Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha comandado Occidente con su irrechazable combinación de capitalismo y democracia. Un modelo exportado, por las buenas o por las malas, a lo largo y ancho del mundo. Hoy, un hombre surgido de la aristocracia del capitalismo parece decidido a reinventar el sueño del Tío Sam. Aquel semblante amable que vendía bonos de guerra se transforma ahora en un cobrador del frac o de la chistera que cobra aranceles, expropia minería en Ucrania y lo intenta en Groenlandia, y amenaza con incautar infraestructuras en Panamá o Suez… ¿Donde va el Tío Trump?
“Quizás los niños tengan dos muñecas en lugar de 30, y quizás las dos muñecas cuesten un par de dólares más de lo normal. Pero no estamos hablando de algo por lo que tengamos que desvivirnos”. Este mensaje publicado por el mismísimo presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, ha pasado todo lo desapercibido que pasan sus habituales diatribas en Truth Social, su propia red social, clon de Twitter (o X), creada por él mismo para él mismo cuando fue expulsado de la original por su supuesto apoyo al asalto del Capitolio (2021).
Es decir, un magnate con una fortuna de entre 5.000 y 7.000 millones de dólares -datos recogidos en su propia red social- promete a los niños y niñas estadounidenses que tendrán que conformarse con menos cosas de ahora en adelante, o pagar más dinero por ellas. Y lo peor es el porqué: por intromisión del Estado en el Libre Mercado. ¡Que alguien le explique a Trump qué es el librecambismo!
La nueva economía USA
El capitalismo, técnicamente conocido como ‘economía de mercado’, se sustenta sobre pilares como la libre creación de empresas, la defensa y protección de la competencia entre ellas o la libertad para fijar precios y, por consiguiente, costes, incluso si ello supone deslocalizar la producción.
A decir verdad, la clave del capitalismo es que personas privadas utilizan su dinero privado para producir bienes y servicios que vender en un mercado donde compiten con otras personas privadas que usan su dinero privado para producir bienes y servicios similares. Ahí nacen la competencia, pero también el marketing, para destacar en el mercado y que tu opción sea la elegida por el consumidor, o las guerras de precios.
También, por supuesto, la incesante búsqueda de fórmulas legales y alegales para ahorrar costes, lo que permite desatar y prolongar las guerras de precios. Si un productor paga 10 dólares por un bien que después vende a 20 dólares, cuando un productor consigue producir ese mismo bien, o uno equivalente, por 5 dólares, puede, o bien reducir su precio de venta o bien incrementar su beneficio. Gracias a este esquema, los consumidores no solo podemos permitirnos una vida de ricos sin necesidad de serlo, sino que los productores pueden ser ricos.
Que el capitalismo beneficia a las élites no es ningún misterio oculto. Pero tampoco es un misterio que el capitalismo también beneficia a la población llana. Es una simbiosis un tanto desigual, donde los de arriba ganan en mayor proporción que los de abajo; pero un beneficio compartido a fin de cuentas. Solo desde la gran crisis de 2008, los de abajo se dieron cuenta de que el capitalismo era una colaboración desequilibrada.
Hasta entonces, se intuía, pero seguía habiendo tarta para todos, porque, incluso si para algunos la porción era más pequeña, todavía tenía nata, virutas de chocolate e incluso una pequeña chocolatina. Pero en 2008 todo estalló por los aires y a la desigualdad en el tamaño de las porciones se unió la eliminación de los extras, hasta dejar a los de abajo con un insulso trozo de tarta que contrastaba más que nunca con la buena porción de las élites. Ahí volvieron a cobrar fuerza los populismos.
Primero, los de izquierdas, como supuesta solución a ese desequilibrio. Luego vimos que, algunos (¿los más?), solo querían un trozo de tarta más grande (para sí). Después, los de derechas, como supuesta solución a un desequilibrio que no era tanto culpa de las élites, sino de los extranjeros.
Fueran cuales fueran, sin importar si era el pobre inmigrante que viene a ganar un poco más de dinero haciendo los trabajos que la clase local rechaza o la realidad (que no la empresa, o la élite) de que se produce en países con menores costes laborales para ensanchar el beneficio a través de la contención de precios.
