Formación y ética: auténticas lanzas contra la corrupción

Artículo realizado por: Salvador Molina, presidente de ECOFIN, José Luis Zunni, director de ecofin.es, Rubén Bianco, división de análisis de ECOFIN, Javier Espina Hellín, miembro de ECOFIN Business Schools Group, y Eduardo Rebollada Casado, miembro del blog Management & Leadership de ECOFIN.

 

Gandhi en uno de sus más importantes pensamientos decía: “vive como si fueras a morir mañana…aprende como si fueras a vivir siempre”, nos sigue conmoviendo, porque justamente si existe una herramienta contra el atraso y miseria de los pueblos es la educación. Pero advertimos hoy, que también es una herramienta fundamental para que sociedades modernas, abiertas y democráticas puedan sostenerse sobre una base de principios y valores que las hacen estar en vanguardia.

Lamentablemente estamos viviendo demasiados casos de corrupción no sólo en el tercer mundo, sino en países avanzados. ¿Pueden la formación y las instituciones académicas ser un paliativo para combatir de raíz a la corrupción?

No creamos ingenuamente que si mejoramos nuestros sistemas educativos, por ejemplo, en la enseñanza de la ética en los negocios y a someterse a la legalidad en todos los ámbitos de las actuaciones profesionales, puedan las sociedades más desarrolladas erradicar la corrupción de manera definitiva. Desde la China antigua existe corrupción y siempre habrá hombres y mujeres sin escrúpulos que la utilicen como instrumento para llegar al poder y mantenerse en el gobierno. La cuestión no es cuando se quita la hierba mala con la guadaña, sino enseñar a cultivar la hierba buena (principios y valores) que se inculcan desde los primeros años de colegio y progresivamente hasta el aprendizaje de los códigos éticos que tanto universidades como escuelas de negocio deben incorporar como componente curricular esencial de sus programas.

El pasado viernes 17 de octubre, en el artículo ‘Ética, escuelas de negocio y sociedad’, hacíamos especial hincapié en la importancia de la formación en normas éticas de conducta en los negocios, con la misma importancia que se le otorga a otras asignaturas.

Repasemos la doctrina imperante en la materia de corrupción, como Sayed y Bruce (1998), que la definen como “el mal uso o el abuso del poder público para beneficio personal y privado”, haciendo la aclaración que este fenómeno no se limita a los funcionarios públicos.

Otra de las definiciones que creemos se ajusta bien al mensaje doctrinario que queremos dar hoy desde esta tribuna es que es “el conjunto de actitudes y actividades mediante las cuales una persona transgrede compromisos adquiridos consigo mismo, utilizando los privilegios otorgados con el objetivo de obtener un beneficio ajeno al bien común”. Y nos parece interesante porque se detiene expresamente en la transgresión de compromisos que una persona se ha prometido a sí misma, lo que es ir en contra de sus propios valores y principios. Porque cuando un hombre o una mujer cruza esta línea roja en su propio beneficio, sólo pueden detenerlos esos principios y valores a los que aludimos. Y aquí el papel de la educación es esencial.

Cuando se dan otras definiciones en las que se refiere a que los gobernantes o los funcionarios elegidos o nombrados se dedican a aprovechar los recursos del estado para de una u otra forma enriquecerse o beneficiar a parientes o amigos, es evidente que cualquiera de ellos que incurra en una acción corrupta es que ha cruzado aquella línea roja de sus normas de conducta.

En términos generales, la corrupción política es el mal uso público (gubernamental) del poder para conseguir una ventaja ilegítima, generalmente secreta y privada. El término opuesto a corrupción política es transparencia. ¿Le suena el término?

Parece que por más que se empeñen los gobiernos en gritar a los cuatro vientos que se está llevando a cabo transparencia, lo que finalmente resulta es que en el ADN de los cargos de responsabilidad en el poder hay personas cuya línea de conducta es inquebrantable y que no están dispuestos a cruzar el límite rojo que todo ser humano debería fijarse. Pero la cuestión entonces es que la problemática de la corrupción no subyace en la persona, sino en el propio sistema – el de gobierno y las instituciones en las que se ha enquistado- lo que hace extremadamente difícil – excepto a los que jamás irían en contra de sus valores- de mantenerse inmunes a este flagelo que contagia y hace corruptos.

Por esta razón se puede hablar del nivel de corrupción o de transparencia de un estado o nación. También hay que tener en cuenta que todas las formas de gobierno son susceptibles de padecer la corrupción política. Las maneras en que se manifiesta varían, pero las más comunes son el uso ilegítimo de información privilegiada, el tráfico de influencias, sobornos, extorsiones, fraudes, malversación, prevaricación, caciquismo, nepotismo y por supuesto, la impunidad.

