¿Por un puñado de dólares? Pues, sí. No es una broma. Ha comenzado un Nuevo Orden Mundial. ¡El Liberalismo Global ha muerto! La era de la Autarquía ha regresado. Por ello, irán cayendo la Organización Mundial del Comercio y todas las superestructuras corales de los organismos supranacionales nacidos tras la Gran Guerra: OCDE, G20, ONU, OTAN, ANZUS, T-Mec… y hasta el Banco Mundial, el BID y otros modelos de gobierno global serán desplazados por alianzas particulares donde lo importante no son los que se alían, sino los que se excluyen. Y todo ello, ¿por unos simples aranceles? Veamos…
Por definición, un arancel es un impuesto. Y da igual a quién apunte un impuesto: al final lo pagan las personas. Los ciudadanos de a pie, procedan del lado del Atlántico del que lo hagan. Por eso, la postura, o creencia (o ensoñación) del presidente Donald Trump acerca de la guerra arancelaria que ha declarado al mundo no se puede comprender a la luz de la realidad.
El presidente Donald Trump impone aranceles a la práctica totalidad de los países del mundo, con el argumento de que abusan de los Estados Unidos al importar sus productos. Y cree que gravando esos productos extranjeros beneficiará a los productos locales.
Si nos quedamos en la brocha gorda, la que tiene el grueso de una población cuyos máximos conocimientos de economía son el manejo de su nómina para intentar llegar a final de mes (a veces, con mejores intenciones que resultados), tiene sentido: si los productos importados cuestan, como mínimo, un 10% más caros que los locales por un impuesto adicional que tienen que soportar, los productos locales serán más competitivos en precio. Muy bien, pero esa no es toda la fotografía.

¿Qué opina Elon Musk de todo esto? ¿Cómo afrontarán sus Teslas un mundo cerrado por los aranceles? ¿Cuánto tiempo le queda en La Casa Blanca junto al Presidente?
Para empezar, la economía de consumo está sustentada sobre los frágiles pilares de la clase media, cuyo poder adquisitivo ni es ilimitado ni está garantizado. No en vano, la inflación ha crecido en Estados Unidos más de un 20% desde 2020, el año de la pandemia. En contraste, los salarios crecieron alrededor de un 19%. Es un desfase mínimo, pero evidencia que la capacidad adquisitiva de los estadounidenses está muy ajustada con el crecimiento de los precios. No está el horno para bollos.
¿A quién beneficia un arancel?
En este sentido, la imposición de aranceles a las importaciones se está interpretando desde fuera de Estados Unidos como una amenaza a las empresas exportadoras; y, desde dentro de Estados Unidos, como una forma de beneficiar a las empresas locales. Quizás ninguna de las dos posturas sea del todo real. Y por varias razones.
En primer lugar, aplicar un arancel a un producto, ciertamente perjudicará a su competitividad en el mercado estadounidense. Pero ¿qué pasará con productos que no tengan sustituto local? Si pensamos en algo tan nimio como una linterna o una fiambrera, que probablemente estén fabricadas en China porque para una empresa estadounidense no tiene ningún incentivo hacerlo si quiere poder venderla a los precios que espera pagar el consumidor, ¿qué alternativa tienen los estadounidenses? Probablemente, pagar el recargo del 34% que ha impuesto Trump a las importaciones chinas.
Sin ser tan extremos, supongamos que Estados Unidos sí fabrica un producto competidor. Imaginemos unas zapatillas para hacer deporte. En tal caso, las chinas probablemente se puedan vender a 10 dólares, dado que sus costes de fabricación son mucho más bajos, mientras que las americanas quizás tengan que costar 15 dólares porque deben soportar costes mayores (sobre todo, salariales).
Con el arancel, las zapatillas chinas se situarán por encima de los 13 dólares, mientras que las estadounidenses difícilmente reducirán su precio a 10 dólares para ser más competitivas que las chinas. Es posible que el consumidor siga eligiendo las zapatillas chinas, pero ahora tendrá que pagar tres dólares más por ellas. Jugada maestra…
Si nos vamos a los coches, supongamos que un vehículo fabricado en Estados Unidos cuesta 20.000 dólares y que uno europeo llegaba al mercado con un precio similar. Con el arancel, el coche europeo costará 2.000 o 3.000 dólares más: 22.000 frente a 20.000 de uno local. Para empezar, la diferencia es ‘mínima’ para quien no es tan sensible al precio como a la marca que está comprando.
Quien quisiera un coche europeo simplemente por la confianza que le otorga a su procedencia, quizás, simplemente, tragará con el nuevo precio, como en España hemos asumido que el menú del día que costaba 10 euros antes de la pandemia ahora cuesta 14 euros.
Y eso hablando de consumidores que pueden ser sensibles al precio, porque quienes compren lujo, marcas o el flamante nuevo iPhone, seguramente asumirán con cierto buen grado y mucha deportividad el nuevo precio.