¡Ojo! No estamos diciendo que la derecha autárquica e intervencionista que representa Trump cargue las tintas sobre las empresas que han amasado fortunas sobre la especulación de los precios, sino que la culpa es de los países receptores de esa producción, como si ofrecer un servicio en un mercado fuera un crimen. A fin de cuentas, eso es el capitalismo: competir, también en precio.
Pues bien, la forma que tienen los nacionalpopulismos de extrema derecha de corregir ese desequilibrio en las porciones de tarta no es cortarla mejor; sino, por lo visto, perjudicar de nuevo al que peor porción ha recibido.
No en vano, la guerra arancelaria no es más que la imposición o elevación de un impuesto a las importaciones, y es poco probable que sus efectos vayan a notarse en un bolsillo que no sea el del consumidor.
La alternativa es que la élite reduzca el tamaño de su porción de tarta, o le quite las virutas de chocolate. Si no ocurrió en 2008, cuando la tarta menguó en tamaño total, es poco probable que vaya a suceder en un 2025 en el que el tamaño de la tarta está más vigoroso que desde entonces.
Esto, sin embargo, no parecen comprenderlo muy bien los votantes de estas opciones políticas, que sienten que el capitalismo apenas les ha reportado beneficios. Lo cierto es que el capitalismo nos ha beneficiado a todos, porque sin este imperfecto y desigual modelo económico no podríamos estar leyendo este artículo desde este móvil u ordenador, sentados en esta silla y entre las cuatro paredes de esta oficina u hogar, adonde, probablemente, hemos llegado en un coche que, si no fuera por el capitalismo, nunca nos hubiéramos podido permitir.
O sea, que el capitalismo nos permite a todos vivir una vida que no nos pertenece de manera natural. Y lo hace con ofertas, préstamos, suscripciones y, también, producción en masa y en cadena en países en los que los trabajadores cobran una miseria, que ponen al servicio de nuestros opulentos sueldos occidentales en los que siempre sobra un porcentaje que destinar a objetos, servicios y experiencias innecesarios, pero que queremos consumir.

Si de los recortes de la crisis de 2008 nacieron corrientes que contestaron al sistema y a punto estuvieron de desestabilizarlo (aún hoy se escuchan sus ecos, en forma de populismos que infectan el mundo), de la guerra arancelaria y la propuesta de ‘dos muñecas en lugar de 30’ solo puede resultar la constatación de que el capitalismo no funciona, o bien que ha agotado su vida útil.
Y, a día de hoy, la única alternativa que conocemos para el capitalismo es el comunismo, o, en todo caso, el socialismo-capitalista que impera en China, epicentro de un experimento político que parece funcionar. Lo que llama la atención es que sea la extrema derecha nacida en las élites que se han forrado con el capitalismo tradicional donde surja la aparente necesidad de cambiar el modelo liberal occidental por el modelo comunista-capitalista chino. Y ni siquiera en eso se pone de acuerdo la extrema derecha, que tan pronto ensalza el ultraliberalismo como, parece ser, se pone la careta de comunismo.
Ya dijimos que no había por dónde coger esta historia. Y no es para menos: mientras Trump le dice a usted que sus hijos solo tengan dos muñecas, y no 30, él prepara un rascacielos de 80 plantas en Dubái, donde instalará la piscina más alta del mundo y un nuevo club privado.
Será su hotel número 11 en el mundo, y un sitio vedado a quienes, en la lotería del capitalismo, les tocó la porción de tarta más pequeña. Ahora, también sin virutas de chocolate por encima, porque es necesario hornear la tarta en Estados Unidos, aunque resulte más caro, para que cada dólar invertido y gastado se quede en los bolsillos de quienes ya no se conforman con menos, porque así lo ha dicho el paradigma de la élite a quienes han confiado en él para procurarse una porción de tarta más equilibrada.
¿Despertará la gente algún día o seguirán consumiendo basura en redes sociales y tomándola por noticias?
Miguel Ángel Ossorio y Salvador Molina, consejo editorial de Foro ECOFIN.













