Liderazgo que impacta

La huella del líder es esa pisada que deja un rastro de buena imagen a su paso. El liderazgo antes o después nos impacta a todos, tanto en el plano personal, como en el profesional y espiritual. En las organizaciones, el ejercicio de un liderazgo firme y efectivo deja su huella en las interacciones con las personas, tanto en sus actitudes racionales como en las emocionales. Pero, ¿cómo y por qué?

La firmeza en el liderazgo es un valor que trasciende épocas y fronteras. Afecta a todas las capas sociales y en función de cómo se ejerza desde la alta política, se tendrán sociedades más justas y con mejor distribución de la riqueza. Con frecuencia escuchamos que la única constante en los negocios y en la vida es el cambio. Sí lo es, más hoy día en que estamos cautivos por las implicaciones que las nuevas tecnologías tienen en la estructura de las organizaciones y en cómo deben ser dirigidas. Pero dando una vuelta más de tuerca a la cuestión de cómo influye el cambio en general, el tecnológico en particular, no debemos olvidar que existe otra constante tan o más importante que el cambio en sí  mismo: el liderazgo.

Ésta es una estructura que al igual que el tejido que abriga al cuerpo humano, es ese gran intangible que nutre todo el proceso de dirección, desde la organización y planificación, pasando por la asignación de recursos, la coordinación y el control. Todas estas áreas, no podrían funcionar mínimamente bien si no existiese un liderazgo fuerte y efectivo. En los países que gozan de buena gobernanza es que tienen buen liderazgo.

Para empezar a comprender el alcance que el liderazgo tiene en la sociedad pensemos, por ejemplo, en cómo se explican y aplican por parte de un gobierno las medidas de política social y económica. Afecta a negocios, a organizaciones y a la vida de las personas. Por más que no se dijera con la rotundidad que debió haberse dicho, el liderazgo siempre ha importado y tenido especial influencia en las acciones de los hombres y mujeres a lo largo de la historia. Basta sólo pensar, en que todos los grandes logros en cualquier época, fueran batallas, guerras, éxitos políticos, científicos o empresariales, el núcleo de por qué se triunfaba hay que buscarlo en un liderazgo fuerte.

La solidez del liderazgo es el que mantiene unidas a las personas (también ciudadanos de una nación) que creen en sus líderes; cuando las cosas se ponen difíciles, sea en una empresa o en un país, también el liderazgo es esencial para mantener la esperanza en que el mal momento se va a superar. Pero ninguna persona o ciudadano puede creer en que sí se saldrá adelante, si no percibe de sus líderes naturales esa confianza y convicción que se manifiesta en actitudes y palabras que al menos alivian la pesada carga del momento.

El buen liderazgo siempre ha sido y seguirá siendo esperanzador. Incluso cuando en organizaciones punteras todo marcha viento en popa, la gente quiere pensar que el futuro de su carrera profesional está en el buen camino y asume el máximo compromiso con la organización, lo que implica entrega sin limitaciones a su trabajo y responsabilidades. Pero esta entrega tiene un responsable: una firmeza en el liderazgo que implica por encima de todo considerar a las personas, de manera tal que como en una avenida de doble dirección, lo que reciben lo devuelven ampliado a la organización, porque se comprometen con ella al creer en su líder.

Liderazgo efectivo

Los líderes que finalmente sacaron adelante a sus respectivas organizaciones después de la larga crisis, no sólo hicieron las cosas bien, sino que generaron confianza y muy especialmente, esperanza. Toda persona quiere en el fondo de su alma alentar un espíritu esperanzador, casi tanto como el aire. Sin esperanza el esfuerzo se detiene, se pierde la motivación y el crecimiento se para. Así de claro.

Cuando una organización atraviesa una crisis, toda su personal busca proximidad con su líder y éste no puede rehusarla porque automáticamente surgirá la desconfianza y la falta de credibilidad en los objetivos que persiguen. Porque el personal en general, así como los miembros de un equipo, tienen una conducta humana, lo que implica hacer o pretender emular, lo que su líder (líderes) hacen. Cuando el liderazgo es firme, tiene autoridad moral y técnica, se irradia esa confianza y se alimenta aquella esperanza. Se neutraliza el miedo, se enfrentan los obstáculos y se acepta el cambio adaptándose a éste. Y lo más importante: personal y dirección, todos satisfechos por el esfuerzo realizado.

¿De dónde surge la firmeza en el liderazgo?

Los líderes auténticos se conducen de una manera muy especial en la vida, ayudando también a conducirse a los demás que están bajo su mando. Pero no es una cuestión jerárquica, sino que lo siguen al líder desde la fuerza de su convicción, soportados por los valores y principios que están en su más profundo yo (su interior) que son también los mismos que comparten en la relación diaria de trabajo y en la visión compartida que el líder tanto se ha esforzado en explicar y en su caso, formar.

