“Educa a un hombre y educarás a un hombre… educa a una mujer y educarás a una generación”. Brigham Young (1801-1877)

Cuando se trata de educación y familia, lo que conforma el avance y progreso de las sociedades, si fuera una película de Hollywood diríamos que la mujer se ha ganado por mérito propio el leading role (papel protagonista). Por eso Brigham Young (1801-1877) que fue el presidente de ‘La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días’, que también se le conoce como mormones, va más allá del impacto social y económico de la educación de la mujer en una sociedad, poniéndola por justo merecimiento en un nivel aún más importante: la de aquella generación que caracteriza a una determinada época.

Para ampliar esta visión de la mujer y la educación, debemos citar a Benjamin R. Barber (1939) que es un experto teórico en ciencias políticas y analista de la realidad estadounidense, que afirma “yo no divido el mundo entre débiles y fuertes, o entre éxitos y fracasos. Lo divido entre los que aprenden y los que no aprenden”. O sea, su enfoque es muy interesante, ya que viene a consolidar aquel principio que algunos economistas destacados de la época dorada del desarrollismo económico, se referían a que el nivel educacional de una nación condiciona su nivel de desarrollo. Y hoy sigue siendo verdad. Y cuánto más educación reciban las mujeres en el mundo en desarrollo y subdesarrollado, mejores posibilidades de crecimiento sostenido y justicia social tendrán esas naciones.

Una mujer que camina con seguridad porque tiene un propósito claro en su vida, no tiene que perseguir a la gente o a las oportunidades. Su luz hace que sean las personas y las oportunidades que quieran perseguirla a ella. Más coloquialmente hablando, la mujer ha demostrado siempre a lo largo de la historia, pero muy especialmente en los últimos treinta años, que cada vez es menor el número de mujeres que piensan que necesitan depender de un hombre.

Contribuyeron durante siglos a la economía de las diferentes regiones y países. Pero hoy además, lo están haciendo a pesar de los obstáculos con los que aún se encuentran, en puestos de alta dirección y también en el ámbito de la política. Entre dos hombres puede haber un diálogo…con tres puede iniciarse la discusión… con varios… se está más próximo a la anarquía, porque cada uno le gusta escucharse a sí mismo y no ponerse en el lugar del otro ni comprender ni interesarse como debieran por lo que el otro u otros dicen. En cambio, cuando una mujer conversa con otras dos en el ámbito de trabajo, se escuchan lo que la otra u otras tienen que decir, especialmente en lo atinente a sus tareas y responsabilidades. Cuando son varias, por ejemplo en un departamento, habrá un equilibrado consenso en el que se vean reflejados los intereses de ellas y también de sus compañeros hombres. La conciliación de intereses y el consenso va más con la mujer, porque es más negociadora por naturaleza que el hombre. Nunca va a arremeter de malas formas ni pretender atropellar intelectualmente a nadie.

La fortaleza de la mujer se encontraba en épocas pasadas, por su lucha sin igual por sus hijos y familia. Pero pocas podían demostrarlo o tener el coraje de sobresalir en oficios y desafíos que eran exclusivos de los hombres, caso de mujeres científicas como Marie Curie o precursoras de la aviación como Amelia Earhart, que fue la primer mujer en volar en solitario atravesando sin escalas el Océano Atlántico.

Estas mujeres fuertes, con más o menos educación a sus espaldas, nunca se sintieron víctimas, es más, aborrecieron el victimismo que muchas mujeres contemporáneas suyas asumían para justificar la inacción y también cierta forma de sumisión, en una sociedad construida por hombres y una historia también escrita por hombres. Esas mujeres nunca quisieron dar lástima y rechazaban cualquier forma de compasión. No acusaban ni hacían prejuicios, sólo se paraban dónde creían debían estar y siempre dispuestas a negociar.

En el filme ‘The Great Race’ (se tituló en español ‘La carrera del siglo’) de 1965, dirigida por Blake Edwards, relata las aventuras y desventuras de los participantes en una carrera automovilística entre Nueva York y París, cruzando de América a Asia por el Estrecho de Bering a principios del siglo XX, teniendo dos ejes centrales: la rivalidad a muerte de dos pilotos excéntricos que interpretan Jack Lemmon y Tony Curtis; el papel de la mujer reportera que quiere viajar para enviar información al periódico, papel que interpreta Natalie Wood y que en varias ocasiones le es negada esa condición de mujer periodista. Hasta que finalmente recibe el apoyo de la mujer del director de ese diario de Nueva York,que está promoviendo un movimiento de mujeres pidiendo el derecho al sufragio universal.

La mujer puede resumirse en tres palabras cuando de acción se trata: ella cree en eso… ella puede con eso… ella lo ha hecho. Toda la arrogancia del hombre se convierte en la disciplina y actitud de la mujer.

Marie Curie afirmaba que “el conocimiento no deja remordimientos, excepto por la radiación, ojalá nunca me hubiera metido con esto”. Murió en 1934, a los 66 años, por una anemia aplásica causada por la exposición a la radiación. Ella sabía que su esperanza de vida estaba muy comprometida por verse obligada a estar expuesta a las pruebas de radiación, pero nunca renunció a su investigación porque creía que ello era más importante que su propia existencia. De ahí que dijo que la investigación y el conocimiento no debe hacernos sentir culpables, como era su caso que sabía que tenía una vida limitada.

En cuanto a los valores de la mujer y sus convicciones, también el tiempo ha venido poniendo las cosas en su sitio, porque la mujer no tiene que demostrar fortaleza desde el inicio de una tarea o una responsabilidad que asume. ¡NO! A través del propio proceso de adaptación, por ejemplo en un nuevo trabajo, podrá demostrar la capacidad que tiene para convertirse en una personalidad fuerte y capaz de tomar decisiones complejas.

Hace un tiempo ya, en una conferencia a la que asistí escuché a una directiva de una importante multinacional de origen británico, afirmar que “yo creo que una mujer fuerte incluso puede ser ética, moral e intelectualmente más fuerte que un hombre… muy particularmente porque ella tiene amor en el corazón… lo que la hace sencillamente indestructible”.

Me impactaron sus palabras, esto ocurría poco antes del cambio de siglo, etapa en la que los procesos de cambio social y de lucha por la igualdad de género se iban acelerando.

No hay que confundir la fragilidad física de una mujer con su fuerza moral, capacidad intelectual y gestión de las emociones, que como decía la conferenciante a la que aludía, la hacen sencillamente indestructible.

José Luis Zunni, director de ecofin.es y vicepresidente de Foro ECOFIN.

(Artículo publicado en Media-tics)

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