Organizaciones con alma

Las empresas nos copiamos. Es tal el volumen de información disponible que, a la hora de diseñar o de redefinir un negocio, tenemos disponibles los modelos de éxito y las herramientas más útiles. Muchas de las ventajas competitivas tradicionales han pasado a ser una diferencia efímera y poco sostenible. La estandarización es muy deseable cuando ayuda a incrementar los niveles de calidad. Permite, además, que las prácticas de gestión estén bien probadas y que ofrezcan un entorno de mayor predecibilidad. El problema es cuando algo, a fuerza de ser predecible, aburre.

José Aguilar, integrante del libro Los imprescindibles del Management de ECOFIN.

José Aguilar, integrante del libro Los imprescindibles del Management de ECOFIN.

Recientemente han coincidido dos eventos que me han hecho pensar. En estas líneas comparto mis reflexiones, pues abordan directamente el problema del excesivo mimetismo de las organizaciones. Uno de ellos es la presentación del estudio titulado “El Alma de las organizaciones”, en el que se me ha concedido el honor de intervenir como prologuista. El segundo suceso es la concesión del Premio Nobel de Literatura a Kazuo Ishiguro. Este autor, japonés de origen, pero muy británico de mentalidad, sabe mucho sobre el alma humana y nos aporta algunas ideas sugerentes sobre el significado del alma de las organizaciones. Comentaré simplemente tres frases de este autor, extrayendo las consecuencias aplicables para el ámbito de la gestión.

El silencio puede ser revelador de que se están fraguando ideas muy profundas, de que se está haciendo acopio de las más hondas energías.

Los inconsolables

Seamos sinceros. A casi nadie le importan los silencios de las organizaciones (ni de personas). Prestamos atención a sus actos y, más en concreto, al resultado de esos actos. Parece como si para conocer una empresa bastara con manejar sus balances, cuentas de resultados y unos cuantos KPI. El único retrato fiable de una organización serían esos Indicadores cuantitativos y muy tangibles. El inconveniente de estos datos es que expresan el cuerpo de una organización, son descriptivos del pasado y (con algunas reservas) de su presente, pero no captan matices decisivos para anticipar el futuro. Muchas empresas muy similares en términos objetivos tienen después un desarrollo completamente distinto. ¿Dónde reside la diferencia? ¿Cómo identificar otros factores críticos de éxito, antes de tomar decisiones de inversión, de relación laboral, etc.?

Desde mi punto de vista, para entender bien a una organización (y a una persona) hay que prestar tanta atención a sus palabras como a sus silencios. Estos silencios, el alma, no se advierten con tanta facilidad, pero son mucho más predictivos del futuro de esa organización. Los cuerpos se parecen; en las almas está la diferencia. Leía en estos días que el ADN de Nelson Mandela se diferencia en un 0,1% del de Jack el Destripador. Cuerpos parecidos y almas antagónicas. Ya nos ocupamos en las Escuelas de Negocios de transmitir el guion para quien monta una empresa, de describir las partes que componen sus diferentes áreas funcionales, las herramientas de gestión… Tantos proyectos parecidos en su estructura, pero tan diferentes en sus resultados. Si escuchamos los silencios, somos capaces de percibir la energía latente, el impulso íntimo que va a decidir el éxito o no del proyecto. Quizás el principal mérito del estudio que menciono reside en presentar unos indicadores más intangibles y sutiles que nos permiten explorar el alma de una organización.

Jamás se me pasó por la cabeza que nuestras vidas, hasta entonces tan estrechamente vinculadas, pudieran llegar a separarse tan drásticamente… Pero supongo que para entonces ya existían poderosas corrientes que tendían a separarnos, y que sólo fue necesario un incidente para que la ruptura se hiciera definitiva. Si hubiésemos entendido esto entonces, quién sabe, a lo mejor habríamos conservado lazos más fuertes.

Nunca me abandones

Otra característica del alma es la capacidad de dotar de unidad a un proyecto empresarial o social. Cuando una organización o una sociedad pierden su alma, solo pueden mantenerse unidas a través de sus propias estructuras organizativas y, en último término, a la capacidad coercitiva de quienes las dirigen. En esos casos, la unidad se convierte en uniformidad. Se crean entornos de pensamiento único y se confunde la lealtad con la sumisión. Las organizaciones con alma, por el contrario, se llevan bien con la diversidad. Lo propio de un ser vivo es integrar capacidades diferentes en torno a un proyecto común.  Como rezaba uno de los primeros lemas nacionales de los Estados Unidos, “E pluribus Unum” (De muchos, uno): nuestro pueblo tiene una identidad única y diferenciada en la medida en que somos capaces de articular los esfuerzos de personas muy diferentes para un objetivo compartido.

Fue uno de esos acontecimientos que, al presentarse en un momento crucial de la vida de una persona, suponen la prueba de fuego y el desafío con que medir el límite de sus posibilidades, de modo que posteriormente esa persona ve en ellos un nuevo baremo a partir del cual puede juzgarse.

Lo que queda del día

La descripción cuantitativa de una empresa (el retrato de su “cuerpo”) suele destacar los límites de ese proyecto: volumen previsible de ventas, capacidad de expansión a nuevos mercados, posicionamiento en el mercado laboral y expectativas de captar determinados perfiles profesionales, etc. Comprender el alma de una organización nos permite señalar sus posibilidades. Cualquiera que hubiese conocido el proyecto de Steve Jobs en su origen, a la vista de la dimensión y capacidades de esa organización, lo hubiese calificado como una pequeña empresa llamada a jugar un papel marginal dentro de su mercado.

Recomiendo la lectura de las obras de Ishiguro y del estudio “El alma de las organizaciones”. Ofrecen una visión fresca y original sobre las personas y las empresas. Estamos en un tiempo en el que la mirada sobre lo intangible no solo eleva nuestro ánimo, sino que nos permite conocer mejor la dimensión más tangible y práctica de nuestras organizaciones.

Artículo realizado por: José Aguilar, socio Director de Mindvalue.

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