El titular de esta columna de opinión, que más bien es un análisis de una grave situación de consecuencias aún más graves que la propia situación, empieza con uno de los grandes vicios de nuestro tiempo: el clickbait (los ciber cebos de lectura). A partir de ahí, el resto solo puede empeorar. Y es ahí hacia donde vamos sin freno.
La ciencia no ha sido capaz de certificar si existen universos paralelos. Pero las redes sociales demuestran cada día que, probablemente, sean una realidad de la que podemos entrar y salir con solo acceder a redes sociales como X, la antigua Twitter.
Hace unos días, varios presidentes europeos acudieron a Kiev, la capital de Ucrania, para mostrar su apoyo al país en plenos movimientos para acordar la paz con Rusia. Sin embargo, de lo que más se habló en X fue de la supuesta bolsita de cocaína de presidente Emmanuel Macron.
En un vídeo reproducido hasta la saciedad por cuentas de tan rimbombante como poético, épico e inexistente nombre, podía verse al presidente francés retirar de la mesita del tren del que iba a bordo un elemento blanco que los feroces tuiteros rápidamente consideraron una bolsita que contenía cocaína.
De nada sirvió que otros tuiteros hubiesen ampliado la imagen para evidenciar que se trataba de un pañuelo arrugado, posiblemente lleno de mocos: aquello era cocaína por obra y gracia de la desinformación. Y eso es dogma en la era de las noticias falsas, que de tanto hablar de ellas han conseguido competir con la realidad hasta ganarse a una parte de la población.
La anécdota sirve para ilustrar un fenómeno al que se está dando el suficiente bombo como para alertar a la población sobre el problema de la desinformación, pero no el suficiente como para desvelar qué intereses subyacen a la difusión descontrolada de bulos malintencionados que, casualmente, siempre perjudican a la democracia liberal sobre la que se sustentan realidades como la Unión Europea o el llamado ‘Occidente colectivo’.
Se ha hablado mucho de las injerencias de regímenes como el ruso, el iraní o el norcoreano en las democracias occidentales, precisamente utilizando el ariete de las noticias falsas. El fenómeno no es nuevo, ya que la bomba estalló hace casi una década, cuando la desinformación contribuyó decididamente a sentar en el Despacho Oval a Donald Trump o al Reino Unido a abandonar la Unión Europea. Un año después, la orgía secesionista catalana parece que también encontró en la desinformación a un aliado (o aliada) para calar hasta los huesos a ciudadanos teóricamente informados de la realidad que los imbuye.
Y, más recientemente, Rumanía ha abortado sus elecciones por el auge de un candidato ultranacionalista que se había servido de las redes sociales para ganar la partida supuestamente con ayuda externa, mientras que los servicios secretos de Alemania han terminado por poner la lupa pública sobre un partido de extrema derecha cuyas ideas parece que emanan directamente de la ideología que arrasó Europa en la primera mitad del siglo XX. En varios países de Europa ya gobierna la extrema derecha, mientras que el virus se ha contagiado a los parlamentos de todo el continente y ha evolucionado hacia amplias representaciones parlamentarias.
Más complejo de lo que se piensa
La realidad que subyace a este auge de la ultraderecha es más compleja de lo que nos explican habitualmente los medios, que no deben eximir su parte de culpa en estos fenómenos (ni en el crecimiento de estas opciones radicales ni en el éxito de las noticias falsas).
Para empezar, buena parte de este crecimiento parece más bien una reacción al auge que experimentó en tiempo récord la extrema izquierda a raíz de la crisis de 2008. Listillos de diverso pelaje se invistieron a sí mismos en patriarcas de los desvalidos y humillados por las nocivas élites que saquearon nuestros países durante décadas hasta dejarnos como postre una quiebra técnica generalizada.
El fulgurante éxito de estos partidos de nueva creación, imanes del voto ‘indignado’, se desvaneció a medida que los cazadores de castas mostraban un comportamiento más cercano a las élites que querían desalojar que al populacho al que decían servir. Pero el poso de sus políticas, y su presencia ad infinitum en los parlamentos, permitió alumbrar una amalgama de nuevas políticas que iban desde lo necesario hasta lo patético, provocando que estas últimas surgiera la ‘contrarreforma’ abanderada por la extrema derecha.
