Los aprendizajes del Gran Apagón: 5 errores y 1 alerta

¡Se fue la Luz! Y el que sube los plomos (el diferencial) siempre suele echar las culpas a otros. Él nunca es el culpable de haber enchufado nada indebido, ni de haber pelado un cable o conectado al vecino. Además, lo malo sufrido por otros parece irrelevante al lado de sus proezas. ¡El Rey Desnudo siempre triunfa en los cuentos infantiles! Pero como a aquel Rey, habrá que darle el dato cierto: pérdidas económicas entre 800 y 4.800 millones de euros, en función de si la fuente es el Ministerio de Economía u otra fuente independiente.

Todos conocemos amigos y familiares que tuvieron que dormir en el suelo de la estación o en las vías del tren, otros que tuvieron que volver andando a casa, muchos nos explicaron como vieron pudrirse la comida en su nevera o perder un negocio por un avión que no llegó o una transferencia imposible. ¡No son sólo historias! ¡Son daños!

En una sociedad adicta a la electricidad y dependiente de la tecnología, la probabilidad de volver a sufrir un gran apagón como el del 28 de abril no debe descartarse. Lo que sí deberíamos descartar, en nuestro propio beneficio, son 5 comportamientos cuestionables que deben invitarnos a una profunda reflexión sobre la sociedad que hemos creado. Va en nuestro propio beneficio.

No hay nada más periodístico que el famoso “¡que paren las máquinas!”, ni nada tan filosófico como el “que paren el mundo, que me bajo”, de la gran Mafalda. Pero esas dos frases, que forman parte del imaginario colectivo, se quedaron en nada el 28 de abril en España y Portugal a causa del gran apagón que, efectivamente, paró las máquinas y nos bajó del mundo.

Todo por 5 segundos de nada: los que encierran la gran incógnita de por qué el sistema eléctrico se vino abajo. Las siguientes horas nos devolvieron a lo peor de la pandemia, la peor crisis que, a medio camino entre lo apocalíptico y lo hollywoodiense, evidenció que la realidad siempre supera a la ficción.

Pero entre las sombras de nuestra realidad también hay ficciones encerradas. Y esas ficciones, en ocasiones, son cortometrajes de terror que bien podrían convertirse en películas.

Aquí una recopilación de aprendizajes de lo que NO debemos hacer, y acostumbramos a hacer.

1. Entrar en pánico

Mantener la calma es esencial cuando ‘lo habitual’ desaparece y lo extraordinario conquista el territorio. Ciertamente, no es fácil mantener la calma cuando te quedas encerrado en un ascensor, tu tren se para en mitad de los interminables pastos de Castilla o el transporte público deja de funcionar y te deja en tierra, obligándote a peregrinar a pie hasta tu casa. Pero estas situaciones siempre se pueden resolver de forma más eficiente y funcional si bloqueamos la natural tendencia a colapsar y, simplemente, buscamos soluciones.

Es fácil decirlo desde la distancia y la comodidad, pero va en nuestro propio beneficio actuar con toda la cordura posible y diseccionar el problema para aplicar distintas y pequeñas soluciones que nos lleven a resolver la situación.

Por supuesto, nunca contagiemos nuestro pánico a terceros: ellos no tienen la culpa de nuestra falta de racionalidad.

2. No cooperar

Igual de peligroso que entrar en pánico es no cooperar con otros para resolver entre todos la situación. De nuevo, nuestro instinto de supervivencia toma el control en situaciones extraordinarias y es ciertamente difícil ponernos a ceder el paso educadamente a terceros por la salida de emergencia cuando las llamas amenazan con consumirnos. Pero la fusión de pánico y falta de cooperación puede costar vidas, ya sea la nuestra o la de otras personas. Y aunque basta una sola persona en pánico para romper una cadena cooperativa que hará las cosas más fáciles y rápidas para todos, lo magnánimo es tratar de evitar convertirnos en una pieza de caos.

En casos extraordinarios, la cooperación agilizará la búsqueda y puesta en marcha de soluciones. Lo vimos durante el gran apagón, cuando voluntarios ayudaron a subir las escaleras a personas con problemas de movilidad o cuando los afortunados con coche transportaban de forma altruista a desconocidos. Cooperar nos hace humanos.

3. Jugar a The Last of Us

Cuando decimos ‘jugar’, aquí no nos referimos al famoso videojuego; ya que la falta de electricidad -por si fuera poco- también nos impidió una gran viciada durante la tarde del apagón. Pero sentirse como los protagonistas de este videojuego, ahora llevado a la pequeña pantalla con una sobresaliente serie en la plataforma Max, reúne lo peor de los puntos anteriores: jugar al apocalipsis arrasando supermercados y activando el ‘modo supervivencia’ romperá cualquier vínculo que tengamos con la sociedad en la que vivimos y, si vuelve la luz, viviremos.

