Sociedad digital vs política analógica

Los agentes sociales y económicos son los que en definitiva van configurando el marco real de una sociedad. Es verdad que el legislativo es quien finalmente regula legalmente lo que los hechos han impuesto en la sociedad. Tampoco son los gobiernos los protagonistas del cambio, aunque está claro que las políticas que emanan de éstos son claves a la hora de inclinar determinadas actuaciones económicas, como las reformas laborales, hacia un lado u otro de la balanza.

Las personas se preparan, los líderes potenciales aprenden de los que ya han sido exitosos; pero si existe algún factor movilizador de la doctrina del management y el liderazgo, son las startups, ya que su ADN siempre tiene que ver con la innovación tecnológica.

Es obvio que la buena formación y capacitación de las personas acorta caminos para las organizaciones que requieren del talento que se incorpore a sus puestos de trabajo y que esté a punto de rendir al máximo en el más breve período de tiempo. Y hoy saben que ese rendimiento será en organizaciones que deben pensar y actuar en términos digitales.

Los nuevos líderes se enfrentan a empresas y mercados cada vez más complejos y altamente competitivos, donde el éxito se debe en gran medida a la velocidad de respuesta, la adaptación al cambio constante y el rápido abandono de los malos hábitos. Esto también se aprende en los nuevos estilos de liderazgo y dirección.

¿Esta capacidad de adaptación e innovación constante forma parte también de la clase política? Como suele decirse coloquialmente, va a ser que no. Siempre van por detrás, reaccionan tarde, con suerte con medidas apropiadas, porque en una gran mayoría de situaciones, la falta de reacción oportuna condiciona las políticas originales, o sea, hay que ajustarlas. Pero la mente analógica y no digital de los políticos es su peor pesadilla. Creen que por el sólo hecho de tener su cuenta de Twitter están formando parte del nuevo mundo digital. ¡Craso error!banca-movil_lncima20130706_0062_5-2

El emprendedor puede aportar energía positiva a toda la plantilla de su organización, pero la poderosa y destructiva incertidumbre es la que puede inhibir acciones, provocar decisiones equivocadas y estar siempre con la duda sobre si el camino que se ha emprendido es el correcto. Los líderes digitales chocan de frente con los líderes políticos analógicos. Y sobre esto, de momento no puede vislumbrarse un cambio, porque los estilos de liderazgo de los partidos políticos, especialmente los convencionales, van en sentido contrario de lo que debe ser el espíritu democrático.

La jerarquía se impone y cuando la autoridad es la que prevalece, independientemente de que tenga la razón o no de su lado, se produce cierta anarquía intelectual porque se pretende justificar una acción cuando es injustificable. O peor aún, se enrocan en cuestiones ideológicas que son lo contrario a la auténtica evolución de la doctrina en cualquier campo del conocimiento. El conocimiento es la antítesis de la ideología que se compra y se vende como recetas según sean las necesidades del político de turno.

Y este es el otro punto clave en esta brecha digital entre líderes de la sociedad civil y líderes políticos: la falta de competencia. Pongamos un ejemplo: supongamos que una empresa busca a un director general para hacerse cargo del sur de Europa. La política, que lo contamina todo, trata de colocar a un alto cargo de un partido cuya única experiencia profesional es justamente en ese partido. No ha pisado el asfalto y caminado por empresas, no conoce la realidad del mercado. Pero ahí está y ahí están decenas de casos que sin mérito alguno en su respectivo sector, lo hacen porque esas organizaciones también se valen de la política para lograr fines empresariales, incluso en sectores estratégicos como es la energía.

¿Tenemos un nuevo líder digital? ¿Se va a enriquecer la doctrina con sus aportaciones? También va a ser que no.

La política es lo contrario de la doctrina mientras esté impregnada por la ideología al servicio no del interés general, sino como la definió John Kenneth Galbraith con su maestría habitual en “la cultura de la satisfacción”. Su tesis se basa en que las políticas que emanan de las instituciones, siempre pretenden satisfacer las demandas de los sectores que más influencia tienen en el gobierno por el poder que ostentan. Los amigos del poder.