El concepto de corrupción difiere dependiendo del país o la jurisdicción. Pero lo que no puede diferir entre estados es el convencimiento que desde la formación pueda hacerse mucho en pos de las generaciones futuras para que puedan disfrutar de sociedades más libres de corrupción, por ende, más justas con el ciudadano porque habrá una preocupación por cuestiones tan generales y básicas en la política como es la lucha contra la desigualdad y la exclusión social.

En países con fuertes intereses de grupos políticos las prácticas de corrupción se dan con más facilidad. Los países desarrollados también presentan corrupción, pero ésta tiende a frenarse cuando se dan aumentos extraordinarios en la cantidad y la calidad de los medios de producción y también si se diera una economía internacional basada en un sistema estable de intercambio de valores, bienes y servicios.

La corrupción política es una realidad mundial, su nivel de tolerancia o de combate evidencia la madurez política de cada país. Por esta misma razón existen entidades nacionales e internacionales, públicas y privadas, con la misión de supervisar el nivel de corrupción administrativa internacional, como es el caso de la ONU (Naciones Unidas) o la OEA (Organización de Estados Americanos) y Transparencia Internacional. Pero hay algo que delata la otra cara de la madurez de un país: el nivel de tolerancia que la sociedad tiene, lo que nos indica también el grado de permisividad que demuestran incluso las autoridades que supuestamente deben vigilar las conductas de los políticos y las diferentes instituciones del estado.

Además, la corrupción no es sólo responsabilidad del sector oficial, del estado o del gobierno de turno, sino que incluye muy especialmente al sector privado, en cuyo caso se puede hablar de corrupción empresarial o de tráfico de influencias entre el sector privado y el público.

En muchos países, como es el caso de la región latinoamericana, dicho sector tiene una gran influencia estatal y por lo tanto el nivel de corrupción presente en esos países tiene mucho que ver con la manera en la que se comporta el sector privado en conjunto con los sistemas políticos. En otros términos: hasta qué grado de connivencia económica han arrastrado a la clase política empresarios sin escrúpulos y sin más objetivo que los beneficios personales, más allá de cómo le vaya a sus empresas y si sus proyectos son sostenibles en el tiempo.

Una situación de corrupción política sin restricciones se conoce como cleptocracia, término que significa literalmente gobierno de ladrones.

Veamos qué sucede en Latinoamérica y obtengamos conclusiones para evitar que no ocurra en nuestro entorno europeo.

Parece que el populismo y el clientelismo en Latinoamérica llegaron hace un tiempo, se instalaron y no tienen intención de irse. La triste realidad.

El Partido Obrero de Dilma Rousseff en Brasil, el Frente Amplio de Uruguay, el Frente para la Victoria en Argentina, son expresiones políticas de una misma forma de adueñarse del poder. Podrían eventualmente ser utilizados a favor de los ciudadanos, pero no dejarían de ser estrategias de alcanzar objetivos sin importarles el bienestar colectivo, el progreso real, los avances, etc.

Todo queda reducido entonces a la honestidad y las metas que se hayan impuesto los integrantes de esas fuerzas políticas, habida cuenta de que nos encontramos en la región con liderazgos mesiánicos, fundamentalistas, altivos, con intención de perpetuarse, etc.

Decimos ‘adueñarse del poder’ porque estas agrupaciones que buscan alcanzar el PODER, para enquistarse en él, compartirlo con sus amigos y empresarios afines, y no para solucionar el problema de la gente, terminan siempre fidelizando al indigente, al ignorante, al más débil, haciéndolos presa de los favores del estado, generándole una dependencia viciosa que los esclaviza de sus ayudas, prebendas, subsidios, pensiones graciables, etc. De tal suerte tienen un voto cautivo necesario para las épocas de renovación de autoridades “democráticas” cada dos años (parlamentarias) y cada cuatro (presidente y gobernadores). Hay un piso del 35% de gente con dificultades y necesidades de asistencia, que dependen del estado en los tres países nombrados.

¿Qué pasaría si hoy en el siglo XXI aún no se hubiera abolido la esclavitud y sin embargo existiera consagrado el derecho al voto universal obligatorio, a modo de democracia pluralista y participación del “ciudadano” en las decisiones del Estado, etc?