No se trata de pasar escasez y comprar solo un paquete de papel higiénico si nuestro miedo, o el abuso de comida picante, nos van a llevar a necesitar usar más de lo habitual, pero ¿realmente es necesario comprar tanto papel higiénico como para poder desplegar una alfombra blanca de celulosa por todo el vecindario?

El fenómeno del papel higiénico, motivo de chanza y memes, encierra algo más serio y profundo: ser previsores es clave para ser funcionales. Y aunque no se trata de vivir bajo el paraguas de la paranoia, esperando siempre el próximo drama, gestionar de forma inteligente los recursos de nuestra casa, oficina o negocio puede evitarnos el pánico y la falta de cooperación. Bueno, y jugar -en la vida real- a The Last of Us.

Así que, ya sabes: planifica tu despensa y no vayas al límite para evitar tener que comprar toneladas de papel higiénico ante el asombro de quienes aplican la racionalidad en caso de crisis.

Por cierto, en este punto también podríamos hablar de quienes aprovechan situaciones límite para desplegar sus más bajos instintos. Lo vimos en la DANA de Valencia, cuando indeseables errores de la naturaleza se dedicaron a robar a quienes habían sido arrasados por las riadas.

Para estas personas que aprovechan el mal ajeno para expulsar el mal propio suele haber mala solución, así que, como mínimo, lo que deberían hacer las personas decentes es evitar siquiera pensar en las anárquicas posibilidades que se abren cuando el orden se ve subvertido.

Afortunadamente, siempre son mayoría quienes ayudan a los demás y se mantienen dentro de los límites de una sociedad civilizada aunque la situación permita ¿disfrutar? un buffet de crimen y una orgía de anarquía sin sentido. Si todos aprovechamos para asaltar tiendas, hogares y coches, desataremos un caos que trascenderá a un momento puntual y derrumbará la sociedad de la que formamos parte, sumergiéndonos, de verdad, en The Last of Us.

Y solo alguien con dos dedos de frente, que afortunadamente es el 99% de la población, se dará cuenta de que la situación narrada en esa serie está muy bien cuando la vivimos desde el sofá de casa en una noche de palomitas, y no como elección de lo que queremos experimentar en la vida real junto a nuestros padres e hijos. Cordura.

4. La conspiración

Cuando la normalidad sucumbe ante el azote de lo extraordinario, la incertidumbre adopta distintas caras. Las más apremiantes son la dificultad -y necesidad- de saber hasta cuándo se prolongará la situación y la imposibilidad material de hallar respuestas que expliquen lo que está sucediendo. Ambas están relacionadas: necesitamos saber qué ocurre y por qué ocurre para poder saber hasta cuándo va a seguir ocurriendo.

No podemos luchar contra la naturaleza humana, pero sí contra la peor cara del ser humano: caer en la conspiración. Es verdad que la ociosidad se presta a lo peor que encerramos en nuestro interior, pero difundir bulos entre conocidos y desconocidos solo empeorará el problema y perjudicará la toma de decisiones de esas personas (y las nuestras).

Y aunque la mayoría de quienes difunden noticias falsas tienen un motivo para hacerlo (generalmente, político: ensuciar al rival y reforzar al propio), lo cierto es que no ayudan a nadie. Tampoco a su propia agenda, dado que la desinformación puede llevar al caos y el caos puede terminar regresando a uno mismo cual bumerán, impidiendo que los amados líderes llamados a poner solución al problema desde la barra del bar y la comodidad de quien no tiene que estar tomando decisiones bajo presión puedan salir airosos de la situación.

Difundir noticias falsas, aunque tenga un propósito -cuestionable-, siempre irá en contra de tu propio beneficio. Y solo cuando todos nos demos cuenta de que, lejos de perjudicar al político, gobierno o partido al que queramos fuera del poder, lo que hace es dificultar la vuelta a la normalidad, veremos la necesidad de combatir la desinformación como parte esencial y colectiva de una sociedad inteligente que sabe lo que quiere. Y, aunque algunos opten por el caos como camino fácil para llegar al poder, la realidad es que solo el orden permite la evolución.