Ambos extremos, el derecho y el izquierdo, hicieron de las redes sociales su ágora, probablemente en ambos casos con ayuda externa, casi siempre procedente de países en los que la democracia es un temido ogro incompatible con el inmovilismo que sostiene las raíces de toda dictadura basada en el saqueo. La herramienta más efectiva y barata, también en ambos casos, fue la mentira, que encontró en esas redes sociales una amplia avenida para excretarse hasta rellenar la mente de sus destinatarios.
Sin espacio para el liberalismo
La panorámica actual es que los liberales, e incluso los socialistas y conservadores de toda la vida, han visto reducida su área de influencia a partir del acoso que sufren a derecha e izquierda (bueno, a extrema derecha y extrema izquierda).
Las diabólicas coaliciones a las que se ven abocados los ‘moderados’ dan muestra de la progresiva ingobernabilidad que sufre Europa, pero también Estados Unidos. Resulta curioso que estos mismos fenómenos no se den más allá de ‘Occidente’, que se bate en una guerra híbrida y no híbrida con regímenes que han puesto fecha al desmantelamiento de la combinación de democracia y libertades como receta política. Un paseo por esas redes sociales da clara muestra del bando por el que han tomado partido los altavoces de la mentira, así como de las víctimas de sus excrementos.

Imagen generada con inteligencia artificial.
El problema de fondo, con todo, no son ni las mentiras, ni el apoyo a las mismas por parte de poderes externos ni el hecho de que, de nuevo, listillos de distinto pelaje hayan encontrado en ese cóctel un camino rápido para alimentar sus propias ansias de poder y dinero: el verdadero problema es que todavía quede alguien en la sala dispuesta a creerse el discurso.
Dispuesta a creer que en determinados perfiles de redes sociales y canales de Telegram realmente te están contando “lo que los medios nos ocultan”. Realmente dispuesta a creerse teorías, posiciones y razonamientos que ni siquiera se cuestionan ni se molestan en cuestionar, sino que ingieren con pasmosa adhesión más propia de un súbdito que de un ciudadano.
Cabezas vacías rellenas de basura
Lo que realmente debería preocuparnos de las noticias falsas no es que Twitter esté lleno de basura, sino que esa basura encuentre una contraparte con la que hacer match. Porque el peligro está en que la basura llega a nuestras pantallas con la escoba incorporada: ahora pasa X, pero se solucionará si votas Y.
Un mensaje que ni el mejor de los maestros en publicidad podría haber creado para obtener un deseado comportamiento por parte del consumidor, pero que pone en riesgo la esencia de nuestra sociedad ‘occidental’ como un caballo de Troya lanzado desde fuera para impactar en el corazón mismo de la democracia: las urnas, cuyas paredes quedan contaminadas por ideologías extremistas que, desde ambos lados del tablero, no han venido a ofrecernos sus servicios a ciudadanos hastiados por problemas reales, sino a robarnos nuestro voto para alimentar una agenda oculta que ni siquiera se esfuerza en esconder su verdadera cara, porque sus feligreses no lo necesitan.
A decir verdad, el problema de este asunto no es que la gente se crea las mentiras: es que no estamos haciendo nada por educar desde la base a esas personas para que no se crean las mentiras, ni estamos dando a la población las herramientas necesarias para saber discernir cuándo un pañuelo con mocos es un pañuelo con mocos, y no una bolsita con cocaína.
Y no nos referimos a herramientas de verificación de noticias ni a esoterismos similares: basta con crear una sociedad inteligente y convencida de que no hay un modelo mejor que nuestra imperfecta democracia liberal para que todas las propuestas que caminen en sentido contrario, ya sea hacia el autoritarismo de derechas o el intervencionismo de izquierdas, no encuentren eco en cabezas que se han vaciado de toda lógica, o que han sido manipuladas hasta quedar inservibles.
Salvador Molina y Miguel Ángel Ossorio, consejo editorial de Foro ECOFIN.













