La revista ‘Antena’, editada por la Asociación de Profesionales de Radio y Televisión de España, publica una tribuna de Estela Alcazaz que reivindica a las personas mayores y su aportación a la sociedad, lo que entronca con el fenómeno de la Silver Economy que promueven ECOFIN y MAD FinTech.
La tribuna, que lleva por título La discriminación de haber vivido, destaca la importancia de preservar el valor de los mayores y su aportación a la sociedad, lo que exige esfuerzos compartidos para combatir la discriminación que a menudo sufre este grupo de edad, que en España supera los 9 millones de personas.

La actriz Estela Alcaraz.
Por su interés divulgativo, ECOFIN reproduce a continuación la tribuna en su totalidad y formato original:
Cuando estas líneas vean la luz habré cumplido 63 años, y lo confieso: no recuerdo cuál fue la última vez que reconocí mi edad en público.
Mi vida profesional pivota entre el periodismo audiovisual y la actuación. Un micrófono, una cámara de televisión, un escenario; contar la vida, interpretar la vida. En definitiva, abrazar la verdad de la condición humana, como intérprete, y “decir la verdad y afear el mal”, como comunicadora, ley superior en este oficio, consideraba Walter Lippman. Pero esta verdad a la cual tenemos acceso, señalaba, viene del conocimiento del entorno indirecto, incompleto e inexacto, contado, secularmente, por hombres. Criterio que ha excluido a las mujeres del protagonismo de las noticias, de las fuentes, de los narradores de noticias y de los puestos de mando en los medios de comunicación, donde las mujeres, como directivas escasean y en cambio, nutren las últimas filas del escalafón profesional.
Como la carrera por la igualdad, históricamente, acaba de comenzar -un siglo apenas es una gota en el océano del tiempo- es obvio que nos queda bastante. Pero ocurre, que en el recuento de discriminaciones existentes, las mujeres lo están, doblemente, en todas. La última, la del “edadismo”: desechar todo lo que no sea el punto de vista joven, mientras gozamos de la mayor esperanza y calidad de vida de la historia en nuestro primer mundo.
Prescindir de las generaciones más completamente formadas, las que hemos vivido en dos siglos distintos y nos hemos adaptado a tantos y tan vertiginosos cambios sin perder pie, es renunciar a un caudal de conocimientos y experiencia poco comparable al de generaciones más jóvenes, que priman, frente a todo ello, las habilidades digitales. Muy importantes, sí, pero que sin complementación humanista se llevan por delante el pensamiento crítico y la visión global tan necesarios en el periodismo. Y no abandonan la inercia que promueve al varón, que por mucha corrección política y agenda 2030, no se desactiva de la noche a la mañana…
En el mundo artístico la cosa no está mejor: un paro inasumible y las actrices, invisibles, a partir de una edad y reinventándose en lo que sea. La auto exigencia que tenemos con nuestra imagen es brutal, así que me perdono el haber corrido de una a otra profesión sin salir del armario de la edad, por aquello de esquivar prejuicios, aprovechando la ventaja que mi bendita genética y epigenética me han dado.
Pero hoy digo BASTA: Confieso, señores, que he vivido. Que me queda mucha vida y buena y más ganas que nunca; con menos miedo y menos tonterías. Y que estoy plenamente capacitada, si no más que antes, para usar mis competencias profesionales y mi talento creativo. Porque soy experta en auto emplearme, reinventarme y rearmarme. Y como yo, todas las demás.
Y exigiría de la sociedad que lo valorara como una auténtica sKill hard. Que las skills softs, las mujeres las traemos ya de serie y en esto del nuevo liderazgo, las secularmente expertas, somos nosotras.
Mienten los que afirman que nadie es imprescindible. Nuestra generación, lo es, y las mujeres de mi edad, doblemente. Otra cosa es que se prefiera hacer imprescindibles a los que no ven más allá de sus narices. Cada sociedad se suicida como le place.