Por poner un pequeño ejemplo, si, en caso de pandemia con un virus contagioso capaz de matar a gente vulnerable, las Autoridades recomiendan utilizar mascarilla para cortar las cadenas de transmisión del virus y alguien se dedica a cuestionar, desde su miedo y desconocimiento, esta medida alegando razones políticas y con el ánimo de desgastar al gobierno que haya tomado la decisión, en realidad lo que estará haciendo será dar alas al enemigo, el virus, en contra de su propio beneficio, que es resolver cuanto antes la situación para volver todos a la normalidad.

Del mismo modo, si en caso de apagón alguien empieza a difundir falsedades que extienden un pánico innecesario e inexistente, probablemente empeorarán la situación y provocarán que la solución tarde más tiempo en llegar, al profundizarse el problema (y eso, aunque el iletrado de turno no lo sepa, también le afectará a él, ya que recuperará la normalidad más tarde).

Que cada cual juzgue si quiere seguir en el bando de quienes vinieron al mundo a entorpecer y a comportarse como estúpidos cuando un virus amenazó a nuestra supervivencia o un apagón frenó nuestra actividad.

5. Bonus: creerse superior

Cuando madrugas cada día para ganarte el pan y ves cómo una parte de tu esfuerzo se convierte en impuestos, la lógica nos lleva a fiscalizar lo que se hace con nuestro dinero. De ahí las ofensas cuando conocemos casos de corrupción o visualizamos el derroche o mala gestión del dinero público.

Y aunque está bien quejarse por habernos quedado sin electricidad en un país donde no es precisamente barata, y aunque buscar culpables es algo bastante humano, aunque no necesariamente funcional, hay algo que, sin ningún género de duda, no sirve para nada: creernos superiores.

Durante el apagón, muchas personas empezaron a comparar a España con un país “del Tercer Mundo” por haberse quedado sin luz debido a un evento puntual. Las respuestas llegadas de países en los que los apagones son frecuentes por el mal estado de la red eléctrica no se hicieron esperar, en ocasiones criticando, aunque no con la dureza merecida, un comentario tan poco ajustado a la realidad.

España no es un país tercermundista por haberse quedado sin suministro de electricidad durante unas horas. Tampoco lo sería por quedarse sin suministro de agua por la rotura de una tubería o sin existencias de X producto por un problema en las cadenas de transporte globales. Un evento puntual no convierte a nadie en nada, de la misma manera que caer enfermos no nos hace menos válidos: se trata de un hecho puntual que no podemos controlar.

En todo caso, la tendencia a comparar países para exaltar las bondades de unos y subrayar las carencias de otros es bastante frecuente y quizás está anclada en un nacionalismo que solo ve la paja en el ojo ajeno, pero no siempre puede ver la viga en el propio. Y cuando ve la viga en el propio, generalmente es para descargar la frustración que genera darse cuenta de que ningún país es perfecto.

Lejos de asentarnos en el conformismo, lo correcto es exigir los más altos estándares de calidad de vida, en todos los sentidos, pero no es necesario exagerar ni ondear tan fuerte la bandera de lo propio a costa de la dignidad de los demás. A fin de cuentas, todos somos seres humanos, y la única diferencia entre unos y otros es haber sido agraciados en la lotería de la vida por el azar que determinó que unos vivan en un lugar que se ha organizado mejor, por la razón que sea.

Alerta ante los buitres carroñeros

Lo peor de una catástrofe son lo oportunistas que aprovechan para atacar por la fuerza a los comercios, joyerías o bancos. Pero también esos otros carroñeros de cuello blanco que suben los precios de lo más esencial para la vida, los ciudadanos y los negocios.

El ejemplo más exacerbante del Gran Apagón ha sido la multiplicación del precio de la electricidad, que se multiplicó por casi 5. Es como si las energéticas quisieran resarcirse de las 10 horas sin luz de una manera oscena y urgente.

El recalentón del precio de la luz del miércoles 31 de abril en el mercado mayorista se disparó un 450% hasta los 31,83 euros el megavatio hora (MWh), según los datos recogidos por el Operador del Mercado Ibérico de la Electricidad (OMIE).

La oscilación del precio por tramos horarios es parte de la maldad del sistema que actualmente marca el precio en un supuesto mercado liberalizado. Así, se registró un pico entre las 7 y las 8 de la mañana hasta los 117 euros/MWh, mientras que el tramo entre las 14 y las 15 horas fue la más barata, llegando incluso a un precio negativo de -0,17 euros/MWh.

Por tanto, la subida de 5,97 euros a los 32 euros de media del pasado miércoles supuso que el precio de la electricidad disparó un 450%, según los datos de la OMIE.

 

Miguel Ángel Ossorio y Salvador Molina, consejo editorial de Foro ECOFIN.

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