La existencia va perfilándose al ir surfeando las posibilidades que van presentándose y aquellas que generamos. Salvo improbables excepciones, nadie acierta siempre en sus elecciones, y pocos optan permanentemente de manera errónea. Se presentan, al cabo, cuatro opciones globales que desgrano brevemente.
Intentar forjar bien el bien. Algunos procuran en sus encrucijadas personales y laborales comportarse de manera recta desde el punto de vista ético a la vez que ponen los medios para afinar desde la perspectiva técnica. Eisenhower, por ejemplo, como general en jefe de las tropas aliadas, tanto el día D como en su posterior avance hacia Berlín, se empeñó en minimizar el número de bajas, a la vez que tanteaba disminuir el tiempo preciso para acabar con la dictadura nazi. Hacer bien el bien es un reto que reclama estrategia, buena voluntad, preparación técnica, y energías físicas y espirituales.
Encontramos también a quienes ejecutan mal el bien. Señalan objetivos adecuados que alcanzar, pero los medios empleados son perversos. Así, el general ruso Zhukov, que avanzaba desde Oriente hacia la capital del III Reich, obtuvo indudables resultados, pero a un insufrible coste humano. Lo he explicado con detalle en “¡Camaradas! De Lein a hoy” (LID). La obra de Alexander Berkman, “El mito bolchevique”, es fabulosa también para entenderlo. En términos generales, bastantes autócratas, independientemente de que se parapeten en ideologías de izquierdas o de derechas, se inclinan más o menos explícitamente por esta alternativa. Lograr patrimonializarse es positivo tras una vida esforzada. Conseguirlo raudamente mediante engaños a terceros resulta indigno.
En tercer lugar, hallamos a quienes componen bien el mal. A saber, identifican metas improcedentes y diseñan una sistemática que les hacen desdichadamente enérgicos. Un modelo clarísimo es Adolf Hitler. Como explico en “La lógica del mal. Entrevista Hitler” (LID), y también en “El management del tercer Reich” (LID), pocas veces en la historia se perfilan operaciones criminales tan bien consumadas. Solo con una altísima eficiencia procedimental logró el despiadado asesinato de millones en los campos de concentración, principalmente judíos, pero también, entre otros colectivos, católicos, testigos de Jehová o personas con presuntas disfunciones sexuales.
Por último, se multiplican individuos que hacen mal el mal. Se proponen, sin excepción, su enriquecimiento personal a costa de empobrecer a los pueblos a los que gobiernan. Pol-Pot, Fidel Castro, Stalin, Mussolini, Putin, Trump y otros más cercanos, por ahora innombrables, son paradigmas de cómo ajar a los demás, no solo desde el punto de vista ético, sino también desde el técnico, porque obran erróneamente tanto en lo práctico como en lo moral. Son miserables que arrasan por donde pasan, Atilas motorizados en carros armados o en Falcon. Este comportamiento miserable está detallado en “Entrevista a Stalin. La lógica de un dictador” (Kolima).
El bien como norma
Valoro enormemente haber conocido a numerosos grandes profesionales que han porfiado por hacer bien el bien de manera metódica. Traigo a la pluma a paradigmas como Luis Poblador Cumplido, quien desarrolló desde los cimientos una empresa tecnológica con gran éxito. En las conversaciones mensuales que mantuvimos durante casi una década, le gustaba recordar que cada miembro de su entidad mercantil entregaría un litro de su sangre por él. Inmediatamente añadía, con aplastante convencimiento, que él había entregado dos litros de la suya por cada uno de sus colaboradores. Otro gran profesional, interesado por su gente, es Josep Capell. Su preocupación por el bienestar de su equipo es gratamente llamativa. De igual manera, me encanta mencionar a Marta Prieto Asirón, que prueba con justicia y sabiduría, al igual que Luis o Josep, a culminar cimas en sus proyectos, a la vez que pilota a su equipo de la mejor manera posible.
Podría mencionar a muchos más, empezado por Jaime Echegoyen o Isidro Fainé, y probablemente lo haga en posteriores Post. Sea éste un anticipo para proclamar que es posible ganar dinero sin dañar a los demás. También he conocido a ignominiosos en mi itinerario, pero prefiero, por el momento al menos, omitir su mención.

Estas son las cuatro opciones del bien y el mal en la empresa (Imagen generada por IA – Foro ECOFIN).
Ojalá, cada uno de nosotros, independientemente de la etapa en la que nos encontremos, nos empeñemos con constancia y coherencia en ejecutar bien el bien. Cuando pasan por mi despacho antiguos altos directivos, ya retirados, no es infrecuente que algunos se lamenten por no haber atendido mejor a su gente.
Hace pocas semanas, mucho me alegró conocer el testimonio directo de un subordinado del CEO de una multinacional suiza. Cantaba las alabanzas de quien fuera su superior, Enrique de la Torre. Habían pasado muchos años desde que había finalizado su relación profesional, pero César, que así se llamaba el profesional que cito, elogió el buen hacer de su lejano exjefe. ¡Un extraordinario paradigma en el que fijarse!
Ser el más rico del cementerio, ser enterrado en las Recoletas (el cementerio de específicos fatuos porteños), sería una triste compensación por haber pasado por la vida perjudicando a otros. La gran ilusión ha de consistir en procurar testar un trocito de mundo un poquito mejor cuando nos vayamos frente a lo que encontramos cuando llegamos.
Javier Fernández Aguado, socio director de MindValue y experto en liderazgo.













