La semana pasada hablábamos de la ética – o de la falta de ella – en la Silver Economy. Del riesgo de convertir la longevidad en un terreno de juego donde priman los números y las promesas de innovación, mientras se pasa por alto la dimensión humana. Pues bien, hoy toca mirar un área que, si bien está en boca de todos, parece seguir atrapada en los mismos vicios de siempre: los cuidados y la dependencia.
Hablar de cuidados en el contexto de la Silver Economy suena casi obligatorio. Todos lo mencionan: foros, paneles, consultores, startups. Hay promesas de tecnologías maravillosas para monitorear la salud, detectar caídas, acompañar a las personas a distancia… en fin, un sinfín de propuestas que pintan un futuro donde cuidar a nuestros mayores será cuestión de instalar una aplicación y comprar un dispositivo. Pero ¿cuántas veces esas soluciones nacen tras haber dialogado con las personas mayores y sus cuidadores reales? ¿Cuántas veces la preocupación es genuina y no solo un “eslogan de cuidados” para atraer inversión?
Porque, si algo está claro, es que la dependencia no es un concepto abstracto; es una realidad compleja, llena de matices emocionales, económicos y hasta culturales. Es un hijo o una hija lidiando con la soledad de su madre por las tardes, es una persona mayor que siente que pierde autonomía y dignidad cuando alguien más debe bañarla, es la lucha constante por no convertirse en una carga y al mismo tiempo sentir que el cuerpo y la memoria empiezan a flaquear. Y, frente a todo esto, no podemos limitarnos a lanzar un dispositivo “conectado” y llamarlo innovación.
El problema se intensifica cuando el discurso simplifica la dependencia a meros números, cómo por ejemplo la cantidad de personas que necesitarán cuidados en 2030, el costo proyectado para el sistema de salud, el tamaño del mercado del “cuidado asistido”… y la lista sigue. Entre tanto, en esa obsesión por los informes de mercado, a veces olvidamos que detrás de cada cifra hay una historia de vida. Cuando reducimos la dependencia a un producto o a un sector económico, corremos el riesgo de invisibilizar la humanidad que habita en ella.
‘Soluciones integrales’
Hay otro detalle que no podemos pasar por alto otro de los grandes temas de esta ecuación la formación de cuidadores. Muchos emprendimientos prometen “soluciones integrales” que incluyen capacitación en línea para quienes acompañan a las personas mayores. ¿Pero qué tan real es esa capacitación? ¿Se limita a un curso rápido sobre cómo mover a la persona de la cama a la silla? ¿Se habla de la importancia de la empatía, de la comunicación afectiva, de la escucha activa? Porque si nos quedamos con lo básico, el “modelo de cuidados” no es más que un parche tecnológico que olvida el componente emocional y relacional, el mismo que da sentido al cuidado y sostiene la dignidad de la persona que lo recibe.
¿Y qué sucede con las familias que no tienen recursos para acceder a estas soluciones? Porque sí, la tecnología tiene su costo, y la brecha no hace más que ampliarse si seguimos creyendo que la única forma de innovar es creando productos cada vez más sofisticados, pero inaccesibles para la mayoría. Entonces, la promesa de mejorar la calidad de vida se convierte en un privilegio al alcance de unos pocos, mientras el grueso de la población sigue lidiando con la dependencia sin apoyo suficiente y con sistemas de salud y seguridad social saturados.
Lo irónico es que, al final, tanto se habla de “economía plateada” y de nuevos modelos de negocio, cuando a veces basta con prestar atención a las soluciones comunitarias que ya existen, al tejido social que se genera en barrios y pueblos, a las redes de cuidado informal que sostienen buena parte de la vida de las personas mayores. Pero, claro, esas soluciones no siempre se suben al escenario de los grandes eventos porque no prometen rentabilidades estratosféricas ni llevan el adjetivo “disruptivo”.
La reflexión final
Así que aquí va la reflexión: si realmente queremos transformar los cuidados y la dependencia en parte de esa Silver Economy que tanto prometemos, necesitamos bajarnos del pedestal de la “innovación rentable” y pisar tierra. Hablar con las personas mayores y sus familias, entender sus necesidades reales, invertir en tecnologías y metodologías que no solo sean eficientes, sino que respeten los ritmos y valores de quienes más lo necesitan. Formar cuidadores con una visión integral y humana, no solo con la promesa de un diploma digital. Garantizar que las soluciones sean accesibles y no dejen atrás a quienes más apoyo requieren.
De lo contrario, corremos el riesgo de montar otro espectáculo donde presumimos de soluciones milagrosas y dejamos de lado la empatía y la dignidad. Y no nos engañemos, claro que el mercado puede aplaudir iniciativas que suenen rentables, sin embargo la vida real sigue su curso, con las personas mayores enfrentándose a la dependencia muchas veces en silencio, sin reflectores ni titulares grandilocuentes… en soledad.
La invitación, entonces, es a seguir hablando de cuidados y dependencia, pero desde un lugar que reconozca la humanidad de cada historia. Porque de nada sirve decir que estamos revolucionando la Silver Economy si no somos capaces de cuidar como se debe, con el corazón y la cabeza puestos en el bienestar de quienes nos precedieron.
Erik Díaz Fuentes, consultor y Embajador de la Comisión de Silver Economy del clúster MAD FinTech.














