Reflexiones sobre ‘La paradoja de Abilene’

Artículo coordinado por José Luis Zunni, director de ecofin.es, en colaboración con Salvador Molina, presidente de Foro ECOFIN, Javier Espina Hellín, miembro de ECOFIN Business Schools Group y Eduardo Rebollada Casado miembro del ECOFIN Management & Leadership de ECOFIN.

El ámbito de la formación es el lugar ideal para que los relatos y experiencias personales alimenten no sólo los conocimientos de los estudiantes, sino que les ayude a mejorar la forma de pensar y cómo se enfrentan a diario en las relaciones interpersonales.

Vivimos en una época en la que las decisiones individuales, sea en los ámbitos familiares o laborales, están muy condicionadas a los intereses genuinos de cada grupo humano, sea la familia o los miembros de los diferentes equipos en las organizaciones.

Jerry B. Harvey, el autor de ‘The Abilene Paradox’, utilizó un original relato familiar, para demostrar cómo es el comportamiento de las personas en un grupo, aunque obviamente adquiere un interés muy especial dentro de las diversas formas de interacción personal en las empresas.

La paradoja de Abilene -3

El comportamiento de las personas en cualquier tipo de grupo tiene un paralelismo tremendo, porque lo que prevalece es la naturaleza humana, haciendo que todas las personas finalmente actúen de la misma forma. Esto es así en circunstancias normales, ya que cuando hay conductas individuales manifiestamente irregulares, tanto en la vida personal como laboral, no cabe la extrapolación de los comportamientos habituales de los diferentes grupos.

Primero vamos a hacer una síntesis del relato de Harvey: cuatro integrantes de una familia (marido, mujer, y los padres de él) están jugando al dominó una tarde muy calurosa en la ciudad de Coleman, en el estado de Texas, Estados Unidos. El padre sugiere que podrían hacer una visita a Abilene (unos 80 km al norte) con la finalidad de cenar, propuesta a la cual su nuera respondió que le parecía una buena idea. A su marido no le atraía demasiado la propuesta, debido a que era un viaje un poco largo y en condiciones climáticas de un calor riguroso; pero pensó que sus preferencias debían someterse a las del grupo, por lo que también respondió que estaba de acuerdo, agregando, que le gustaría saber si su madre (la suegra) estaría dispuesta a viajar también. Y ella lo estaba, diciendo que hacía mucho tiempo que no iba a Abilene y que le apetecía regresar.

Vemos como Harvey nos pone las coordenadas de un acuerdo tácito, que no nos debe extrañar, ya que refleja la forma de actuar media de personas en un grupo. Porque los miembros de un equipo de trabajo altamente cualificado, por ejemplo, en el momento en el que deben emitir conclusiones sobre las tareas realizadas y dar un diagnóstico en dónde creen que radican los problemas, la prudencia en la actuación hace que cada uno escuche atentamente lo que dice otro miembro; pero en las diferentes alocuciones que presentan al líder, habrá cierta convergencia en cuanto al fondo y las formas, porque una opinión será convalidada por otra y a su vez generará que surja una tercera que va a estar más o menos en línea con las anteriores.

Esto no significa que no tengan criterio individual, sino que el nivel de conducta está predeterminada por un interés promedio que sobre el asunto a tratar tiene el grupo. Las opiniones de cada persona quedan sometidas (no eliminadas) a la prevalencia de la opinión generalizada de todos los miembros. Y cuando uno de éstos manifiesta una opinión que evidencia un desvío importante sobre lo que el grupo está sintiendo, la conducta habitual probada por experimentos científicos como los de Elton Mayo en la Westinghouse, es que la media de comportamiento del grupo es la que determina finalmente la actuación de cada uno de los miembros.

Pero la experiencia de Abilene se complica por las propias peripecias del viaje, al que además de largo y caluroso, se le suma una comida que no fue del agrado de la familia y un lugar que tampoco le gustó a ninguno de ellos.

