Las mujeres tienen un liderazgo más participativo, democrático y negociador

Susana Gutiérrez Gutiérrez – Enero 2012

 

La Asociación Española de Dirección y Desarrollo de las Personas (AEDIPE) es una asociación privada, sin ánimo de lucro. Después de 43 años de existencia, la asociación decide poner a una mujer al frente de la presidencia. Ella es Susana Gutiérrez-Gutiérrez, licenciada en psicología industrial, máster en Desarrollo Organizacional por GR Institute (Israel) y PDD del IESE. Además, Susana es miembro del Consejo Asesor de MADRID WOMAN´S WEEK.

No es fácil escribir sobre mujeres cuando una es mujer y, especialmente, desea no caer en el victimismo o la queja sobre lo duro y complejo que es ser mujer, profesional y no morir en el intento.

Hace casi treinta años que me dedico al apasionante mundo de los recursos humanos, y tengo que decir que nunca le he puesto género a las relaciones profesionales, ni siquiera cuando en procesos de selección el cliente abogaba a priori por profesionales masculinos. Hace treinta años que trabajo y que me esfuerzo por ser profesional, probablemente por eso, he pasado por alto situaciones que sólo podrían definirse como ridículas demostraciones de poderío varonil. Mi objetivo siempre ha sido disfrutar con mi trabajo, aprender con los ojos bien abiertos y lograr los objetivos propuestos. Para otros, quizás sea una manera de “no entrar al trapo”, pues también vale,  el resultado ha sido el mismo. He trabajado duro –no vamos a caer en comparaciones con los colegas del otro sexo- y he tenido mis fracasos, logros y reconocimientos como cualquier profesional.

Sin embargo, las reflexiones de estudiosos académicos, investigadores y analistas del comportamiento social han hecho que me detuviera en más de una ocasión a valorar la realidad de la mujer en su entorno profesional y personal.

Mujer y liderazgo

Los estudios concluyen que las mujeres tienen un liderazgo más participativo, democrático y negociador que el de los hombres; lo que no significa que cuando la mujer líder está en situaciones de poder no lo ejerza de manera contundente, con seguridad y de manera asertiva. Vamos, como lo haría cualquier hombre.

Las conclusiones también señalan que la presencia de mujeres facilita la flexibilidad, la conciliación empresa-trabajo y el trabajo en equipo y que entre sus competencias más destacadas a la hora de ejercer el liderazgo, están la empatía, la sensibilidad y la intuición. El doctor Mario Alonso Puig en su libro ‘Madera de líder’, justifica esa capacidad de manera científica: la amígdala cerebral de las mujeres está más desarrollada que la de los varones y eso es lo que, según sus palabras, “les permite saber antes que los hombres que una reunión va o no va bien o si alguien está enfadado”. Si ligamos estas capacidades y las teorías de aquellos que afirman que esta capacidad de liderazgo y de negociación viene dada porque aquellas personas que nunca han podido ostentar el poder de manera natural y directa han tenido que conseguirlo por otras artes o vías alternativas, -y esto ya viene de nuestros antepasados, y de cómo se repartían los roles desde la era de las cavernas- nos encontramos con un sexo especialmente preparado para ostentar el liderazgo.

¿Por qué, entonces, todavía es noticia que una mujer sea ‘la primera en’ o ‘la que más poder tiene en’? Realmente, porque aún hay muy pocas, la mayoría se frena con su maternidad, antepone familia a su desarrollo profesional y además, son las primeras víctimas de situaciones de crisis como las actuales. Probablemente porque la manida corresponsabilidad, tan importante en la educación de los hijos y en el desarrollo de las nuevas generaciones, es realidad sólo en pocas familias y finalmente el rol de cuidado del otro –ya sea descendiente o ascendiente- lo asume el integrante femenino de la casa, ya que aún no está socialmente digerido que sea el varón quien se quede en casa.

Tampoco ayudan aquellas mujeres que se atrincheran tras un, mal entendido, derecho a la conciliación, intentando hacer horarios a su medida, que perduren año tras año y convirtiendo su lugar de trabajo en algo parecido a la función pública, ( 9:00 a 14:30, de lunes a viernes, con dos meses de vacaciones en verano), sin importarles el resto del equipo con el que trabajan, el tipo de negocio o empresa al que están vinculadas o el objetivo mismo del derecho que ejercen: que esa conciliación sea un vehículo temporal para alcanzar, ellas también, su mayor desarrollo personal y profesional, para no depender del salario –completo, eso sí- de su pareja, para poder ser económicamente independientes, si la ocasión lo requiriera, o para cotizar lo necesario para jubilarse en un futuro y poder seguir siendo autónomas y dueñas de su vida.

Cuando los nombramientos de consejeras delegadas o según que sentencias del tribunal laboral dejen de ser noticia, entonces habremos llegado a la tan deseada igualdad.

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