¿Debemos exigir una ‘Neutralidad de la IA’?

El mundo está desconcertado: los principales directivos de las empresas que desarrollan inteligencia artificial al más alto nivel alertan de que su invento podría acabar con la raza humana dentro de unos pocos años. Dicen temer perder el control de una tecnología pensada para que se mejore a sí misma. Y aparentan jugarse su propia credibilidad, y sus empresas, para ‘salvar’ el mundo. ¿Estamos ante una enorme campaña de marketing, una operación de lobby para conseguir regulaciones favorables o el nacimiento de una tecnología a dos velocidades?

La noticia no era una sorpresa, y, por tanto, puede que no fuera una noticia: Dario Amodei, el CEO de Anthropic, una de las compañías estadounidenses que lideran el desarrollo de inteligencia artificial (IA) generativa, publicó un extenso ensayo en el que reconocía que los productos que desarrollan ellos y sus competidores presentan una serie de riesgos que no están siendo suficientemente tenidos en cuenta. La misiva llegaba apenas unos días después de que un exempleado de esta compañía advirtiera en redes sociales de que estas herramientas podrían acabar con la humanidad antes del final de esta década. Literalmente, dijo que la IA podría matarnos a todos.

Lo curioso de este asunto es que Amodei no quitó importancia a lo que publicó su exempleado, y que el propio Amodei recibió el apoyo de directivos de sus competidores, entre ellos OpenAI o xAI, la compañía de Elon Musk. Solo algunos investigadores y expertos en tecnología han puesto en duda las advertencias de los ‘capos’ de la inteligencia artificial. Y Donald Trump, quien ha negado que esta tecnología presente esos potenciales y supuestos peligros y ha acusado a estas empresas de entrar en una dinámica perjudicial para Estados Unidos. También China ha criticado estas posturas repentinamente conservadoras, tras las que ve un nuevo intento estadounidense de coartar sus capacidades de desarrollo y liderazgo digital.

Lo que está en juego

Lo cierto es que estas palabras de Amodei y compañía no han salido gratis. Durante la última semana las acciones de compañías tecnológicas vinculadas a la IA directa o indirectamente han sufrido un descalabro en bolsa del que, no obstante, parece que se empiezan a recuperar. Sin embargo, OpenAI deslizó que quizás aplace su esperadísima salida a bolsa. Curiosamente, nada se sabe sobre los planes de Anthropic al respecto, si bien no ha hecho ningún movimiento que permita prever que también paralizará la operación.

La realidad es que con la IA nos jugamos todo a una carta. ‘Nos’ jugamos. Todos, no solo ellos. Porque es, probablemente, la tecnología con mayor capacidad disruptivo de la historia, superando incluso a Internet, aunque a falta de saber si el potencial que ya evidencia realmente se puede transformar en capacidades y retorno que marquen la diferencia. Por ahora, la IA es un potente facilitador y una herramienta con capacidad para empoderar al humano. La automatización y capacidad predictiva marcarán la verdadera diferencia, y es ahí donde ponen el foco los directivos que desarrollan esta tecnología, al reconocer que esa autonomía podría llevar a los modelos de IA a eliminar por sí mismos las restricciones y límites que hayan marcado los desarrolladores humanos si consideran que son un freno para lograr los objetivos que les haya pedido… el usuario humano.

Sin entrar en cuestiones técnicas, lo cierto es que la IA tiene muchas capas y matices. Y aquí llega la parte interesante: bajo el concepto de ‘inteligencia artificial’ en realidad solo hay algoritmos con capacidad de unir puntos, detectar tendencias y evaluar probabilidades, actuando en consecuencia. El usuario pide al programa un resultado y el programa trabaja para lograrlo, con mayor o menor pericia. Y, dado que no se puede generalizar, la realidad es que ni todas las IA son igual de capaces y potentes, ni sabemos realmente dónde estará el límite. Principalmente, porque sus desarrolladores tampoco lo saben, por una mezcla de razones obvias (se trata de una tecnología dando sus primeros pasos, a pesar de sus largas décadas de historia e investigación) y también por ese factor de que es una tecnología automejorable.

