Probablemente Stalin sea uno de los personajes históricos que, tras la caída de la Unión Soviética, mayor bibliografía haya acumulado a lo largo de los últimos años, con libros tan notables, ya sea con una mayor o menor afinidad al personaje, como, entre otros, los de Stephen Kotkin o Domenico Losurdo.
No hay duda de que Stalin, más allá de sus incontables crímenes, se erige por derecho propio en uno de los personajes decisivos de la historia contemporánea, además de formar parte del imaginario de una revolución que, como un feroz hilo rojo, atravesó el siglo pasado y cuyos ecos todavía podemos percibir.
Una revolución que mató incansablemente, pero que al mismo tiempo atrajo a millones de personas en todo el planeta, muchas de ellas inteligentes y bondadosas, deslumbradas por la figura del “padrecito” Stalin. No conviene, pues, tirar por lo fácil y desdeñar a Stalin como un vulgar verdugo sediento de sangre, aunque solo sea en homenaje y recuerdo de sus millones de víctimas.
De él, por ejemplo, escribió alguien tan poco sospechoso de estalinismo como Kissinger, en Diplomacia: “fue, sin duda, un monstruo; pero en la dirección de las relaciones internacionales él fue el realista supremo: paciente, astuto e implacable, el Richelieu de su época (…). Los líderes de las democracias confundieron los discursos soporíferos y un tanto teológicos de Stalin con una rigidez de pensamiento y de política. Sin embargo, la rigidez de Stalin sólo se extendía a la ideología comunista. Sus convicciones le permitían ser extraordinariamente flexible en sus tácticas”.
Javier Fernández Aguado, que analizó el comunismo en ¡Camaradas! De Lenin a hoy (Lid Editorial, 2016), asume el reto de “entrevistar” a Stalin, tratando de indagar en su pensamiento y su comportamiento desde varios puntos de vista, tanto ideológicos como personales.
El lector que espere encontrarse con una simplificación de Stalin, con el cliché del criminal que, ebrio de poder y al borde de la locura, firma sentencias de muerte en la oscuridad del Kremlin, se llevará un chasco.
Stalin, como bien entendió Kissinger, aparece en las páginas de este libro como un líder astuto y capaz, cuyas decisiones, en esa extraña mezcla de rigidez y flexibilidad que a menudo acaba por trazar un laberinto difícil de desentrañar, oscilan entre lo pragmático y lo oportunista, pero siempre, fuera en las luchas internas del Partido o en las relaciones internacionales de entreguerras, sin perder de vista el ideario marxista-leninista que articuló hasta el último día su fe.
Gracias a una voz lograda, Fernández Aguado deja que sea la lógica de Stalin la que vertebre en todo momento esta “entrevista” que recorre la vida del dictador, sin tratar de llevar a cabo un interrogatorio, pues los cargos son de sobra conocidos. Stalin se muestra en todas sus facetas y las cuenta él mismo: el mal poeta y seminarista que pretende hacer carrera literaria en Tiblisi, el revolucionario que organiza huelgas en Bakú o el secretario general del Partido Comunista que industrializa y colectiviza la Unión Soviética a un coste humano descomunal.
Aparecen, asimismo, sus razones más profundas e incluso turbias, como su conflictiva admiración por Lenin, su paupérrima vida familiar –desde su madre hasta sus hijos– o su desprecio, al que no tal vez no fuera ajeno ese rencor que nace de la envidia, por Trotsky.
Y también, en lo que es sin duda uno de los logros del libro, se pueden comprender, siempre según su lógica, sus razones para controlar el Partido tras la muerte de Lenin, donde nada parecía estable, la terrible paranoia durante los años de la industrialización y las purgas –véase, a este respecto, El gran miedo, de James Harris – o sus delirios al final de su vida, desgastado por los esfuerzos de la guerra y unos hábitos poco o nada saludables.
Fernández Aguado, siempre atento a lo humano, nos describe, además, a un individuo pleno de contradicciones: complejo y burdo, sentimental y cruel, atrapado en sus fortalezas y sus fragilidades y dispuesto, gracias a una inteligencia que sus enemigos desdeñaron tan estúpidamente y una capacidad de trabajo sobrehumana –Stalin era, conviene recordarlo, un fanático–, a transformar la realidad, al coste que fuera: esa dinámica de la historia que pretendía atrapar el marxismo-leninismo y que a nuestros ojos ya resulta poco menos que incomprensible, además de moralmente repugnante.
Aquí está, pues, el Stalin que aprende el valor de la astucia y de golpear primero en las calles de Gori, el que disciplina férreamente el Partido colocando poco a poco a sus afines en los cargos organizativos o el que se deja guiar, no sin conflictos, por sus generales durante la Gran Guerra Patria. Todo según las posibilidades que le ofrecía aquella arma que fue durante décadas el marxismo-leninismo. No en vano, según escribió el añorado Roger Scruton, “como los comunistas comprendieron desde el principio, controlar el lenguaje es controlar el pensamiento; no el pensamiento real, sino las posibilidades del pensamiento”.
He ahí el valor de este libro: desgranar pacientemente, sin caer jamás en lo burdo y atendiendo a esa lógica marxista-leninista y a las circunstancias humanas, la forma de pensar y actuar de Stalin, sin que parezca estar ante una de esas caricaturas de la Guerra Fría que tan poco favor han hecho a las víctimas del comunismo.
El reto se antoja mayúsculo. Y Fernández Aguado sale airoso de él, entre otras razones porque demuestra que, más allá de simplificaciones y de ciertas pulsiones humanas, la lógica de Stalin no fue sino la del marxismo-leninismo, donde el fin, como es sabido, justifica los medios, sin atender a que al final los medios se constituyen en la única definición del fin. No hubo mejor discípulo de Lenin. Sin embargo, dejando a un lado el peso del marxismo-leninismo, hay, como se ha dicho, algo profundamente humano en Stalin, que lo hermana con otros tiranos de la historia, desde Tamerlán a Napoleón, y que, bien narrado por Fernández Aguado en este libro que nos ofrece un mapa detallado del laberinto del tirano, puede servir de aviso. La historia es un virus que muta: no duden de que en el horizonte espera un Stalin. Conviene estar preparados para reconocer su voz.
Sergio Casquet, periodista
“Entrevista a Stalin. La lógica de un dictador” (KOLIMA, 2024) es el libro de JAVIER FERNANDEZ AGUADO en el que se basa esta tribuna.














