Economía, política y decisiones

En las conversaciones que habitualmente mantenemos los autores haciendo comentarios sobre la realidad que estamos viviendo, que siempre nos sirven de inspiración para tratar temas de actualidad, otros que son punteros por su connotación tecnológica, pero siempre por una especie de inercia casi inconsciente, caemos en el debate sobre cuestiones políticas que terminan afectándonos a todos los ciudadanos. Especialmente dos cuestiones que preocupan al común de los mortales: el bolsillo y el futuro.

La cuestión es que cuando el bolsillo está muy mal, el futuro está comprometido, y aunque las circunstancias financieras y económicas no sean tan negativas para determinado colectivo que analicemos, no necesariamente su futuro vislumbra un horizonte limpio, ya que actualmente las circunstancias son para todos los ciudadanos de este planeta, tener delante un futuro incierto.

Estas consideraciones no surgen por un carácter derrotista o una visión escéptica de la vida, más bien diríamos tristemente realista, que refleja una lamentable coyuntura, que se está haciendo estructural, casi sin salida. Pero la vida de las naciones está sometidas a ciclos, y antes o después se abrirá una puerta que nos hará entrar en una nueva fase del ciclo, pero teniendo en cuenta que habrán quedado en el camino millones de personas y organizaciones: las primeras excluidas socialmente; las segundas, fuera de mercado, o en el mejor de los casos, sometidas a procesos de compra o de fusiones.

Conociendo nuestra filosofía, desde este Foro nos preocupa con especial grado de atención, lo que significa el cisma que se cierne sobre las personas, derivado de las nuevas formas de trabajo que se van haciendo parte del día a día. Hay que tener en cuenta que no se ha podido resolver el problema de la exclusión por falta de formación, por ejemplo, a nivel de la Unión Europea, son varios los millones de puestos de trabajo que están esperando personal capacitado en nuevas tecnologías. Este desajuste es un claro ejemplo de malas políticas o que no han sido tomadas oportunamente.

Entonces el planteamiento que hacemos hoy es que, relacionemos economía, política y decisiones. Para ello, vayamos primero a la cuestión doctrinaria de la teoría de las decisiones. Siempre se ha sostenido por los autores más destacados a partir de Herbert Simon, padre de la teoría de las decisiones, que cuando procedemos a la elección de un curso de acción determinado, o sea que estamos tomando una decisión, estamos valorando todos los aspectos inherentes a las variables que entran en juego si elegimos determinada acción.

La doctrina indica que tenemos que identificar perfectamente cuál es la decisión a tomar que se ajuste lo más adecuadamente posible al problema que hay que resolver o al reto al que nos enfrentamos. A continuación, una vez identificada, tenemos que ver con qué información contamos, cuáles son todos los datos, más en un momento en el que el Big Data y todo tipo de generación de información constituyen un activo fundamental en la toma de decisiones, no solamente de las organizaciones privadas, sino muy especialmente en los gobiernos.

Como suele decirse, que “para muestra basta un botón”, hubo gobiernos que estaban mucho mejor preparados para afrontar la pandemia que otros. La gran mayoría de gobiernos tomó decisiones tarde y mal. Pero era un hecho extraordinario que ocurre cada cien años y del cual no había datos porque no se sabía a qué nos enfrentábamos.

Inmediatamente después de recopilar toda la documentación que acredita el conocimiento que tiene la organización sobre determinado producto de la competencia, incluyendo cómo han ido dándose los pasos en el mercado de estos competidores, el siguiente movimiento es ver cuáles son las alternativas posibles, es decir que, una vez elegido un curso o el que creemos que es el más idóneo, debe considerarse también si existen alternativas, lo que habitualmente llamamos planes B.

Cuando tenemos todas estas cartas puestas sobre la mesa, pasamos a considerar el peso de cada una de las alternativas y lo que representan los cursos de acción derivados de ellas, sopesando los riesgos inherentes a cada una de las acciones que elijamos. Es el momento entonces de elegir una de las acciones para el cual hemos sopesado todos los elementos anteriores.

Este paso es crítico al mismo tiempo que crucial: decimos que es crítico porque puede llevarnos a engaños respecto a lo que creamos tiene un peso determinado de una alternativa en circunstancias parecidas, que sucedieron en momentos anteriores que hemos vivido. Aunque habiendo tomado esas decisiones anteriormente, especialmente los gobiernos, las circunstancias en términos de dos o tres años pueden haber cambiado tanto, que esa alternativa que hoy nos parece bien, la situación actual la haga absolutamente inoperativa. O sea, lo crítico está expuesto, y en cuanto a lo crucial, está más vinculado a la oportunidad, a no excedernos en el análisis y no tomar decisiones, o estar demorándolas demasiado tiempo.

