¿Nuevos y mejores líderes? Inspírense en el liderazgo científico

Artículo realizado por: Salvador Molina, presidente de Foro ECOFIN, José Luis Zunni, director de ecofin.es y Eduardo Rebollada Casado.

A los lectores que nos vienen siguiendo semanalmente queremos brindar antes de irnos de vacaciones unas reflexiones sobre la importancia que asume el buen liderazgo en la sociedad actual. Porque el liderazgo efectivo no es teoría, sino buena implementación de las acciones. Para ello ponemos de ejemplo el liderazgo científico.

La cuestión es que además de la preparación técnica y cualidades que tenga un buen líder, nos preocupan cuáles son las raíces en las que mama. Y si el liderazgo científico y tecnológico es el que marcará el bienestar futuro de la sociedad, qué estamos haciendo como sociedad y como país (extensible a nuestro gran estado que es la Unión Europea) por mantener un grado de desarrollo y crecimiento sostenible, una distribución de la renta más equitativa, eliminación de los pozos de pobreza y especialmente la lucha contra la exclusión social de todo tipo (alimentaria, educacional, sanitaria, etc.).

Cuanto más y mejores líderes contemos en nuestras filas, los resultados irán en beneficio de la comunidad. Y si en alguien tenemos que ejemplificar esa raíz científica que hace grande a un país, es en la figura del gran cosmólogo estadounidense Carl Sagan.

Es un ejemplo no solamente de liderazgo científico, porque fue el que introdujo lo que se conoce como divulgación científica en su inmortal serie Cosmos, sino que toda su acción investigadora y divulgadora se ha basado en una profunda e incombustible ética y una defensa del pacifismo y los derechos humanos.

Carl Sagan

Carl Sagan

Todas sus acciones hasta el último momento de su existencia se centraban en cuestionar la paradoja a la que nos condujo a la civilización el desarrollo científico y tecnológico: defendiendo por un lado que era importante poder ir adentrándose en la realidad del cosmos para conocer cada vez más sus secretos; criticando duramente que el desarrollo de armamento nuclear tenía capacidad suficiente para destruir 50 veces el planeta. Esta absoluta desproporción la denunció Sagan constantemente refiriéndose a la cantidad obscena de armas nucleares que aún estaban en manos de las potencias a pesar de los tratados nucleares de desarme. Un mal entendido equilibrio de fuerzas.

Sagan fue el que puso la voz de alarma, al mismo tiempo que ha sido durante toda su vida un firme defensor de la investigación aeroespacial y la exploración del universo, que quedaron inmortalizadas en su serie televisiva Cosmos cuando afirmaba: “Cuanto más conozcamos del cosmos, más podremos conocernos a nosotros mismos. Somos polvo de estrellas que buscamos conocer a las estrellas”.

Los firmantes no somos científicos, pero sí nos ha guiado siempre a lo largo de nuestro ejercicio profesional el espíritu investigador de Sagan, su seriedad y rigor. Y esto nos debe permitir al mismo tiempo que alimentar la capacidad de reflexión. Estamos atrapados en un futuro que ya convive en nosotros cada día a gran velocidad y que caracteriza a una generación en todos los rincones del mundo, con escaso tiempo para la reflexión y la meditación.

Es más, si usted se detiene en un seminario que se está dictando a empresarios y les dice: “pongan su mente en blanco y dediquemos dos minutos a reflexionar sobre esta cuestión”, más de uno, por no decir todos, pueden tildarle de que el formador ha perdido el juicio.

Lamentablemente la realidad es muy distinta, ya que el juicio colectivo se ha ido desviando -al igual que el eje de rotación de la tierra- de su categoría original en la que la gente tenía tiempo para preguntarse los porqué. Hoy parece que interesa el para qué, o sea cómo funciona, por ejemplo este teléfono móvil y para qué cosas sirve.

La sociedad ha entrado en una mecánica funcional peligrosa, en la que los procesos sinérgicos de la misma se deben a una especie de circuitos programados que conducen nuestros actos. Cuando alguien se detiene a hacer las preguntas por qué, cuál es la razón, etc, es inmediatamente cuestionado por un sistema que no deja capacidad para la reflexión.

El colmo de los colmos lo tenemos en la política. Se ha erigido una clase política que cree -amparándose en su poder- que lo que dice y hace es el gran maná que requiere la ciudadanía para lograr su bienestar. Las evidencias nos indican justamente lo contrario. ¡Pero quién le pone el cascabel al gato!

Nosotros nos preguntamos: ¿dónde ha quedado la clase intelectual? No la escuchamos, no porque no exista, sino porque está callada por tanta automatización que nos maneja a diario. Basta ver -salvo honrosas excepciones- en la basura en la que se ha convertido la televisión.

A nivel de nuestro microcosmos ibérico no tenemos la preocupación de las armas nucleares que Sagan tenía para la humanidad entera, pero nosotros la tenemos sobre la injusta y también obscena distribución de la renta en un país del primer mundo y europeo, que tiene una tasa de pobreza del 27%.

Sagan se preocupó por indagar como pocos en cuáles habían sido los estadios de evolución de nuestra especie, pero muy especialmente de nuestro cerebro. Famosa es su alocución de que “en el lóbulo frontal subyace nuestra civilización”. Porque es en la parte más moderna de nuestro cerebro en la que se produce la revolución del conocimiento.

A nuestros lectores les instamos a hacer un ejercicio –corto, pero efectivo- de reflexión sobre hacia dónde vamos, quiénes somos y qué se espera de nosotros. Al mismo tiempo, preguntarse qué está haciendo la clase política por nosotros, por nuestra sociedad y por nuestro país con una perspectiva histórica, no cortoplacista y electoral.

Hemos visto senadores y diputados pasearse por las tertulias televisivas como auténticas máquinas de propaganda del estado, sin la mínima decencia por ejercer aunque sólo fuera por un instante, un mea culpa, una reflexión, un mensaje digno y no eslóganes políticos.

Es el momento de la reflexión de la ciudadanía. Lo que Sagan se refería a la gran memoria colectiva que anticipara con la visión de los grandes precursores, lo que hoy es el mundo de las redes sociales a los que la clase política tiene pánico.

Y esta nueva revolución tecnológica a la que estamos asistiendo tendrá consecuencias en la estructuración de una nueva sociedad que ya se ve venir. No bajemos la guardia en cuanto a la educación y la investigación. Pero sobretodo, no renunciemos a nuestra natural capacidad de curiosidad humana que es la que nos ha llevado a la conquista del espacio.

Ahora tenemos que conquistar el otro espacio, el nuestro de cada día, para que reflexionando con seriedad sobre lo que tenemos que hacer y cómo hacerlo, veamos si los que reciben nuestro mandato como políticos están a la altura de las circunstancias. Pareciera ser que no.

Al hilo de esta reflexión recordamos hoy una frase de D.H.Thoreau, el escritor y filósofo del S.XIX, autor de Walden: “Lo que un hombre piensa de sí mismo, más que cualquier otra cosa, es lo que determina su destino”.

Es el derrotismo actual lo que nos hace vivir por debajo de nuestras posibilidades, perdiendo o malgastando esos 1440 minutos diarios que todos tenemos, borrachos de teoría, perdiendo la oportunidad de la experiencia que supone no insultar a la eternidad matando el tiempo con los mecanismos y métodos que nos imponen.

“Las cosas no cambian; cambiamos nosotros”, decía Thoreau, y es una excelente reflexión de la que Occidente debería tomar nota para diseñar el futuro.

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