El líder que amamos

Edgar Allan Poe (1809-1849) el gran poeta, escritor y crítico romántico estadounidense decía que “si un poema no ha arrancado tu alma, no has experimentado poesía”. La elección que hago de este pensamiento de Poe es porque la expresión cultural más próxima a que entendamos los misterios de la vida es la poesía. Y la expresión arrancar el alma significa tanto el impacto emocional que producen las palabras de unos versos que describen una realidad al estilo poético, como explicar el desgarro que provoca el desamor.

Pero Buddha nos hace ver la diferencia entre ‘me gusta’ y ‘te amo’, de manera sencilla. Marca una distancia tan grande como la que hay entre la tierra y el sol. No es una exageración, sino poner en valor la tendencia habitual con la que confundimos una acción como es gustar, de otra fundamental: amar.

En el gusto existe una elección, pero en el amor existe una convicción que proviene desde lo más profundo del espíritu. La gran construcción humana no se hizo por gusto sino por amor. La pequeña gran diferencia.

El que riega la planta porque la ama, no se rinde jamás. Hay una expresión muy coloquial pero no menos cierta: “La vida tiene dos reglas: nunca te rindas y siempre acuérdate de la primera”.
La vida nunca fue fácil para aquellos que sueñan. Lo que sí es seguro que la existencia de cada uno está condicionada aproximadamente en más de un 50% por lo que nos sucede y un 90% en cómo reaccionamos ante cada hecho. Y en este punto juega un rol central la sensibilidad que tengamos a la hora de percibir nuestro entorno. Ver la realidad tal cual es y no cómo quisiéramos que fuera.

Focalizar bien y tener una visión clara no es posibilismo, sino acomodar nuestras fuerzas, físicas e intelectuales, a los recursos que tenemos para afrontar tanto nuestras tareas y responsabilidades diarias, como los retos a los que queremos enfrentarnos. Porque queremos mejorar y avanzar. Queremos crecer. Tenemos ilusiones y esperanzas. El camino del éxito no se transita con el me gusta sino con el amor por lo que hacemos.

La entrega con la que nos damos a los demás no es por gusto sino porque amamos. Ponemos toda nuestra energía en interés de una causa justa, no porque nos gusta, sino porque sentimos amor por el prójimo. Por ejemplo, cuando estamos apadrinando un niño o contribuyendo a una obra, puede significar la diferencia entre ir al colegio con miles de niños y alimentarse bien, o seguir en el umbral de la pobreza sin posibilidad de cambio alguno.

Pero la psicología humana es muy compleja y nos preocupamos por los posibles fracasos que podamos tener, más aún, si ya hemos experimentado algunos. Aunque en vez de estar preocupándonos por nuestros errores y desaciertos del pasado, deberíamos aprender de las ocasiones que hemos desperdiciado y estar muy atentos a las oportunidades que tenemos delante y que no debemos dejar pasar.

Sucede que pudimos haber estado influenciados por el miedo a asumir un riesgo y temor a volver a equivocarnos. Algo que hemos aprendido, con las magulladuras de los tropiezos que hemos tenido, es que nuestra elección y decisión debe ir siempre en dirección hacia las cosas, temas, hechos, compromisos, responsabilidades, etc, que más nos asustan y a los que más tememos. Porque sentimos amor y un respeto especial por lo que hacemos y por las metas que nos hemos fijado. En este reto surge la grandeza de nuestro espíritu y seguramente esa elección será la que nos haga crecer como personas. Prevalece el amor y no el me gusta.

Uno de los más importantes hombres de negocio del mundo, Warren Buffett, afirma que “en determinar si se triunfa o no hay mucho más que el intelecto”. Explica tres conceptos que concurren en cualquier persona, que son la integridad, inteligencia y energía. Con su experiencia en mercados y especialmente en la conducta humana, acostumbrado a haber visto mucha codicia e irresponsabilidad, menciona estas tres cualidades asegurando que “si la persona no tiene las dos primeras, la integridad y la inteligencia, las dos últimas, la inteligencia y la energía, le matarían. Buffett hace referencia a que muchas veces las personas no se alinean del lado de la ética en los comportamientos empresariales y que con sólo los dos últimos atributos, inteligencia y energía, no es suficiente.

Es decir que los errores cometidos nunca alimentarán el aprendizaje si no prevalece la honestidad intelectual, el comportamiento ético y todas aquellas aptitudes que componen lo que se entiende por integridad de una persona. La integridad está construida en nuestra psicología personal desde una devoción, desinterés, entrega, compromiso, etc. que ponemos en nuestros actos cotidianos, los que hacemos todos los días y que están llenos de amor.

¿Qué piensan que prevalece? Sin duda regar la planta como decía Buddha y no arrancar la flor porque sólo sé que me gusta, pero que al rato me cansaré de tenerla. No me importa si recibe agua o no, porque no era mi sensibilidad.

Sólo la intención de cortar la flor por el sentimiento egoísta de poseer, de tener. Regar es compartir, vivir la experiencia con otras personas que también quieren de verdad a las plantas. Comprender esta parábola nos hace entender un poquito más la realidad de nuestra existencia.

Artículo realizado por José Luis Zunni, director de ecofin.es y vicepresidente de Foro ECOFIN.

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