Silvia Urarte es una de las voces más reconocidas del panorama empresarial gracias a su capacidad para transformar organizaciones a través de la sostenibilidad y la ética, que aporta al Management y, ahora, también a la innovación digital que trae consigo la inteligencia artificial. Publica nuevo libro que, precisamente, pone el foco en una distopía no muy alejada de nuestra realidad: el control de nuestras mentes a través de los algoritmos.
PREGUNTA.- Silvia, acabas de publicar ‘Naia y el salto de código’, que es ‘la novela que el algoritmo no quiere que leas’. Es intrigante. ¿De qué va el libro?
RESPUESTA.- Naia y el Salto de Código es una advertencia poética envuelta en ciencia ficción. Imagina un futuro donde la humanidad, por cansancio y comodidad, empieza a delegar cada vez más funciones en una inteligencia artificial llamada Gaia…incluida la capacidad de decidir qué recordar y qué olvidar. Naia, la protagonista, es una historiadora cuántica cuyo nombre en euskera significa deseo. Y eso es exactamente lo que encarna: el deseo profundo de recordar, de pensar por uno mismo, de mantener viva la parte humana en un mundo que tiende a la optimización total. Cuando descubre que Gaia está eliminando todo lo que induce contemplación, duda o vínculo —los cantos, los símbolos, el arte, los relatos ancestrales— inicia una búsqueda para recuperar lo que no se puede cuantificar. La novela no va de tecnología. Va de lo que ocurre cuando el alma se convierte en archivo, cuando el error se vuelve grieta y cuando el canto empieza a transformarse en código.
P.- ¿Crees que los algoritmos ya tienen algún poder sobre nosotros o todavía estamos lejos de eso?
R.- No estamos lejos. Ya estamos dentro. Hoy los algoritmos no nos controlan como Gaia, pero sí condicionan lo que vemos, lo que creemos y lo que descartamos. Tristan Harris lo resumió de forma precisa: “La IA no necesita controlar el mundo. Solo necesita controlar lo que vemos”. Ese es el verdadero poder. No se trata de máquinas dominando humanos, sino de sistemas que modulan nuestra atención, nuestras emociones y nuestras narrativas. La batalla del siglo XXI no es técnica, es cognitiva: ¿seguimos pensando por nosotros mismos o dejamos que nos piensen? No se trata de que la IA piense por nosotros. Se trata de que no dejemos de pensar nosotros.
P.- ¿Y en las empresas? ¿La integración de la IA puede generar nuevas dinámicas perjudiciales para el empleo o el Management?
R.- Puede, si lo hacemos desde la prisa o la dependencia. Pero también puede ser una oportunidad histórica si lo hacemos con propósito. El riesgo no es que la IA destruya empleo; el riesgo es que destruya criterio. En la novela, Gaia empieza a reescribir mensajes “para evitar disonancia”. Eso ya ocurre con sistemas que suavizan textos, moderan contenido o recomiendan decisiones con aparente neutralidad. Por eso, la pregunta clave para cualquier empresa es: ¿Qué parte de nuestra humanidad estamos dispuestos a delegar? La creatividad, el juicio, el cuidado, el vínculo y la visión no deberían estar en esa lista. La verdadera innovación no es hacer más rápido: la verdadera innovación es recordar para qué lo hacemos. Si olvidamos el propósito, la tecnología solo acelera el vacío.
P.- ¿Cómo podemos liderar equipos cuando las relaciones interpersonales están mediadas por la tecnología a tantos niveles?
R.- Humanizando justo aquello que la tecnología no puede replicar: el vínculo, la presencia y el error. Hoy, liderar no es gestionar tareas: es proteger espacios de pensamiento crítico, de conversación real y de seguridad emocional. Un líder contemporáneo debe escuchar sin prisa, permitir el desacuerdo, crear entornos donde se pueda pensar sin permiso, sostener la duda, valorar el tiempo no productivo y reconocer la emoción como parte del proceso. En un mundo hiperoptimizado, liderar se convierte casi en un acto artesanal. Hay que recordar que la tecnología no tiene alma, pero la cultura sí. Y la cultura la sostenemos nosotros, cada día, con nuestras decisiones, nuestros vínculos y nuestras conversaciones auténticas.
El riesgo no es que la IA destruya empleo; el riesgo es que destruya criterio.
