serviría si por tal de no disgustar a sus seguidores, un líder se enrola en una actitud condescendiente para contentar, pero que seguramente terminará convirtiéndose en otra de las falsas intenciones, pero con el agravante en esta ocasión, que es aparentemente una buena intención pero que él como líder, es consciente que no es la medida correcta. O sea, que aquí cabe perfectamente lo que dice el dicho que forma parte de la memoria colectiva de que “de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno”, ya que seguramente esos actos antes o después serán abrazados por el fuego de la realidad, la que no perdona.
En ese espacio aún hoy bastante desconocido que es la filosofía oriental, hay elementos esenciales que se suman a la parte crítica, como es el caso, por ejemplo, de Buddha que enriquecía la sabiduría con frases tales como que “la felicidad no depende de lo que tú tienes o de quién eres… sino que sólo depende de cómo tú piensas”. Sin duda apela sin decirlo al más terrible de los jueces que es la autoconsciencia. La revisión de nuestros actos y pensamientos.
En la filosofía occidental asoma claramente el peso que deben tener las acciones de los hombres y mujeres en determinar, en primer lugar, cuáles son sus valores y principios, para inmediatamente implementar las acciones pertinentes encauzadas dentro de estos parámetros que operan como esas líneas rojas (expresión muy de moda en los últimos tiempos en el ámbito de la política) que no se deben cruzar. Pero que las personas, por diferentes motivos, terminan cruzándolas.
En Occidente se marca como sello característico el límite moral, o sea, la consciencia sobre lo que está bien o lo que está mal. En el mundo de la filosofía oriental se incorpora, entre otras visiones y esencias de la misma, a la felicidad como máximo exponente de la condición humana, al menos la que se supone debe perseguir cada mujer y cada hombre a lo largo de su vida. O sea, una diferencia clara entre ambos polos de la acción humana: pensamiento sí…pero sentimientos al mismo nivel.
Pareciera que el espíritu crítico de Cicerón mantiene su valor actual en el siglo XXI, aunque no estamos tan seguros que supere a los otros valores que Buddha da a la manera de ser y sentir de las personas, más próximo su pensamiento a la corriente doctrinaria actual de la inteligencia emocional, que, en definitiva, es la que regula la conducta de las personas en todos los ámbitos de la vida, especialmente decisivas en posiciones de liderazgo.
Ya mucho más contemporáneo a ambos, Carl Jung, afirmaba que “pensar es difícil, por eso la mayoría de la gente juzga”. Y este pensamiento es más un trazo de la vida misma, porque tenemos por la propia naturaleza humana una tendencia irresistible a hacer juicios (a veces simples prejuicios) sobre las personas, cosas, acciones, conductas, etc.
Entre Cicerón, Buddha y Jung las líneas comunes son claras: la naturaleza humana es compleja y nos fuerza con frecuencia (por no decir en la mayoría de situaciones) a aparentar lo que no somos ni queremos tampoco ser. No exageramos en cuanto a que las personas buenas son las que, si no nos brindan toda la felicidad, es porque las circunstancias no lo permiten, pero al menos lo intentan. Es más: su sola presencia debe ser motivo de que seamos felices. Por contrario, la experiencia que nos dan aquellas que consideramos malas, más vale que realmente hagamos un buen aprendizaje, sino vamos a volver a sentir la desagradable herida del sufrimiento en nuestra alma y espíritu. Aflorará antes o después el desengaño de la frustrada buena intención.

Cuando nos referimos a los extremos, las peores y mejores, es la filosofía oriental la que también nos indica que debemos perseguir ser hombres y mujeres en armonía con el universo, no buscando un equilibrio que no existe. En esta mutación constante hacia personalidades armónicas, descartamos el extremo negativo de esas personas que nos parecen peores (siniestras, envidiosas, miserables, mezquinas, etc.); en el otro extremo, las mejores sólo tienen para nosotros el valor de la emulación, perseguir los mismos principios y ética de actuación.
Y para que realmente aprendamos de lo que vamos viviendo y a distinguir a las que son en esencia buenas personas de aquellas que no vale la pena perder un minuto de nuestras vidas, hay un elemento que ayuda muchísimo a la categorización de la personalidad: ser auténtico o mantener falsas apariencias.
Lo definió muy bien Anabell Hilarski, mujer emprendedora y experta en redes sociales, cuando afirma que “de todas las cosas inútiles que las personas nos guardamos, nada ocupa más espacio que las apariencias”. No sólo es una verdad como un templo, sino que, lamentablemente, cada día, cuando nos relacionamos con los demás, por ejemplo, nuevos compañeros de equipo en el trabajo, o un cliente con el que iniciamos una nueva relación comercial, queremos desentrañar cómo piensan, si lo que dicen es realmente coherente y nos merece confianza, etc.