Esto ha motivado en la doctrina posiciones diversas respecto al momento de la toma la decisión, comparando, por ejemplo, el modelo de decisorio de empresas alemanas y empresas japonesas, que tardaban mucho en el proceso de toma de decisiones final, para tener absolutamente controlados las respuestas posibles del mercado y concierto de las variables que se iban a ir encontrando, que terminaría afectando la decisión tomada. En cambio, los modelos de empresas estadounidenses preferían tomar la decisión más rápidamente e ir corrigiendo sobre la marcha.

Esto era típico de los años 60 y 70 del siglo pasado, pero ya entrados en la nueva centuria, se ha democratizado el proceso decisorio, porque todos tienen mucha información a gran velocidad y ya no se pueden permitir ese lujo de demorar tanto la decisión como la implementación de cualquier acción.

Y el último paso sobre el que la doctrina unánimemente logra un consenso, es el proceso de revisión y control para ver si hay que volver a tomar una decisión que se ajuste mejor a la que habíamos tomado, o sencillamente tirar por la borda la anterior y empezar de cero.

En la floreciente época industrial de los años 50 y 60 después de la Segunda Guerra Mundial, este era un lujo que podía darse cualquier organización, porque el tiempo y los procesos sociales y económicos iban a otro ritmo. En la era digital está excluido de cualquier esquema decisorio que quiera sobrevivir.

En la actualidad, los directivos tanto de organizaciones privadas como los responsables políticos, se enfrentan no solamente a decisiones cada vez más diversas, sino también más complejas, en las que entran más variables y muchas de ellas interconectadas de tal manera, que cualquier movimiento en una de ellas fuera de las estimaciones previstas, provoca un cambio sustancial del marco de referencia sobre el cual se estaba trabajando para la elección de la alternativa estratégica, o sea, el núcleo de la decisión per se.

Cuando estos cambios continuos de marcos de referencia, suceden con el aditamento de ser más acelerados y profundos dada la complejidad de todas las interrelaciones sociales, económicas y políticas que se producen a diario en una sociedad, especialmente ante la novedad de su constitución como problema o reto, impactan en las organizaciones y en los ámbitos políticos, provocando cambios sustanciales en cómo hay que focalizar ese nuevo reto o problema, determinando entonces que ya no es como su nombre lo indica un marco de referencia idóneo el conocido, y hay que explorar cuál es el cambio necesario, y más importante aún, el alcance del mismo.

Y este es el punto crítico al que denominamos cambio de paradigma, porque no existen referencias previas con las que compararlo, lo que exige un esfuerzo mayor, no en buscar alternativas, porque ni siquiera sabemos cómo valorar el alcance y la durabilidad del problema al que nos enfrenamos. Como dijimos más arriba: la pandemia y el aprendizaje que de ella sacaron gobiernos y organizaciones.

En la resolución de problemas complejos que están muy separados de la decisión que está en mente de los directivos o de los políticos que tienen que tomar decisiones, se encuentran en ambas situaciones con meras especulaciones sobre las consecuencias de la decisión. Con frecuencia, ante situaciones graves y también complejas, la presión de las circunstancias precipita el proceso decisorio, aunque haya que hacer ajustes severos posteriores.

También se dan situaciones en el ámbito político, en las que la decisión tiene poco que ver con lo que se había identificado al principio como problema, porque falló el diagnóstico. Y cuando éste ha sido bien realizado, también puede darse que falle la implementación de la acción, generalmente se da en los gobiernos cuando no dotaron de la partida presupuestaria y demás recursos humanos y materiales para que se diera respuesta al problema. Esto lo hemos vivido en España en cuestiones de dependencia, violencia de género, etc., no estando sola en esto, ya que se da en todos los países, en mayor o menor medida, según sea la filosofía política imperante para abordar los problemas que tiene ese país.

Cuando una organización tiene un equipo altamente preparado para los procesos decisorios en las cuales se da participación en la toma de decisiones, se produce una agilidad operativa, se logra mayor eficiencia operativa, se pueden afrontar mejor los problemas, y algo que es muy importante para la dirección: no cunde el miedo a enfrentarse a soluciones que no estaban previstas. Y este parece ser en los últimos años, especialmente a partir de la llamada etapa post pandémica, el pan nuestro de cada día.

Cuando una organización es altamente competente en las capacidades individuales de equipo y en la forma en que están estructurados los procesos administrativos, estará en mejores condiciones para explicar a todo el personal, por ejemplo, aquellos que no participan en el proceso decisorio, la importancia que tiene el significado de tomar tal o cual decisión y de crear las competencias adecuadas y las personas autorizadas. Hablamos de dar formalidad y poder (empowerment).

Justamente esta parte del proceso tan claramente explicado en la doctrina del Management, es uno de los grandes puntos flacos de la administración pública y de las instituciones en general.

