¿Es Estados Unidos una potencia tuitera, más que militar?

La querencia del presidente Donald Trumpo por usar las redes sociales como estrado político ha sumado esta semana un nuevo capítulo digno de estudio: lo que Estados Unidos no ha conseguido por la vía militar, lo ha logrado por la vía del tuit.

Nadie sabe a ciencia cierta si Donald Trump y Benjamín Netanyahu, o sus respectivos equipos de asesores militares, estratégicos y políticos, tuvieron en cuenta en algún momento que Irán contaba con la capacidad de bloquear el Estrecho de Ormuz en caso de conflicto. En todo caso, esa posibilidad era pública y notoria, como se habían encargado de recordar centros de estudios, think tanks y toda la habitual amalgama de ‘sabios’ que prevén el futuro a toro pasado.

La realidad siempre es más tozuda: Estados Unidos e Israel abrieron fuego contra Irán y este respondió bloqueando de facto el Estrecho de Ormuz, contagiando el conflicto militar a la economía mundial, toda vez que por esa estrecha lengua de agua fluye una cuarta parte del petróleo global.

Durante casi un mes, Donald Trump, convertido en la cara visible de una guerra a la que probablemente se ha visto arrastrado por no desairar a su más estrecho aliado en Oriente Medio, ha pasado de asumir como daño colateral irremediable la subida del precio del combustible, a cambio de ‘terminar con los malos’, a solicitar a la OTAN y a otros países aliados que enviasen militares a la zona para reabrirlo por la fuerza.

Ante la negativa de los europeos a embarcarse en otra guerra que, al contrario que en Ucrania, esta vez no podía ser proxy, sino con barcos (como mínimo) sobre el terreno, Estados Unidos amenazó con dejar en manos de los países del Golfo el enfrentamiento con Irán (o las negociaciones) para reabrir el Estrecho, en lo que sonaba a retirada más aparente que real, si bien no parece que haya presencia militar funcional de Estados Unidos en la zona.

El último aparente recurso de Trump fue dar un ultimátum de 48 horas a Irán para reabrir el Estrecho, bajo amenaza de destruir su infraestructura energética si no accedía.

No sabemos si las amenazas surtieron efecto en un país que lleva un mes soportando el asedio militar de dos superpotencias, y cuya respuesta es la internacionalización del conflicto a través de una guerra híbrida militar (entre sus vecinos inmediatos) y económica (para todo el globo).

En todo caso, solo un mensaje de Trump en su red social, Truth, ha reabierto de facto el Estrecho de Ormuz, en un movimiento probablemente ficticio en todas sus aristas. El presidente estadounidense, cuando estaba a punto de cumplirse el ultimátum, anunció “conversaciones productivas” con Irán para poner solución al conflicto, lo que inmediatamente se saldó con una automática caída del 10 % en el precio del barril de petróleo.

Decimos que quizás todo sea ficticio porque Irán negó que esas conversaciones se hubieran producido y porque los mercados reaccionaron con júbilo a un mensaje sin sustento real aparente, o al menos a uno materializado en algo más probable que un tuit.

Lo que Estados Unidos no consiguió por la vía militar, lo logró con un tuit. Algo que plantea una preocupante pregunta: independientemente de la indudable superioridad militar global de Estados Unidos, que solo un tuit pueda tener más poder que una amenaza militar no deja en muy buen lugar a los estadounidenses, siempre con las reservas de que, entre bambalinas, realmente Irán haya accedido a negociar para evitar la escalada militar.

Ese es el detalle que se nos escapa, y que resulta clave para poder hacer un análisis más realista, si bien todo apunta a que, efectivamente, esas conversaciones se están produciendo, a la luz del plan de paz que ha presentado Trump a Irán en las últimas horas. Siempre, todo, supuestamente, como corresponde a toda guerra, donde la propaganda suele ser más importante que lo militar.

Lo que sí podemos decir ahora, en todo caso, es que un tuit parece suficiente para alterar los mercados en una dirección u otra, lo que deja irremediablemente en muy mal lugar a centros de estudios, estadistas, expertos, sabios y demás personajes cuya labor y credibilidad no está sino supeditada al puñado de caracteres de un empresario inmobiliario reconvertido a estrella de la televisión.

Si el futuro de la economía e incluso de la humanidad depende de un tuit, estamos apañados.

Miguel Angel Ossorio, periodista y analista.

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