¡Tras la Gloria del Domingo de Resurrección!, la muerte del Papa Francisco en el lunes de Pascua. Pasará a la historia por muchas cosas: primer pontífice americano, primer papa Francisco (no lleva numeral por ser el primero), jesuita, reformista, duro en sus decisiones, amable en las formas, con millones de seguidores y otro tanto de detractores. Pero nadie podrá decir que no fue un hombre bueno. ¡Adiós, santo padre!
Su sucesión causa más expectativa que su esperada defunción. Dicen que puede suponer un punto y aparte en la revolución que puso en marcha desde (y en) la Iglesia Católica… o un punto y seguido en un movimiento que despertó al mundo de su aparente letargo para, al menos, poner el foco en las distorsiones que un nuevo pontífice tendrá que seguir denunciando y peleando…
¡O quizá, no!, ya que su sucesión inunda las redes sociales desde hace semanas. Más que la probabilidad de que no llegar a ver la plaza De San Pedro en el domingo de la bendición Urbi et Orbi, las teorías de la conspiración hablan de la contrarreforma, de la pugna entre seguidores reformistas forjados con nuevas nominaciones de cardenales, frente a la jubilación de muchos que no tenían al Papa Francisco como Santo de su devoción.
Despedida mundial desde San Pedro
Nada hacía presagiar, en la soleada mañana del Domingo de Resurrección que iluminaba la increíble Plaza de San Pedro de la Ciudad del Vaticano, que aquella sería la última vez que veríamos al Papa Francisco con vida. Se mostraba serio, cansado y débil. Pero hizo el esfuerzo de tomar el micrófono y desear feliz Pascua a los aproximadamente 15.000 fieles y peregrinos congregados entre las columnas que abrazan al mundo de forma simbólica.
El paseo a bordo del ‘papamóvil’ que hizo justo después de la bendición Urbi et Orbi ahora cobra todo el sentido como despedida ‘con olor a cordero’: mimetizándose con los fieles. Mezclándose con el pueblo al que tanto amó. Con la gente a la que siempre se sintió cercana en lo espiritual, pero también en lo físico. Porque, si algo tuvo el Papa Francisco, fue coherencia.
Coherencia con su condición de cristiano, a quienes se les presumen (y exigen) unos comportamientos que no buscan crear un club de personas perfectas, sino de humanos imperfectos capaces de aprender de sus errores, y de los ajenos. Coherencia con su condición de pastor de la Iglesia, bajando del púlpito para evangelizar a pie de calle, exactamente como lo hizo Jesús.
Seguramente al propio Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, 1936 – Ciudad del Vaticano, 2025) le parecería exagerada e inmerecida la comparación, pero sus similitudes con la predicación de Jesús son evidentes.
Ambos contestaron sin ambages el poder establecido, ya fuera el político, económico, social o eclesiástico. Ambos se acercaron a pecadores y descartados para acogerlos como a uno más.
Ambos no dudaron en tirar de las orejas a quienes lo estaban haciendo mal, sin importarles las consecuencias, que tampoco son tan importantes cuando el fruto de la regañina ayuda a salvar a alguien, o a muchos.
La Historia se encargará de juzgar a vivos y muertos; pero lo que está claro, es que el Papa Francisco no dejó indiferente a nadie ni dentro, ni fuera de la Iglesia católica. Dejemos que la Historia juegue su papel al más puro estilo de la diplomacia vaticana.
El Papa de los migrantes
El Papa Francisco se enfrentó a las estructuras y élites con un mensaje de sencillez, acogida, inclusión y paz. Aunque aquello escociera a los poderes de turno, habitualmente más preocupados por mantener a salvo su parcela de poder aun a costa de obviar derechos y libertades a los demás. Desde luego, fue fiel al mensaje evangélico de aquello de: “No he venido a traer la paz, sino la división” (Lc. 12: 51-53), de la que emanaron, a partes iguales, devoción y animadversión.
Resulta un capricho del destino que la última reunión más o menos oficial que haya tenido el Papa Francisco fuera con James David Vance, vicepresidente de los Estados Unidos. Un católico converso en 2019 que tuvo que escuchar las indirectas, bastante directas, que el mensaje pascual elaborado por Francisco hacía sobre el acoso a los inmigrantes, a la sazón uno de los pilares de la Administración Trump en su segundo mandato.