Muchos de los grandes pensadores en materia económica y política, también filosófica, se han detenido en cuestiones tales como qué tipo de liderazgo es el que hay que dar a las sociedades para lograr un mejor bienestar, o sea se refieren siempre en sus análisis a la calidad del liderazgo, aunque no lo digan quizás en estos términos.

Por ejemplo, Thomas Hobbes en su obra “Leviatán” se planteaba si los políticos tienen que tomar decisiones para la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos, o por contrario la decisión que tomen tiene que estar teniendo en consideración cómo repercutirá en las generaciones futuras. Digamos que, si bien era un planteamiento de filosofía política, no deja de ser un coste de oportunidad, es decir, de tomar una decisión hoy que sea útil y beneficiosa para que también tenga repercusión en el futuro.

 

Las condiciones económicas a menudo influyen en los cambios de políticas que los gobiernos deciden implementar

En los países las políticas gubernamentales siempre han tenido una gran influencia en el crecimiento económico. De un proceso expansivo surgen nuevas empresas, hay una mayor fortaleza en los mercados financieros, se logra un equilibrio casi perfecto en la demanda y oferta de trabajo, y existe un alto nivel de satisfacción de los ciudadanos y las empresas con los gobernantes.

Sin duda, en los países más desarrollados del mundo, sus ciudadanos confían en sus gobernantes, y se refleja en los políticos que tienen la responsabilidad de gobernar, lo que las personas y las empresas quieren comprar y vender. Son principalmente las decisiones de los consumidores y productores las que moldean la economía.

La pregunta es ¿por qué hay gran disconformidad en el presente de parte de la ciudadanía, en general, y muy especialmente, en los países desarrollados?

Una prioridad para los gobiernos, sean de países desarrollados o no, debería pasar por construir ese marco de referencia al que aludíamos, en el que la relación entre partes se base en la confianza. O sea, se cree firmemente que la decisión política que se toma es la mejor para el interés general. Lamentablemente, esto es pura teoría, más hoy día, con el grado de inestabilidad e incertidumbre en el que viven las sociedades del orbe.

Sin duda los problemas de corrupción, especialmente el grado de influencia que determinados sectores tienen en un gobierno, genera una suerte de intereses creados para la toma de decisiones, lo cual ha provocado en los últimos años a escala global, dos consecuencias directas:

– Una mayor demanda creciente de procesos de transparencia.

– Un mayor compromiso para salvaguardar el interés general.

Por tanto, vemos que lo que la sociedad está exigiendo hoy día a la clase política, es que se hagan esfuerzos para garantizar que el proceso de formulación de políticas sea abierto, inclusivo y justo, lo que tiene una consecuencia directa: la mejora de la calidad de las decisiones políticas. Y como una consecuencia inmediata: crece la confianza de los gobernados, porque están viendo que las decisiones se están tomando en base a datos y buena información (decisiones meditadas e informadas), pero, además, oportunas.

Y una cuestión que gusta a la doctrina del Management y el liderazgo: todos los procesos de recopilación, análisis, diagnóstico e implementación de las acciones derivadas de un proceso decisorio, sea cual sea el ámbito público desde el cual emane, se hace siguiendo los más altos estándares de calidad en cuanto procedimientos seguidos y los controles aplicados.

 

La incorporación a la agenda pública está influenciada por múltiples factores, entre ellos:

– La capacidad de las instituciones representativas (por ejemplo, partidos políticos, sindicatos, y en general todos los agentes sociales y económicos).

– La capacidad para articular la decisión política e implementarla.

– El papel de los medios de comunicación para que el mensaje llegue claro a los ciudadanos.

– La disponibilidad de datos y pruebas sólidos que permitan al gobierno confirmar que el problema es real y que le corresponde abordarlo en este momento.

– Capacidad efectiva de participación de las partes interesadas (todos los sectores beneficiados por la nueva norma) que permite al gobierno abrir por cauces normales en cuanto al respeto de las diversas representaciones que la sociedad tiene para verse reflejada en los niveles de gobierno, de manera de mantener el diálogo con actores relevantes de la sociedad civil y con los ciudadanos sobre el tema, no con especulaciones nacidas en los despachos de Bruselas, como lamentablemente en gran cantidad de ocasiones sucede.

– La capacidad del gobierno para la anticipación de cuáles son los desafíos, o qué tipo de información tiene en su poder hoy sobre problemas que ya desde la sociedad civil y las organizaciones privadas se ha puesto sobre la mesa. Esto exige planificación estratégica, explorar cuáles son los nuevos horizontes hacia los que una sociedad debe moverse, pero muy especialmente, que tipo de futuros alternativos (porque los habrá) serán los que se cree se darán con mayor facilidad con los recursos que la sociedad y el gobierno disponen.

