La longevidad no se gestiona, se habita

Cada tanto, el mercado —y el consultor que profita de ello— necesita un nuevo “claim” que lo abarque todo y, como buenos obedientes del algoritmo, la repetimos hasta vaciarla. Hoy, ese par de palabras parece ser “Economía de la Longevidad” —o Silver Economy—, según sea el caso. Suena bien, suena humana, suena a futuro, pero ¿sabemos realmente de qué estamos hablando o simplemente nombramos sin comprender, sin detenernos a sentir lo que implica vivir más en un mundo que no ha aprendido aún a sostener vidas largas, diversas y dignas?

Nombrar no es lo mismo que entender, y menos cuando lo que intentamos nombrar se comporta como un hiperobjeto. Timothy Morton, quien acuñó el término en Hyperobjects: Philosophy and Ecology after the End of the World (2013), lo definió como algo tan vasto, tan omnipresente, que no puede aprehenderse con una mirada lineal. Los hiperobjetos se esconden a plena vista, están en todas partes pero no los vemos del todo. Como el cambio climático o como el plástico en los océanos. La longevidad, sí, también. No se trata simplemente de una fase biológica extendida o de una preocupación demográfica.. sino que se trata de un fenómeno que, invisible pero decisivo, transforma la manera en que producimos, amamos, habitamos, cuidamos y morimos. Su escala es tan inmensa que no cabe en ninguna política, ni en ningún producto, ni en ningún plan de negocio.

Y como todo hiperobjeto, la longevidad nos saca de nuestra zona de confort, nos desarma. Nos obliga a soltar la idea de que todo es medible, controlable, escalable, ya que nos exige humildad para pensar desde otro lugar, cadencia para sentir el tiempo de otro modo, y ética para no correr tras soluciones fáciles que solo maquillan una realidad que pide ser transformada, no administrada.

Pensarla como hiperobjeto es reconocer su complejidad, su ambigüedad, su ritmo múltiple. Es dejar de preguntarnos qué hacer con los mayores y empezar a preguntarnos cómo queremos vivir todas las etapas de nuestra vida. No cuánto cuesta el envejecimiento, sino cuánto peso específico tiene esa vida que aún respira, aún sueña, aún quiere pertenecer y ser relevante.

Desde una perspectiva ontológica, la longevidad no es problema ni promesa, es condición. Una ampliación del tiempo que exige alargar también el sentido, la dignidad, el deseo. Sin embargo, esa expansión incomoda porque nos refleja, y no siempre nos gusta lo que vemos. En ese espejo vemos nuestra ansiedad frente a la decadencia, nuestra obsesión con la eficiencia, nuestra incapacidad para habitar la dependencia sin culpa. Por lo tanto, tratar de entender – y aceptar – la longevidad exige una ontología más honesta, que abrace la pluralidad, que descentralice el ideal del cuerpo joven y productivo, que acepte que la vida se sostiene en su fragilidad compartida.

Erik Díaz.

Y si el ser cambia, también debe cambiar el saber. Epistemológicamente, lo que sabemos sobre longevidad está sesgado, colonizado por intereses biomédicos y de mercado. Sabemos de estadísticas, pero poco de memorias; de dependencia económica, pero casi nada del deseo de quienes envejecen en silencio. ¿Y si el verdadero conocimiento estuviera en los márgenes? ¿En las historias que no se cuentan? ¿En los errores que se esconden porque no son vendibles?

También urge un acuerdo sobre el lenguaje. No un acuerdo superficial, sino un pacto que se haga carne. Porque si llamamos “longevidad” a lo que excluye, si evitamos “vejez” para no incomodar pero seguimos reproduciendo edadismo, entonces el problema no es semántico, es ético. Las palabras no son adornos, son arquitectura. Y esa arquitectura define quién entra y quién queda fuera.

Y aquí llegamos al deber, al lugar incómodo de la deontología, donde el hacer se confronta con el ser. No podemos hablar de longevidad sin hablar de cuidado. No como sector precario ni como rol impuesto a las mujeres, sino como principio estructurante de lo común. Cuidar no es caridad ni tarea delegable, es una forma de estar en el mundo. Un acto radical de reconocimiento, ya que desde el primer aliento hasta el último suspiro, somos seres que necesitan de otros para no desaparecer.

Y si esto es así, entonces no basta con dar más charlas o escuchar a el gurú de turno que antes hablaba de marketing y hoy llena teatros hablando de longevidad; sino que hay que innovar con raíces, respetando lo local, sin copiar modelos, sin ceder al fetiche de la escalabilidad. Lo que vale en Madrid puede fallar en Medellín, porque los ecosistemas de longevidad son tan diversos como los territorios que los sostienen. No se trata de importar, sino de traducir, de co-crear, de habitar el conflicto con sensibilidad. Porque a veces menos es más, si ese menos está cargado de sentido.

La trampa de la competitividad vacía está en creer que el éxito está en ser más grandes, cuando el verdadero desafío está en ser más profundos. Tejer comunidades, no productos o servicios, por lo tanto darnos a la tarea de co-crear tejidos intergeneracionales donde el saber fluya, el dolor se escuche y el afecto se cultive como acto político.

Y para eso hay que fallar, si abrazar el error, no ocultarlo. Porque la longevidad no es una prueba de eficiencia, sino de madurez sistémica. Lo que importa no es quién acierta primero, sino quién tiene el coraje de quedarse cuando la conversación se pone incómoda. Donde el error no se esconde, sino que se comparte. Donde los egos no lideran, acompañan y por lo tanto donde fallar se convierte en rito de aprendizaje, no en mancha de fracaso.

La verdadera competitividad será la del cuidado., no como sector, sino del cuidado como ética. Como núcleo organizador de sistemas, de mercados, de vínculos. Porque la longevidad no se gestiona, se habita. Y para habitarla con dignidad, necesitamos un nuevo pacto, que se firme en las prácticas diarias, no en los discursos. Uno que combine ontología, epistemología, lenguaje y deontología en una narrativa con propósito. Y esa narrativa empieza, siempre, con una pregunta que desarma todo lo anterior: ¿a quién estamos dejando fuera cuando decimos longevidad?

 

Erik Díaz Fuentes, embajador de la Comisión Iberoamericana de Economía de la Longevidad del clúster MAD FinTech.

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