El propio JD Vance reconoció que todavía es un católico “bebé” que tiene mucho por aprender de la fe que dice profesar y del mensaje que encierran los Evangelios, que los críticos de Francisco y de su aperturismo quizás no hayan terminado de leer. De ahí las críticas.
Quizás los discursos, encíclicas, exhortaciones apostólicas, entrevistas y mensajes que Francisco ha difundido por tierra, mar, aire, redes sociales, homilías, televisión y libros sea un buen punto de partida no solo para quien quiera mejorar como católico, sino para quien quiera hacerlo como persona. Porque si una enseñanza nos ha dejado Francisco es que, cuando se apague la luz al final de nuestro viaje en esta vida, lo único que importará es si has sido buena persona con quienes tenías a tu alrededor, sin importar si compartimos genes, amistad, pasaporte, color de piel o dios.
Su mensaje estuvo por encima de cualquier adjetivo y siempre tuvo un único objetivo: el alma de las personas. Y cuando se trata del alma, no hay nada ni nadie que pueda poner ‘peros’. Por eso Francisco nos hizo despertar de un letargo en el que estábamos sumidos tras la salvaje crisis económica de 2008 y sus años posteriores, y que se vio encadenada con la mayor pandemia en un siglo y la vuelta de la guerra a Europa. Motivos más que suficientes para replantearse las cosas y regresar a la sencillez que predicó Jesús como marco para una vida más justa y plena para todos.
El Papa de la Crisis
¿Causa o efecto? La Iglesia no es ajena a la crisis de la Sociedad en la que habita. Vivió sus miserias de la codicia financiera y sus miserias del abuso de menores. El papado de Francisco tuvo que lidiar con la regeneración. Algunos dicen que en muchos casos cortó por lo sano, no sólo por lo podrido y enfermo. El tiempo lo juzgará.
Francisco, el curita de parroquia ascendido a la cátedra De San Pedro, ha representado un toque de atención ante una sociedad global que se desmorona por los cuatro costados: se desangra en guerras que creíamos impensables, compromete su propio futuro destruyendo sin pudor el medio ambiente, expulsa a todos aquellos que no cumplen los requisitos impostados y artificiales elegidos por quienes manejan a su antojo el poder y discrimina a quienes no piensan como nosotros, que casi siempre son, además, catalogados como ‘peligro’.
Esa es la verdadera perversión del mensaje que nos legó Jesucristo y el verdadero ‘anti-papa’: el mundo autodestructivo y nocivo que Francisco denunció sin cesar hasta su último discurso, que ni siquiera pudo pronunciar él mismo por haberse dado hasta la última gota por los casi 8.000 millones de fieles, lo sepan o no, de unas enseñanzas que trascienden al cristianismo: normas básicas y ya conocidas para hacer del mundo un lugar un poquito más habitable por todos y para todos.
Un regreso al corazón del Evangelio que predicó Jesús, y que, aunque siempre lo tenemos presente cuando queremos presentarnos como dignos de entrar en el banquete, tendemos a olvidar casi de forma instantánea en cuanto se apagan los focos.
Ojalá quien tome el relevo de la Iglesia haya comprendido que la mecha que ha encendido Francisco no debe apagarse nunca. De lo contrario, lo único que veremos es cómo se apaga el mundo y nos deja en el epicentro de la autodestrucción.
Porque hoy se han apagado sus días sobre la Tierra, pero su mensaje, como el de Jesús, seguirán con nosotros para siempre y serán luz y guía para navegar entre tinieblas en un mundo que no comprende que va en nuestro propio interés equilibrar la balanza para todos, sin necesidad de hacerlo a costa de otros.
Ahora toca ver si el legado de Francisco cae en saco roto o tiene continuidad.
¿Fumata blanca o fumata negra al reformista jesuita amante del fútbol y la inmigración?
El Mundo mira al país más pequeño del planeta con la respiración contenida.
Hasta siempre, padre Francisco.
Miguel Ángel Ossorio y Salvador Molina, consejo editorial de Foro ECOFIN.