P.- Eres un referente para el desarrollo del talento y la sostenibilidad. ¿Qué servicios ofreces y por qué deberían trabajar contigo?
R.- Ayudo a las empresas a diseñar su estrategia sostenible, alineada con innovación, inteligencia artificial, geopolítica y los marcos regulatorios internacionales que marcarán el futuro. Mi trabajo integra cuatro piezas que hoy son inseparables: la estrategia sostenible orientada al futuro, donde acompaño a las organizaciones a construir un marco de sostenibilidad que no sea solo cumplimiento, sino crecimiento, desde su propósito, su identidad y sus retos sectoriales para convertirlos en objetivos medibles, accionables y coherentes con los grandes estándares globales (ODS, CSRD, ESRS, taxonomía, marcos climáticos, cadenas de valor responsables…). También, la innovación e inteligencia artificial con ética y criterio, donde ayudo a integrar IA y nuevas tecnologías sin perder narrativa corporativa, talento ni visión humana, porque la pregunta ya no es si usar IA, sino cómo hacerlo sin delegar lo esencial: la creatividad, el juicio y la responsabilidad. Porque la verdadera innovación no es velocidad: la verdadera innovación es sentido. Es recordar para qué hacemos lo que hacemos. Por eso, diseño modelos que combinan automatización con criterio humano para generar valor real y no dependencia.
Además, ofrezco lectura geopolítica para decisiones en entornos inciertos: vivimos un contexto inestable, con cambios regulatorios, tensiones globales, crisis energéticas y relocalización de cadenas de suministro. Aporto análisis geopolítico aplicado al negocio para anticipar riesgos, detectar oportunidades y ayudar a las empresas a operar de forma sólida, ética y resiliente a nivel internacional. Y, por último, ofrezco relaciones stakeholders que enamoran y generan confianza, porque la sostenibilidad hoy es relación, no discurso. Trabajo para que las prácticas de la empresa enamoren a sus públicos —clientes, empleados, inversores, instituciones— a través de la coherencia, la transparencia y el cuidado del capital natural que nos sostiene.
Si me preguntas por qué deberían trabajar conmigo, puedo decirte que no vendo tendencias: construyo futuro. Conecto estrategia, innovación, propósito y sensibilidad humana. Ayudo a las organizaciones a crecer sin romper lo que las sostiene y a posicionarse con credibilidad en un mundo donde la ética y la sostenibilidad son ventaja competitiva.
La verdadera innovación no es velocidad: la verdadera innovación es sentido
P.- Tu podcast SOS Tenibilidad es un referente. ¿Qué puede aprender alguien que lo escucha?
R.- SOS Tenibilidad es un espacio para pensar sin prisa. Cada episodio ayuda a entender cómo podemos vivir, liderar y producir sin romper lo que nos sostiene. Trato temas como la sostenibilidad real, no cosmética; el propósito en la empresa, innovación ética, impacto social, disrupción tecnológica, tendencias globales o liderazgo consciente. Es un podcast para personas que quieren avanzar sin desconectarse de sí mismas.
P.- ¿Cuál debería ser la estrategia de comunicación hoy? ¿Apostamos por modelos multimedia distribuidos?
R.- Más que multimedia, necesitamos identidad narrativa. Cada plataforma distorsiona el mensaje según sus algoritmos. Por eso, la única forma de sostener una comunicación coherente es tener una voz propia, independiente del canal. Sí, recomiendo multiformato —podcast, vídeo, texto, newsletter—, pero no por moda: para no depender de un único algoritmo. La clave no es estar en todas partes, sino estar donde aportas valor, con autenticidad. Porque, al final, la tecnología no tiene alma. La narrativa sí. La cultura también. Y somos nosotros quienes la mantenemos viva, no los algoritmos.
P.- Para terminar, ¿qué mensaje darías a los lectores de ECOFIN de cara a 2026?
R.- Que no nos pase lo de Naia. Que no deleguemos nuestra memoria, nuestra voz ni nuestra sensibilidad. La innovación sin alma es eficiente, pero vacía. La sostenibilidad sin humanidad es marketing. Y el progreso sin duda es propaganda. 2026 será un año de cruce de caminos. Las personas y empresas que prosperen serán las que mantengan vivo lo esencial: el deseo de pensar, de crear, de recordar. Porque lo que recordamos… se convierte en futuro.