Esta actitud frente a la vida, hace que el líder muestre sin tapujos los sentimientos, los exprese, sea empático, sensible, preocupado por cada persona de su equipo en cuanto a las propias inquietudes personales y de su trabajo, etc. La gestión de sus emociones de manera inteligente (inteligencia emocional), facilita la proximidad con todo el personal, del mismo modo en sentido inverso de todas y cada una de las personas con el líder, que no teme en acercarse, consultar e incluso discutir o debatir con esa persona que por más poder que posea, ha abierto las puertas a la cercanía personal, tantas veces vedadas en las organizaciones jerárquicas.

Es por eso que el liderazgo que importa, requiere una aguda conciencia de las personas. Todo el mundo, en principio, puede ser un gestor, dirigir un grupo humano si tiene la experiencia y capacidades necesarias. Pero el auténtico liderazgo significa que dirige, conduce y orienta a cada individuo como si fuera el único del equipo, también al equipo en su conjunto y su encaje con la organización.

Las personas más peligrosas en una empresa u organización son aquellas que por su posición de liderazgo y poder que ejercen, se niegan a salirse del camino trazado, temen al cambio y la adversidad pero, peor aún, no saben conducir (a veces se niegan a hacerlo) al personal, porque se preocupan más por el trabajo diario, no levantan la mirada para ver más allá de un día, porque lo único que les interesa es que se haga ese trabajo, que las personas implicadas en cada función cumplan, no importándoles ni interesándose por el estado de ánimo y menos de opinión de las personas. La aparente fortaleza de este poder es un liderazgo endeble y de corto recorrido.

Aquellos directivos y/o jefes que se escudan detrás de un título o cuentan con la protección de un padrino, sin siquiera imaginar que de su forma de liderar puede marcar la diferencia en la vida de las personas, también verán a corto plazo lo que significa el fracaso en su carrera profesional. Aquello de “el jefe me hace la vida imposible” deja de ser un tópico para ser una realidad demasiado palpable y que se ve con más frecuencia de lo que debiera.

Liderar con firmeza es tratar de hacer una diferencia a favor de las personas que forman parte de la organización. Cuando el líder no está a la altura o falla, el personal suele fallar también. En la sociedad, cuando cierta medida política ha tenido una gran contestación social porque se considera injusta, es ahí, dónde el líder político tiene que demostrar cintura y ajustar, corregir o sencillamente rectificar.  El liderazgo importa porque las personas (ciudadanos) importan. Siempre ha sido así y así siempre será, cuando haya personas que conducir (liderar), surgirá algún líder que señale el camino y abra la ventana a la esperanza.

La fuerza del liderazgo está en la herencia que se deja. La impronta que ha marcado en las personas y la cultura de una organización. Circunstancia que tiene a su vez un alcance mucho mayor: se crea un legado, pero sólo asume su verdadera naturaleza e importancia cuando un líder pone a la organización en la posición de hacer grandes cosas aunque él ya no esté.

En síntesis, John Maxwell lo sintetiza muy bien de la siguiente forma:

  1. El personal determina el potencial de la organización.
  2. Las relaciones determinan la moral de la organización.
  3. La visión determina la dirección de la organización.
  4. El liderazgo determina el éxito de la organización.

La posición de la doctrina más actual y que compartimos, es que la fuerza del liderazgo no se sustenta en el ejercicio del poder ilimitado, sino en la sensibilidad que el líder muestra a su personal en la organización (ciudadanos en un estado) que le otorgan -por derecho y no de facto- todos sus seguidores por la aprobación de lo que hace, cómo lo hace y para quiénes lo hace.

Preocupación por los recursos y la comunicación

Los recursos incluyen todo, especialmente la formación especializada de los sistemas TIC (tecnologías de la información y la comunicación),  asegurándose de que todos los empleados están equipados para hacer su trabajo correctamente. La comunicación debe preocuparse por saber lo que está pasando en las organizaciones y obtener el necesario feed-back sobre cómo se están llevando a cabo las funciones y qué cosas hay que corregir, mejorar o cambiar.

Control

Un fuerte sentido de autonomía está directamente relacionado con el wellbeing, porque el personal necesita sentir que tiene cierto poder de decisión sobre las cosas que hace y lo que ocurre a su alrededor. Esta metodología de liderar dejando espacio para que las personas se sientan autosuficientes, ayuda a resolver otras presiones que pueden presentarse, tales como dificultades en algunas de las relaciones interpersonales de un departamento y equipo, o cuando se produce una excesiva carga de trabajo en un momento puntual.

Equilibrio entre vida laboral y familiar

De la manera en que se establezca este balance, impactará en la vida personal y familiar, lo que redundará en mejor o peor rendimiento de la persona en la organización. Si se tiene un buen balance entre ambas, pudiendo tener otras actividades fuera del horario de oficina, tales como ocio o actividades deportivas, también mejorará el ambiente laboral porque las personas estarán más relajadas, satisfechas con el trabajo y con la dirección. Verán que su empresa es más humana y esto facilita cualquier tipo de compromiso que se les pida.

Artículo coordinado por José Luis Zunni director de ecofin.es en colaboración con Salvador Molina presidente de ECOFIN, Javier Espina Hellín miembro de ECOFIN Business Schools Group, y Ximo Salas, miembro del ECOFIN Management & Leadership de ECOFIN.

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