En la España de los últimos años la predicción de Galbraith se ha llevado a extremos espeluznantes y estamos obligados a denunciarlo. Pero no desde la óptica política, sino desde la del liderazgo, que justamente está por encima de cualquier acción. En otros términos: Mandela, Gandhi y Churchill, entre otros, ¿por qué fueron grandes líderes? Porque no se sometieron jamás a la ideología ni la utilizaron como atajo. Lo único que les movía era la meta y fin último que siempre coincidía con el interés general de sus respectivos pueblos. O sea, una vez más una de las características esenciales del liderazgo: la entrega y desinterés personal en aras de un bien mayor.

Puede que algunas crestas de la ola de este mundo digital en el que nos hemos metido de lleno todas las sociedades del orbe, como todos los procesos de cambio social, se vean pronto; pero el cambio de fondo tardará en llevarse a cabo. Comenzará como es habitual, por la iniciativa privada en las organizaciones que se adapten a la exigencia para nuevos tiempos. El gobierno de cada país y la clase política, como en un partido de tenis, la verán pasar y, como suele ocurrir, legislarán tarde y a destiempo. O sea que, en el panorama macro-social de cualquier democracia moderna, la realidad nos dice que sólo los agentes sociales y económicos son los que van impulsando y provocando el cambio. Y esto ocurrirá también con la revolución digital.

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Los cambios necesarios son saltos discontinuos hacia delante y el contexto digital los ha acelerado de manera estrepitosa.  Hemos sostenido en más de un artículo en referencia al liderazgo de organizaciones punteras a escala global, que los líderes de éstas no se conforman con gestionar esa adaptación al cambio. A un Jack Welch, un Lee Iaccoca, etc., esto le sabía a poco. Según estas mentes privilegiadas, el cambio no es para adaptarse sino para influir en él. Provocarlo para que otras organizaciones y líderes les sigan. Y este es el guante que, lamentablemente,pueden ponerse muy pocos políticos sin sentirse incómodos. Es evidente que siempre hay excepciones y existen también algunos políticos muy preparados, aunque son los menos, y generalmente no son los que controlan los partidos.

Cuando el background necesario para que una persona llegue a ministro es haber sido leal al jefe de filas de su partido, realmente es un auténtico despropósito en cuanto a la sociedad que necesitamos construir para los nuevos desafíos que el mundo digital nos pone delante. Pero tengamos en cuenta que en el ámbito de las ciencias sociales, el movimiento no necesariamente es lineal y hacia un punto en el horizonte. El buen liderazgo político al que aspira cualquier sociedad moderna y evolucionada como la española tiene que tener la capacidad de hacer que estos movimientos vayan siempre en un sentido: al futuro. Porque si sólo se hace lo que siempre se ha hecho, podrá conseguirse lo que siempre se ha conseguido, aunque cada vez menos. Es una forma de muerte segura. Se estarán poniendo límites.

¿El líder analógico pone límites? Cuando se carece de la visión que los líderes efectivos organizacionales tienen sobre lo que ocurre en el mercado y cuáles son los nuevos escenarios en los que habrá que competir en el horizonte 2020, es evidente que quedan dichos líderes políticos en la categoría de analógicos.

Cada vez que los políticos e instituciones, que no empresas, aceptan el estado actual de las cosas casi como un destino fatídico, se estarán poniendo fronteras para no crecer más allá de ellas. Los grandes líderes son los que nunca fueron desmotivados ni por límites ni por fronteras. El mundo siempre será de quiénes tengan una visión que excede su propio alcance y mantengan la vocación de crecimiento y mejora que la tecnología y el avance les permite.

Finalmente, en un mundo en el que estamos acostumbrados a cientos de regulaciones (fronteras legales), financieras (fronteras económicas), sociales (fronteras culturales), etc., pretendemos desde esta tribuna contribuir a liberarnos de las fronteras que operan en la mente de las personas. Trabajamos para una sociedad que pueda levantarse cada día sin el agobio de estar sujeta a límites (excepto los legales) ni cortapisas.

La etimología de la palabra frontera deriva de frente. Y frente no es el fin de un territorio (geográficamente hablando), sino el inicio del mismo. Por eso, la frontera tecnológica actual está en comprender la revolución digital como el inicio de una nueva etapa. Las organizaciones ya lo han comprendido. Esperemos que así lo haga también la clase política.

Artículo coordinado por José Luis Zunni director de ecofin.es en colaboración con Salvador Molina presidente de ECOFIN, Javier Espina Hellín miembro de ECOFIN Business Schools Group, y Ximo Salas, miembro del ECOFIN Management & Leadership de ECOFIN.

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