Seguramente los amos a cuya merced habría innumerables esclavos, les darían un mensaje claro el día del acto eleccionario: NO VOTEN por tal o cual candidato, que les promete abolir la esclavitud, porque inmediatamente que ello ocurra (hipotéticamente) ustedes se quedarán en la calle con sus pertenencias, hijos, etc., sin ningún tipo de miramientos. Mientras estén en nuestras fincas a cargo de labores asignadas, en beneficio de nuestras familias, les garantizamos una subsistencia “digna” que comprende alimentación y vestimenta (no educación, ni salud y menos enseñanza de oficios).

Es altamente probable que en un supuesto teórico como el mencionado, bajo regímenes en apariencia democráticos, como los que hoy suelen conducir los destinos de Latinoamérica, el esclavo vote a los candidatos que no buscan ABOLIR la esclavitud, como modo de subsistencia y supervivencia. Este ejemplo viene a cuento porque cualquiera puede advertir que el dinero de la corrupción termina en bolsillos de políticos que comulgan con el PODER y derrochan, viven de fiesta en fiesta, no ocultan sus bienes suntuarios, etc., sin embargo no reciben su castigo de las urnas.

Petrobrás bajó el 12 % en la Bolsa de San Pablo el pasado lunes 27 de octubre, día que se confirmó que Dilma Rousseff seguía en la presidencia de Brasil, debido ello a los niveles récord de corrupción detectados en dicha firma petrolera, que ya no pueden disimularse y sin embargo a última hora vaya a saber que demandas sociales se pusieron en juego (amenazas, quitas, listas negras, etc.) para volver a avalar una administración que protege a las mafias, porque de lo contrario, es difícil comprender al ciudadano medio de un país, que insiste en que le sigan robando el dinero que les aseguraría bienestar por siempre, y prefieren que el Gobierno les entregue un cheque cada tanto, a cambio de nada.

Esta es la nueva deformación de la “democracia”, un sistema de gobierno que ya no significa el gobierno del pueblo y para el pueblo. Es un gobierno (que reitera sus mandatos), a veces pasándose el cargo entre parientes, para hacer sus negocios y que conforman una casta privilegiada que traba toda iniciativa de progreso real, midiendo el crecimiento y la productividad, pero no de toda la clase trabajadora en su conjunto, sino a partir de los “avances” de una “oligarquía” asociada al PODER, dando cuenta de esos “logros” que ni siquiera son reales, sino que se nutren de dinero de la corrupción a partir de los favores del Estado.

Estos son los gobiernos populistas de Latinoamérica, los que descubrieron un modelo para afincarse y apoltronarse en el poder, a costa de negarles derechos a los ciudadanos, manteniéndolos dependientes y subordinados a los destinos que las mafias les asignen.

Educación vs. corrupción

El filósofo español Javier Gomá señalaba en una tertulia radiofónica que hay dos ejercicios del poder: el de origen, o sea cuando en unas elecciones se ha votado al partido que nos gobierna, lo que denomina legitimidad de origen; pero existe lo que perfectamente aclara con el ejemplo de la paternidad, en que un hombre puede ser progenitor pero no necesariamente ejercer como debe dicha paternidad, lo que llevado al terreno político se denomina legitimidad de ejercicio, o sea la manera, formas, etc. en que el gobierno de turno está ejerciendo el poder.

Europa no es Latinoamérica pero tienen que erradicarse los niveles actuales de corrupción que lamentablemente han llevado a países como Grecia y España, por ejemplo, a una situación muy comprometida en sus finanzas, caso concreto de la quiebra de Bankia a nivel local, que fue el detonante que requirió el salvataje financiero de la UE y el memorándum de entendimiento.

La educación en principios, valores y normas éticas, sin burlarse de los conceptos morales básicos que deben imperar en una sociedad, es tarea presente y en los próximos años, para que desde universidades y escuelas de negocio se cultive el espíritu libre emprendedor al mismo tiempo que las buenas conductas profesionales.

Velar por cómo deben ser los principios y valores que una persona tenga en su mapa mental es tarea ineludible de la buena educación, desde la cuna hasta la universidad pasando también por las escuelas de negocio. Cuando cualquier persona sea tentada por un corrupto, es evidente que de manera automática comparará esa acción a la cual es invitado con los valores que subyacen en su consciencia. Si la diferencia es importante, habrá rechazo y no será tentado.

Pero en lo que debemos trabajar desde la educación, es que por más nimia que pudiera parecer la diferencia entre lo que marca su consciencia y la oferta que recibe, también debe ser rechazada. Este es el auténtico desafío que la ciudadanía debe cuidar para sus futuras generaciones. Y esto puede enseñarse, porque la construcción de los valores personales en lo más profundo de la mente y el alma humana es una tarea silenciosa, no reconocida como debiera y que debe prender como la buena raíz en nuestras consciencias.

 

 

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