Donald Trump hizo el anuncio y se desplomaron las Bolsas de todo el mundo, comenzando por Wall Street.
En todo caso, resulta poco creíble que, si los coches europeos se venden a casi 25.000 dólares, las marcas americanas vayan a mantener sus modelos equivalentes a 20.000. ¿Por qué iba una empresa a renunciar a 5.000 dólares por unidad vendida si el nuevo precio de mercado de ese producto es de 25.000 dólares y una parte de los consumidores así lo asume? Lo habitual es que cuando un actor del mercado sube sus precios, por la razón que sea, su competencia lo imite.
Y a la inversa: si un actor del mercado baja sus precios, lo más probable es que su competencia también lo haga para no perder competitividad. Mantener dos productos equivalentes a precios tan dispares no suele funcionar.
Impacto en España
Esto va de frenar la exportación en todo el mundo y también en España. Por ende, la producción y el empleo se resentirá en España en sectores tan sensibles como el agraoalimentario (aceite, vino, etc.) y el manufacturero (automóvil, componentes, farmaceútico, etc.).
Los productores de oliva son, quizá, los que más han puesto el grito en el cielo por los aranceles. Pero si consideramos que el aceite de oliva seguramente es un producto premium en Estados Unidos, donde se acostumbra a cocinar con manteca, y que la subida de una botella por el arancel será de unos pocos dólares, lo más probable es que los consumidores simplemente lo sigan consumiendo; pero a costa de perder poder adquisitivo.
Y esto, por supuesto, quizá reducirá el consumo en otras áreas, perjudicando a la economía en su conjunto. Sin duda, muchos productos extranjeros verán reducida su cuota de mercado.

Europa aparece en segundo lugar entre los enemigos comerciales actuales de los Estados Unidos, tras China.
Pero la realidad de los aranceles es que el principal perjudicado será, con toda probabilidad, el votante de Trump: una persona desencantada con el capitalismo y la globalización porque piensa que sus problemas económicos derivan de que el Mundo le roba: que China fabrica móviles y ropa más barata que Estados Unidos; que Japón y Corea producen coches low cost; que Europa no da tanto como recibe; que sus vecinos de México y Canadá se aprovechan del empleo de sus fábricas deslocalizadas; y que su Deuda Pública desbocada desde la era Obama les hace vulnerables ante sus banqueros; siendo el mayor deudo un estado comunista como China.
¿Quién pagará los aranceles, entonces, y quién saldrá beneficiado si tenemos en cuenta que un arancel es un impuesto que recaudará el Estado?
Spoiler: los pagarán los ciudadanos (votantes de Trump o no) y saldrá reforzado el Estado, en el país antaño defensor del Liberalismo, ahora gobernado por un multimillonario empresario cuya máxima es recortar el gasto del Estado; porque la deuda de oprime y su paradigma empresarial siempre fue negociar desde una posición de presión sobre sus aliados, proveedores, clientes y amigos.
¿Es todo tan incongruente que parece una broma? Quizá, pero sólo estamos abriendo el primer capítulo de un libro a medio escribir que ni Donald Trump sabe como acabará, y donde no habrá vencedores ni vencidos, sólo damnificados. Lo más parecido a la política arancelaria de Trump es una pandemia o una guerra mundial. Todos perdemos; sólo que unos más que otros… e, incluso, algunos se harán multimillonarios.
¿Qué papel nos tocará a cada uno en este nuevo status quo mundial?
¿Quién quieres ser?
Por Miguel Ángel Ossorio y Salvador Molina, consejo editorial de Foro ECOFIN














