La indudable aportación de los mediocres

Dedico parte de mi jornada a acompañar a altos directivos y propietarios de entidades mercantiles y financieras. También a responsables de instituciones públicas. Es frecuente que me informen sobre la penosa labor que realizan profesionales vulgares. Les animo a descubrir los aspectos positivos de esa realidad.

Recojo, para facilitarl ese objetivo, un suceso personal: nunca podré manifestar mi profundo reconocimiento al anodino protagonista. Cuando sufrí aquella injusticia me provocó dolor. Ahora siento agradecimiento, porque con sus perversidades y bajezas, aquel truhan contribuyó a la mejora de mi trayectoria.

Tras años de estancia en Italia con ocasión de la elaboración de mi primera tesis doctoral, sobre Descartes, y de un satisfactorio trabajo intelectual, regresé a España. Había interactuado con pensadores de la talla de Antonio Livi, Paul Poupard, Andrea Bettetini o Stanislaw Grygiel o con políticos como Giulio Andreotti. Al regresar, el propietario de una multinacional me asumió como mano derecha para sus inversiones en el extranjero. Fue una oportunidad de oro para viajar por numerosos países -de Canadá a Estados Unidos, México, Ecuador, Colombia o Chile- y conocer sectores tan diversos como el editorial, el de importación, el de los estacionamientos urbanos, el de la publicidad, el del cine y otros.

Tiempo más tarde, realicé mi propio y exitoso emprendimiento en el sector de la formación directiva, en Praga, y en el del vending. Avanzaba el segundo lustro de la década de los noventa del siglo pasado, cuando, en plena elaboración de mi segunda tesis doctoral, en ciencias económicas y empresariales (premio nacional J. A. Artigas de ciencias sociales), valoré desarrollar carrera académica. Comencé a colaborar con la Universidad Antonio de Nebrija, la San Pablo…, y centros de formación como la EOI, Garrigues Andersen, el IADE, IESE, etc.

En algunas de esas instituciones se pusieron de moda oposiciones, remedos de lo que se lleva a cabo en las universidades públicas. Decidí optar por una cátedra, ya que había publicado libros y ensayos, había participado en congresos internacionales y nacionales y disponía de las acreditaciones previstas para el puesto.

Fungía de director del departamento de economía de la empresa un sujeto que había trastabillado en una universidad pública cercana a Madrid, hasta que con trampantojos entre los que se contaban el apropiarse de docenas de trabajos de sus alumnos, logró obtener una cátedra. Negoció con una universidad privada a la que se incorporó, mejorando el sueldo y la imposibilidad de ser despedido hasta su jubilación. Como puede comprobarse en la página del ISBN aquel interfecto, pongamos que se llamaba Antonio, acumulaba 68 publicaciones con la peculiaridad de que todas estaban auto editadas en el mismo año. ¡Eran los TFG de sus estudiantes! Ni rastro de investigación propia contemporánea, anterior o posterior.

Su relación con los demás era de imposición o envidia, sin que cupiera otra opción. Con enredos y tras mentirme, porque me había asegurado que no formaría parte del tribunal que me juzgara, convocó trapaceramente a un grupo de secuaces para dañarme. Lo logró.

Aquella puñalada trapera incentivó mis ansias investigadoras y también mi colaboración con entidades públicas y privadas de múltiples países. Pronto me incorporé como catedrático en una institución de mucho mayor prestigio, para posteriormente dirigir durante un sexenio una cátedra de management en una de las escuelas de negocios más prestigiosas del mundo. A eso hay que sumar que he impartido conferencias en 50 países, he recibido más de 30 premios nacionales e internacionales y, sobre todo, disfruto de una fructífera vida profesional y personal.

Apunto esta información, porque, aunque en algún momento tropecemos con inicuos, la vida es larga. Como tantas veces he comentado con mi buen amigo, maillot amarillo, Igor González de Galdeano, si uno pedalea con constancia, la bicicleta no se cae. Los obstáculos contribuyen a fortalecernos. Qué delicia leer su libro “Pedaleando hacia el éxito” (Kolima).

Todos vivimos situaciones asimilables a la aquí rememorada. Ojalá que lo narrado ayude a contemplar con perspectiva los inevitables tropiezos que acaban convirtiéndose en ventaja. Para quien brega con profundidad técnica, con integridad ética y con constancia, lo mejor siempre está por llegar. Que algunos berreen es ineludible señal de que cabalgamos.

Para quienes tengan curiosidad sobre cómo acabó mi anodino preferido, apuntaré que, tras una gris trayectoria, su jubilación fue ampliamente celebrada por los sufridos sometidos. Como ironizaba el gran José María Fernández-Pirla, aquel espécimen fue grande de España y… chiquito de Australia.

 

Javier Fernández Aguado, socio director de MindValue y experto en liderazgo.

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