¿Qué son los BRICS? Se presentan como el bloque de economías emergentes que desafía el orden mundial, y tras la última cumbre en Kazán, han dejado claro que no necesitan el permiso de nadie para hacer temblar las bases del sistema financiero global. Desde Brasil hasta Irán, estos nueve países no sólo buscan autonomía económica, sino también una voz propia y fuerte en un tablero que ya no se acomoda sólo en manos de Occidente.
Ya estamos aquí, listos para hablar de esos nueve nombres que, en realidad, son más de tres mil millones de almas, vastos territorios y economías que son el motor de medio planeta. Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, los veteranos, quienes en 2006 decidieron hacer algo más que seguir las reglas impuestas, y decidieron crear un club. No uno de esos donde todo el mundo se toma fotos y comparte sonrisas falsas para la cámara; aquí los intereses son reales, como el petróleo saudí o el oro ruso.
Pero, en Kazán, esos viejos conocidos de los BRICS no llegaron solos. Tras muchas negociaciones y con un claro mensaje al resto del mundo, ahora el bloque suma a Egipto, Etiopía, Irán, y los Emiratos Árabes Unidos. Cada uno con sus peculiaridades y con la vista fija en un propósito: que Occidente deje de verlos como invitados en la mesa de los mayores.
La última reunión en Kazán fue cualquier cosa menos diplomática en el sentido estricto. Aquí los discursos de Putin y Xi Jinping, aunque prácticos, buscaban algo más que consenso; querían acción, fuerza y una unión que asuste lo suficiente para que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial piensen dos veces antes de apretar sanciones. Porque, en su visión, los BRICS no son sólo un nombre bonito. Son un medio de supervivencia en un mundo que ellos ven cada vez más hostil y desigual.
La reunión de Kazán: el nuevo corazón del bloque
Es octubre de 2024 y Kazán se viste de gala. ¿Por qué Kazán? Porque para Putin es una ciudad que muestra la fuerza y la resiliencia de Rusia, y porque enviar una delegación a Moscú hubiera sido arriesgado en el momento actual. Así que Kazán se convirtió en la sede perfecta para recibir a estos líderes, que llegaron en busca de algo que no tiene nombre oficial, pero que todos sabemos: la libertad económica y política.
En esta reunión, se habló mucho sobre independencia financiera. Nadie está dispuesto a esperar a que los tiempos cambien. Los BRICS han puesto sobre la mesa el uso de monedas nacionales en las transacciones entre sus miembros. Y aunque parezca un detalle técnico, representa un reto enorme al dólar estadounidense y, sobre todo, al monopolio financiero de Occidente. Imaginemos un intercambio de petróleo iraní por trigo ruso o productos tecnológicos indios, sin pasar por la divisa estadounidense; eso es exactamente lo que discutieron en Kazán.
La idea de un sistema de pagos propio quedó pendiente, pero la estructura está clara: si el banco del grupo—modesto aún, pero ambicioso—logra coordinar transacciones internas, los BRICS habrán dado un golpe fuerte a un sistema que les es hostil. Porque saben que el dólar, con toda su elegancia de billete verde, es una cadena de acero cuando se usa como herramienta política.
El banco de los BRICS: un sueño en construcción
Este banco no es ni el FMI ni el Banco Mundial. Es pequeño, todavía, y aunque no financia proyectos faraónicos, su existencia es una declaración en sí misma. En Kazán, acordaron financiar unos cien proyectos con un presupuesto que ronda los 33 mil millones de dólares, algo que para sus miembros es apenas el inicio. A diferencia de los tradicionales bancos internacionales, este no exige a sus beneficiarios reformas políticas o ajustes estructurales que ahogan economías. Por el contrario, ofrece financiamiento en sus propios términos, lo cual suena bastante tentador para aquellos países que ven con recelo las condiciones de Washington.