Una vez que ya se encontraban de regreso en Coleman, se inician las confesiones de las auténticas apetencias personales. La madre, fue la primera en decir que hubiese sido mejor quedarse en casa; pero como vio que todos estaban tan entusiasmados con el viaje, no dijo nada, solamente que le parecía bien ir a Abilene. Digamos que su conducta fue de renuncia a su apetencia de ese momento por la satisfacción del resto del grupo.

El marido también coincidió con su madre diciendo: “No me ha gustado para nada este viaje, pero yo solamente quise satisfacer el deseo de todos”. Ni bien la madre confiesa su sentimiento de manera sincera, su hijo inmediatamente después de ella, confirma también el desagrado de la elección que había hecho. Pero era consciente que su insatisfacción que se guardaba para sí, era en aras de que el grupo familiar estuviera feliz y satisfecho.

Su mujer también en la misma línea de pensamiento dijo: “Fui para que estuvierais felices, pero cómo iba yo a querer viajar con el calor que hace, estaría loca si quisiera hacerlo”. Por último, el suegro en un nuevo sentimiento coincidente con el resto, dijo: “Yo les sugerí el viaje solamente porque pensé que estaban aburridos”. Ésta última afirmación, evidencia que las percepciones que cada persona tiene dentro de su grupo sobre la opinión de los demás, sea familiar o de trabajo, pueden ser en un momento determinado y en función de las circunstancias, opuestas a lo que cree cada persona. Todos pensaban que lo hacían para satisfacer al resto de la familia, pero era una forma de percibir la necesidad del viaje de una manera equivocada en cuanto a lo que cada uno quería.

Una vez expresados con sinceridad el por qué habían decidido viajar a Abilene, los cuatro quedaron atónitos al darse cuenta que habían hecho un caluroso y largo viaje, además de haber comido mal, cuando en realidad ninguno de ellos había tenido las ganas de hacerlo.

Si como sucede en el relato, las preferencias individuales no coinciden con las acciones que finalmente se tomaron –realizar el viaje- es porque la decisión es tomada partiendo de la creencia de todos de que era algo que le gustaba al grupo. También puede decirse que cada uno pensó que era algo bueno para la familia.

A este comportamiento que se llama pensamiento de grupo (Groupthink) se le analiza tanto a nivel de las conductas psicológicas individuales como de comportamiento social y reviste una gran importancia en las organizaciones en cuanto a las relaciones entre personas de un mismo equipo y de éstas con otros grupos de la empresa y con la alta dirección.

A esto que se llama conformidad social, implica que a nivel individual las personas tienen cierta tendencia a dejarse llevar por la influencia del grupo, sea en las acciones que quiere emprender o por las opiniones que este grupo tiene sobre determinadas cuestiones. Son inherentes a las relaciones interpersonales ante las cuales ningún miembro del grupo a nivel individual quiere ir en contra de la opinión generalizada.

En el caso de la familia de Texas, no prevaleció la jerarquía que habitualmente existe en las organizaciones, por la cual, no tenía más consecuencias que el disgusto por hacer algo que a nivel individual, ningún miembro de la familia le apetecía hacer. Pero en una organización, emitir una opinión pública siempre conlleva el temor a que decir lo que se piensa o lo que se desea a un jefe o director, puede acarrear algún problema.

La moraleja de esta paradoja es, como bien señala el relato de Harvey, que en muchas empresas al realizarse reuniones de comité, en las cuales no se está seguro de los resultados, ya sea por la falta de preparación o por los miembros que lo integran, es habitual que los ejecutivos americanos se pregunten:“¿Es que en esta reunión vamos a ir a Abilene?”. Como diciendo, otra reunión en la cual no se tomarán decisiones o no se aclarará el problema que se ha planteado. O peor aún: nuevamente vamos a perder la mañana sin que se tome ninguna decisión.

Reuniones innecesarias son viajes a ninguna parte.

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