 

Las élites políticas y sociales se enfrentan cada vez más a entornos complejos en los que necesitan tomar decisiones colectivas

En realidad, de eso se trata: de personalidades que son tomadoras de decisiones, que terminan enfrentándose a cuestiones políticas situadas en diferentes niveles de la sociedad, pertenezcan al ámbito público o privado, pero que de hecho, todas las acciones que se toman en dicha sociedad están entrelazadas de tal manera, que existe una dependencia en cuanto a lo que se decide, no tanto por las que se consideran buenas decisiones, sino por las que son valoradas como insuficientes e incluso malas.

Entran en juego diferentes actores, se producen espacios necesarios para la negociación, y en este escenario entran en juego términos y expresiones como la legitimidad y la legalidad, la capacidad de liderazgo y muy especialmente, la forma en que se comunican las decisiones.

Los líderes efectivos en los ámbitos privados conocen perfectamente que, en todo el sistema social imperante de la actualidad, está influenciado por niveles de especialización y diversidad variados, con diversos grados de complejidad, lo que exige niveles adecuados y también diferentes de gobernanza.

La complejidad de la toma de decisiones políticas se manifiesta en diferentes contextos y afecta las características constitutivas de éstos.  La doctrina existente hasta la fecha sobre la toma de decisiones políticas, aparentemente sigue dos caminos distintos que rara vez se cruzan: por un lado, se investiga a fondo cómo hacen las instituciones del ámbito público, muy en particular los gobiernos, además de las organizaciones privadas, para el proceso de toma de decisiones, manifestándose con frecuencia cierto descuido del rol que deben desempeñar en la sociedad los tomadores de decisiones individuales.

¿Se les está facilitando que tomen decisiones racionales, oportunas y eficaces o, por contrario, se ponen palos en las ruedas? Este es uno de los problemas centrales de la buena gobernanza para que la influencia negativa en decisiones privadas de inversión, no malogren esa meta que decíamos los gobiernos tienen siempre sobre el crecimiento, porque si algo hay sensible a las malas políticas decisorias, es la voluntad de inversión de parte de los agentes sociales y económicos.

 

Algunas soluciones a la problemática de la toma de decisiones

Uno de los problemas centrales en el proceso de toma de decisiones políticas desde los gobiernos, es cuánto hay de componente técnico en la misma y cuánto hay de carga ideológica. Esto pasa en España, en Reino Unido y en Corea del Sur. Es inevitable a la condición del político, porque si algo le caracteriza al mismo tiempo que lo diferencia de los tomadores de decisiones del ámbito privado, es el poder. Y es una adicción muy difícil de contrarrestar, incluso cuando se cuenta con todo el arsenal de argumentos técnicos y teorías que respaldan el por qué hay que tomar determinada decisión.

Este mal de la carga ideológica es como una especie de coronavirus, que ha infectado los órganos de poder a escala mundial, incluso las organizaciones transnacionales, como es Naciones Unidas, Banco Mundial, Fondo Monetario, OCDE, sin contar con todos los ámbitos en los que también se cuecen decisiones, como es, por ejemplo, el Foro de Davos.

¡Cómo no van a estar afectados los gobiernos nacionales y los políticos que son responsables de la toma de decisiones! Nos daríamos con un canto en los dientes, si a dos o tres años vista se pudiera demostrar fehacientemente, que la mayoría de los gobiernos y espacios de poder están desprovistos en gran medida de esta carga ideológica, que no responde jamás al teoría económica, social o política que en principio la sustenta, sino a los intereses de unos pocos que están en el poder, o que influyen en éste de manera constante.

Estamos continuamente escuchando demandas de determinados políticos y especialmente instituciones de prestigio, como las que persiguen la transparencia de las decisiones políticas, a que se mejore en el proceso decisorio, que no esté siempre bajo sospecha, aunque la realidad nos dice que este horizonte de dos o tres años se nos quedará corto para que las sociedades más avanzadas, encuentre procesos más limpios y genuinos en la toma de decisiones.

Esta es una gran asignatura pendiente que el ciudadano común no le presta atención, pero que los que trabajamos en la formación, investigación y divulgación de cuáles deben ser los nuevos marcos de referencia en el liderazgo, sí que estamos muy consustanciados con el problema.

Este es y seguirá siendo nuestro propósito.

Artículo coordinado por José Luis Zunni, presidente y CEO del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL), director de ecofin.es, vicepresidente de Foro ECOFIN y autor del libro recién publicado ‘El Cubo del Líder’ (Ed. Kolima; disponible a la venta pinchando aquí), en colaboración con Salvador Molina, presidente de Foro ECOFIN y presidente honorario del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL) y también autor del libro ‘El Cubo del Líder’, y Antonio Alonso, presidente de la AEEN (Asociación Española de Escuela de Negocios) y vicepresidente segundo de EUPHE (European Union of Private Higher Education).

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