En Kazán, el presidente brasileño, Lula da Silva, sugirió expandir los proyectos a áreas sostenibles. De nuevo, no para calmar las conciencias verdes de Occidente, sino porque, en el fondo, un bloque con recursos propios y acceso a energías renovables sería un rival mucho más robusto y estratégico. Irán, por otro lado, está interesado en colaborar en proyectos energéticos, y su petróleo y gas se convierten en una jugada maestra para los BRICS, que buscan evitar embargos y restricciones.
De aliados y tensiones: la entrada de los nuevos miembros
Los BRICS han abierto las puertas a nuevos socios y, con ello, han ampliado la influencia de su proyecto. No es casualidad que los nuevos miembros—Egipto, Emiratos Árabes, Etiopía e Irán—tengan recursos estratégicos o posiciones clave. Egipto, con el Canal de Suez, controla una de las principales rutas comerciales del mundo. Emiratos Árabes, con su riqueza petrolera y capacidad logística, se convierte en un centro financiero de primer orden. Etiopía, aunque menos desarrollado, es un punto neurálgico para el África subsahariana. Y luego está Irán, con su crudo y su experiencia en resistir sanciones, lo que lo convierte en un aliado difícil pero valioso.

En la cumbre de Kazán, cada uno llegó con su lista de prioridades. Egipto y Etiopía, por ejemplo, están en conflicto por las aguas del Nilo, pero en la sala de reuniones se las arreglaron para guardar las tensiones en pro de una agenda común. Y luego están los Emiratos Árabes, que a pesar de sus vínculos históricos con Occidente, están buscando un papel más neutral. No tienen problemas en negociar con los BRICS si esto les permite diversificar su economía y ganar independencia en el escenario internacional.
Un bloque con un propósito común
Lo interesante de los BRICS es que no se andan con ilusiones de unión incondicional. No son una Unión Europea, no buscan diluir sus identidades ni sus intereses particulares. En la reunión de Kazán quedó claro que, aunque comparten objetivos y amenazas comunes, cada uno tiene su propia agenda. Los BRICS no pretenden crear un bloque homogéneo, sino uno donde la colaboración sea efectiva en los puntos de intersección. Es pragmatismo puro, y funciona, en parte, porque no esperan lealtad ciega sino entendimientos estratégicos.
China, por ejemplo, tiene en India un rival comercial, pero ambos coincidieron en que, para evitar el “sistema dólar”, deberán trabajar juntos en la creación de un sistema financiero alternativo. Así, Kazán fue escenario de un delicado acto de equilibrio, en el que cada líder dejó de lado temporalmente sus diferencias para enfocarse en algo más grande: desafiar el orden establecido por el “primer mundo”.
La reforma de la OMC y el siguiente paso
En el marco de esta cumbre también se discutieron reformas para la Organización Mundial del Comercio (OMC). En teoría, la OMC debería garantizar un comercio justo y equitativo, pero los BRICS saben que la teoría no siempre se ajusta a la práctica, sobre todo cuando las normas están diseñadas para beneficiar a los más poderosos. La mayoría de los miembros del BRICS apoyaron la propuesta de reformas que permitan, entre otras cosas, revivir el mecanismo de resolución de disputas, paralizado por el veto estadounidense desde 2019.
Este detalle es clave, porque un mecanismo de resolución de conflictos dentro de la OMC le permitiría al bloque defender sus intereses comerciales sin que los arbitrios recaigan en Washington. Es un paso que, de concretarse, podría fortalecer el papel de los BRICS como un bloque que no sólo es fuerte económicamente, sino que se hace valer en los espacios multilaterales.
Kazán: el preludio de la reunión del G20 en Brasil
La cumbre de Kazán también dejó claros los próximos objetivos del grupo. Y el primero en la lista es la reunión del G20 en Brasil, programada para noviembre de este año, donde Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, tomará la batuta. Brasil tiene ahora la presidencia del G20, y el mensaje de Kazán fue claro: llevar las propuestas del BRICS a una escala global.
