Le atribuyen a mi querido George Orwell -muy presente su obra y su legado en la actualidad-, que Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas. No puedo estar más de acuerdo con él y más en los tiempos que corren.
El pasado 22 de julio el Gobierno aprobó el anteproyecto de Ley que “regula” el secreto profesional de los “profesionales de la información y de los prestadores de servicios de medios de comunicación”.
El anteproyecto reglamenta de forma detallada el derecho de los profesionales de la información a no revelar la identidad de sus fuentes ni cualquier dato que pueda conducir a su identificación, etc. salvo en supuestos como la existencia de un daño grave e inminente para la vida o la integridad de las personas, o un riesgo para la seguridad nacional o los fundamentos del sistema constitucional.
En todos los casos, estas medidas deberán ser autorizadas por un juez, con motivación suficiente y con sujeción a criterios de necesidad, proporcionalidad y excepcionalidad.
¿Censura o auto-censura?
¿Quién decide qué pone en riesgo la seguridad nacional o a determinadas personas? ¿Qué mecanismos de control existen para evitar que la nueva cláusula del anteproyecto de Ley que regula el secreto profesional de los profesionales de la información y de los prestadores de servicios de medios de comunicación, sea utilizada de forma arbitraria o interesada?
No hay democracia sólida sin periodismo incómodo. Hoy más que nunca necesitamos medios libres que no se arrodillen ante el poder ni se vean amordazados por leyes ambiguas o excepcionales. Si se debilita el secreto profesional, se empieza a levantar un muro invisible entre el poder y la verdad. Un muro que separa a la ciudadanía de la realidad y convierte a los periodistas en sospechosos por el simple hecho de cumplir con su deber.
El secreto profesional del periodista es tan sagrado como el del médico o el abogado. Sin proteger el secreto profesional estaríamos ante una prensa mala, porque sin libertad no hay prensa buena.
Proteger la identidad de las fuentes es un principio básico del periodismo ético. El secreto profesional no es un privilegio corporativo, es una garantía democrática. Preservar la confianza entre periodistas y sus fuentes es a menudo la única vía para sacar a la luz casos de corrupción, abusos de poder o violaciones de derechos.
La censura nunca se instaura de golpe
La historia nos ha enseñado que la censura nunca se instaura de golpe, siempre empieza poco a poco con matices legales, con frases como “sólo en casos excepcionales”, “para proteger a la sociedad”, “no afecta a la libertad de expresión”.
Pero cuando se empieza a decidir desde el poder qué puede o no contar la prensa, ya no hablamos de democracia, sino de control.
España no puede caer en la trampa. Defender el secreto profesional es defender la verdad, la justicia y la libertad. Es poner un muro de contención frente a los abusos del poder. Es proteger a quienes tienen el valor de contar lo que otros quieren ocultar.
Si el periodista no puede proteger a su fuente, ¿quién se atreverá a denunciar lo que pasa entre bastidores del poder? “Sin la garantía del secreto profesional, la libertad de prensa no existe.»
Lo que es un hecho es que “sin Periodismo libre no hay democracia”.
Para reflexionar.