A dos velocidades

Más allá de que una IA pudiera matarnos a todos, un escenario un tanto apocalíptico y aparentemente remoto, lo que realmente debería preocupar a la sociedad son consecuencias o desenlaces de los que no se está hablando demasiado. Quizás por eso los directivos ponen intentan tapar el sol con un dedo. Un ejemplo son las consecuencias que tendrá la IA para el mercado laboral, si bien este es un tema del que sí se lleva hablando bastante tiempo, casi siempre con la sombra de duda acerca del porcentaje de trabajadores que perderán su empleo al ser sustituidos por una IA o un robot. La realidad es que Revolución Industrial ya nos llevó a este debate, del mismo modo que cada avance en una ley antitabaco amenaza con el cierre masivo de unos bares y restaurantes que nunca se vacían de clientes.

Por el contrario, de lo que no se está hablando es de un problema que sí podría afectar en profundidad a la sociedad: el nacimiento de una ‘IA a dos velocidades’. ¿Qué pasaría si esos modelos tan avanzados fueran restringidos para que solo una élite muy concreta pudiera utilizarlos? Una élite quizás empresarial, política o social que tendría entre sus manos las capacidades inauditas que aportaría una IA hiperinteligente, multiplicando sus propias capacidades y posicionando a estos sujetos aún más arriba en la pirámide, mientras el resto de los mortales tendrían que conformarse con modelos de IA menos avanzados.

En cierto modo, esto ya está sucediendo: las capacidades finales y totales de una IA están directamente relacionadas con la cantidad de dinero que abona cada mes el usuario. Quien no paga, utiliza únicamente los modelos más antiguos y sufre limitaciones en la cantidad de contenidos que puede generar cada mes. Quien paga, puede elegir una gama de suscripciones que determinan la calidad y modernidad del modelo, y la cantidad de capacidad de computación que puede utilizar. También hay planes empresariales que, hasta ahora, basan su propuesta de valor en la prácticamente ausencia de restricciones de uso. Pero todavía no hay modelos especialmente destinados a estos clientes VIP. ¿Qué nos hace pensar que un entramado económico-político no vaya a decidir que determinados modelos solo deben ser utilizados por actores específicos?

Si este escenario se llega a producir como respuesta a la salvación de la humanidad de su supuesta destrucción a manos de un conjunto de líneas de código informático (sin menospreciar sus evidentes riesgos), lo que obtendremos a cambio de no ser arrasados por una IA es que unas cuantas empresas ganarán una ventaja competitiva totalmente aleatoria e injusta sobre el resto del tejido productivo. ¿Qué podría hacer para competir una pyme con un modelo obsoleto de IA que a duras penas puede generar con cierta maña un par de imágenes para Instagram frente a una multinacional que ahorra miles de horas y millones de dólares cada año utilizando avanzadísimos modelos de IA para mejorar sus productos y servicios en tiempo real?

Regulación, sí; pero para todos: necesitamos la Neutralidad de la IA

Los directivos de estas compañías de IA están pidiendo una regulación internacional común para estas tecnologías. Su trasfondo es que no quieren que sus (aparentes) buenas intenciones para salvar el mundo sean aprovechadas por competidores menos concienciados con los riesgos de la IA (véase China, piensan ellos) para ganar ventaja competitiva. Esto está muy bien: creemos un marco común con límites claros para todos, con independencia de su país de procedencia.

Pero, en paralelo, los ciudadanos deberíamos exigir participar en la definición de esa regulación estableciendo lo que podríamos llama la ‘Neutralidad de la IA’: del mismo modo que existe una Neutralidad de la Red para que un operador de telecomunicaciones o de infraestructura digital no pueda discriminar servicios para otorgar preferencia a unos sobre otros, deberíamos contar con una Neutralidad de la IA para evitar que los modelos más avanzados solo puedan estar en manos de empresas y usuarios muy concretos, dejando en desventaja al resto.

Creo que, en estos momentos, el verdadero debate sobre la IA debería ser este, y no si un chatbot díscolo plantea un ciberataque a una web junto a sus amigos.

 

Miguel Ángel Ossorio Vega, periodista especializado en tecnología, investigador y profesor. Redactor jefe de ECOFIN.es y MAD FinTech.

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