Es probable que en Brasil los BRICS aboguen no sólo por reformas en el sistema financiero internacional, sino también en políticas de sostenibilidad, comercio justo y colaboración entre países del sur global. Y no lo harán en solitario, ya que en Kazán quedaron alianzas claras con otros países en desarrollo que están hartos de las condiciones de siempre.
¿Un nuevo orden mundial?
¿Y qué queda de esta cumbre de Kazán? Un bloque BRICS que, sin afán de protagonismo ni discursos grandilocuentes, ha comenzado a mover las piezas de un tablero que estaba dominado por Occidente. No es fácil lo que pretenden. Crear un sistema paralelo de comercio e inversión no es tarea de un día, pero tampoco es imposible. Lo saben y lo demostraron en Kazán: cuando tienes petróleo, agua, finanzas y mercados, la voluntad colectiva se convierte en poder real.
Los BRICS no son una alianza de amigos, ni pretenden serlo. Son pragmáticos, casi calculadores, y eso los convierte en un bloque tan diverso como inquietante para quienes llevan décadas dictando las reglas. En Kazán, cada uno jugó su carta, y lo hicieron con la vista fija en un futuro en el que la palabra “emergente” desaparezca de sus descripciones. Porque ya no esperan nada de nadie. Ahora son ellos quienes mueven el tablero.
España: entre dos aguas en el nuevo ajedrez mundial
Ah, España, esa vieja gloria de capa y espada, que en tiempos presumió de imperio y fe, y hoy, ya medio pensionista o quizá pensionista del todo, se ve atrapada en un tablero donde los BRICS —que de emergentes tienen ya solo el recuerdo— mueven las piezas sin pedir permiso. Nuestro país, que antaño cruzaba océanos y se imponía con determinación y fe, hoy se balancea entre dos mundos: el de sus socios occidentales, a los que se mantiene fiel, y el del bloque de los BRICS, una fuerza que ha dejado claro que la era de Bretton Woods es cosa del pasado.
Pero no vayamos a creer que España no tiene todavía algún papel en este tablero. Hispanoamérica, por ejemplo, esos países hermanos con los que compartimos el idioma y la historia, miran cada vez con más interés al bloque liderado por Rusia y China, como alternativa a los caminos de siempre. Ahí, España podría jugar como el buen anfitrión, un intermediario sagaz entre un occidente que se tambalea y una nueva potencia que, desde Kazán y otras capitales, marca su propia hoja de ruta.
Sin embargo, no vayamos a engañarnos: en este nuevo orden no hay sitio para la comodidad. Esto no es el Mediterráneo de los cruceros, sino un juego de poder en el que o te defines o desapareces. Si España quiere ser algo más que un peón, tendrá que dejar de defender los intereses de otros y pasar a defender los suyos, además deberá moverse con la misma energía que aquellos que ven en los BRICS un futuro, no una amenaza.
Los BRICS no son sólo socios de interés; se están convirtiendo en un bloque que redefine la economía, la política y las alianzas del futuro. Y mientras las grandes potencias de siempre empiezan a tomar nota, España sigue en el medio, mirándose el ombligo, esperando a que otros decidan por ella.
Pero no hay más tiempo para esperas o decisiones tibias. Los BRICS no necesitan permiso para cambiar el tablero, y el mundo no tiene sitio para los pensionistas de lujo. España puede y debe encontrar su rol, aprovechar su posición y su historia. Porque esta vez, o nos movemos o seremos los eternos espectadores, viendo cómo otros, con menos complejos y más ambición, toman los lugares que creímos nuestros por derecho.
Enrique Pampliega, director de administración y calidad, además delegado de protección de datos del Ilustre Colegio Ofician de Geólogos. Ha sido distinguido como “geólogo de honor” por el Ilustre Colegio Oficial de Geólogos en 2023. Es miembro de número del consejo académico del Instituto Europeo Ecofin de Liderazgo (IEEL) y miembro de la junta directiva de demuestra.com