Las apariencias antes o después terminan saltando por los aires, cuando, por ejemplo, en un momento en los que sobreviene un problema en las relaciones entre dos compañeros de trabajo, la auténtica personalidad termina mostrando la cara oculta del iceberg.
Un novelista estadounidense, Neale Donald Walsh (1943), dice al respecto que “mientras te preocupes por los que otros piensan de ti… les perteneces”. ¿A qué se debe este temor que señala Walsh? A que efectivamente, el peso de la apariencia es un mal endémico de la sociedad actual, que, por culpa de este flagelo, nos dejamos llevar… ponemos sobre la mesa prejuicios y tópicos antes que razonamientos críticos o evidencias que puedan corroborar ese sentimiento.
Esta problemática de la autenticidad pasa a formar parte de la comunicación humana, siendo que el más grande problema cuando las personas nos comunicamos, es que no prestamos atención para comprender, sino para responder.
Siempre estamos a la defensiva o buscando la justificación… a veces de lo injustificable. Si tienes dudas al respecto…piensa en las respuestas de los políticos (no todos…gracias a Dios) que utilizan palabras y expresiones para justificarse. Cuando justificas en exceso, termina aflorando quieras o no, aquella primigenia intención que nunca llegó a cumplirse.
En el ámbito estrictamente personal, la comunicación es la línea de la vida de toda relación. Cuando dejamos de comunicarnos, se empiezan a perder las buenas relaciones y a veces de una manera que ninguna de las partes quería. Como si muriese de a poco… como si a ninguno de los interlocutores les interesase, aunque no sea así, porque tanto una persona como la otra, en realidad no tenían como propósito dejar la relación, aunque la falta de comunicación forzada por alguna cuestión menor, tal como algo que se dijo que sentó mal, o un gesto que no fue el más apropiado, enfriara esa forma de comunicar que se tenía.
Lo de buenas y malas personas también es una cuestión de confianza en todos los planos de relación. En el personal, cuando se tiene confianza se puede lograr un punto de alegría compartida que no es posible hacerlo en solitario, porque siempre nos faltará ese sentimiento que percibimos de la alegría de la otra persona, que también nos invade, nos hace bien y nos estimula.
Es en estos momentos de alegría compartida en los que se pueden hacer cosas increíbles. A veces, es el inicio de una nueva etapa, también… por qué no… la decisión de poner en marcha un nuevo proyecto. En el laboral y profesional, la confianza subyace en la propia forma en la que nos relacionamos con los demás, sean compañeros de trabajo y/o equipo… sean directivos o propietarios.
Tenemos una buena noticia y una mala: la mala es que nunca caerás bien a todo el mundo, por más que te esfuerces; la buena, que las grandes personalidades y líderes de la historia jamás se preocuparon por que fueran todos sus seguidores los que les aprobaran y aplaudiesen.
Un adagio también oriental y anónimo nos dice: “Aprende a ver a las buenas personas… evita el contagio de las personas negativas o que hacen daño a todo lo que tocan… sigue al sabio ,que es de quién obtendrás la verdadera enseñanza”. Y algo más a tener en cuenta: el sabio no promete… solo indica el camino para que tú lo emprendas.
Por ello, deberás saber diferenciar en el futuro a esas categorías de personas que no nos son buenas, que no nos aportan nada, porque de ellas siempre emanarán buenas intenciones que son irrealizables, o, en el mejor de los casos, que no pueden cumplirse.
Será tu responsabilidad saber diferenciar cuando se produce un error de apreciación sobre la intencionalidad de lo prometido. Debes aprender a diferenciar claramente la intención de defraudar, de no decir toda la verdad, de ocultar y desdibujar la real naturaleza de lo que está en juego (ese bien prometido), de aquellas otras intenciones cuando la persona que promete es la que tú sabes es confiable y auténtica.
Entonces, la persona que haya pretendido empedrarte el camino del infierno, terminará siendo ella la que lo inicie si persiste no solo contigo, sino con otras personas, en el hábito tóxico de falsas promesas vendiéndolas como un elixir.
Artículo coordinado por José Luis Zunni, presidente y CEO del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL), director de ecofin.es, vicepresidente de Foro ECOFIN y autor del libro recién publicado ‘El Cubo del Líder’ (Ed. Kolima; disponible a la venta pinchando aquí), en colaboración con Salvador Molina, presidente de Foro ECOFIN y presidente honorario del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL) y también autor del libro ‘El Cubo del Líder’.













