Los grandes intangibles del liderazgo

Uno de los pensamientos de categoría universal que dejó el gran filósofo español José Ortega y Gasset fue: “El hombre es el yo y su circunstancia”. Pero en todo momento sostuvo que las acciones de las personas estaban atadas a sus principios y valores.

Ortega era contundente en referencia a la tendencia tan habitual de prejuzgar a las personas y escribió una frase que, como toda su obra, hoy sigue vigente: “Yo no hago juicios de valor, sino fácticos, porque estos se basan en hechos y los primeros deben quedar librados a Dios y la consciencia”.

En el ámbito de las organizaciones, y también en la vida personal, ocurre lo mismo que señalaba Ortega: los acontecimientos de nuestras vidas no son los que nos forman, pero sí nuestras creencias en cuanto a lo que significan porque están condicionadas por nuestros principios. En otros términos, cuando un liderazgo en cualquier tipo de organización se aparta de los principios y valores esenciales, antes o después las personas que ejerzan ese liderazgo, y consecuentemente las organizaciones que lo llevan a cabo, estarán abocadas al fracaso.

Vivimos tiempos no sólo convulsos y complejos, sino aceleradamente cambiantes. Todo lo que nos rodea está mutando constantemente a una gran velocidad, aunque algunas cosas siempre seguirán siendo las mismas. Obviamente no en el plano tangible, porque justamente es el que más está siendo sometido por los procesos de cambio e innovación tecnológica, sino en el intangible. Esa percepción y sentimientos que nos generan los actos de las personas no pueden ser medidos, sino sólo considerados en cuanto al beneficio que producen a las personas.

Si bien no hay medida, en este valor intangible sí es determinante en la confianza, credibilidad y proximidad del liderazgo que se ejerza en esa organización, y realmente impactará de manera directa en la eficacia de las personas. Lo intangible es por lo general muy pequeño, a veces pasa inadvertido. Pero en las relaciones interpersonales configura el nivel de satisfacción de empleados en un ambiente de trabajo, al mismo tiempo que condiciona el compromiso de todas y cada una de las personas con la organización.

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Es por eso que los hábitos son tan poderosos. Algunos de los más pequeños que a diario realizamos tienen el poder de darnos siempre la seguridad y nos ayudan a encaminarnos hacia el éxito. Nos acostumbramos a ellos porque son los que están delimitando nuestra zona de confort. También surge la predisposición que tengamos a estar constantemente abiertos al aprendizaje, sobre todo cuando desde la dirección se insta a la formación y capacitación de los cuadros como pieza clave en el crecimiento y desarrollo de la organización.

Por tanto, cuando comparamos el valor de todo lo tangible (recursos materiales, financieros, productos en proceso, terminados, ingresos por ventas, etc.) con los elementos intangibles que son necesarios para que aquellos bienes se coloquen en el mercado, se terminan valorando todas las acciones humanas y la manera en que se llevan a cabo (por ejemplo la forma de liderar, el nivel de motivación que se crea en el personal, la preocupación por el desarrollo de las respectivas carreras personales y profesionales, etc). Lo que es a priori inmedible termina siendo la sustancia sobre la que se apoya todo el proceso de la empresa para tener éxito en el mercado.

¿Qué importancia tienen entonces los principios y valores en el ejercicio del buen liderazgo?

Los grandes líderes siempre han sido personas íntegras que han mostrado a sus seguidores cuál es el camino y el propósito en sus vidas. La historia nos muestra una y otra vez que grandes hombres y mujeres que eran personas ordinarias acometían acciones extraordinarias. Pero además, el sustrato principal estaba en la integridad de dichas personas. O sea, una vez más los principios y valores de Ortega.

Integridad significa honestidad y hacer lo que es correcto, incluso cuando es difícil. Pero este valor que se lleva desde dentro de la personalidad puede mostrarse en nuestras acciones, en cómo nos movemos y en qué decimos.

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¿Se refleja en nuestra comunicación corporal cómo nos sentimos? Los estudios de comportamiento social realizados por Amy Cuddy, una de las más relevantes psicólogas de la actualidad, muestran que la postura corporal y la comunicación no verbal afectan a la forma en que nos perciben los demás y son fundamentales en la química de nuestro cuerpo.

¿Facilitamos la forma en cómo nos ven los demás? Claro que sí. Es más positivo mostrar movimientos corporales seguros, sin ataduras de tipo psicológico que den a entender que no tememos, por ejemplo, a la reunión que estamos a punto de empezar en la que tenemos que exponer frente a nuestros pares directores de departamento. Mediante la creación de un aire de positividad a nuestro alrededor no sólo nos sentiremos mejor con nosotros mismos, sino que las otras personas que están muy próximas a nosotros también se sentirán mejor. La positividad se contagia. Es evidente que en ella radica un gran intangible.

¿Qué pasa cuando nos sentimos satisfechos en nuestro trabajo? Los compañeros y jefes nos respetan. Los primeros querrán ser amigos y compartir tanto tareas en equipo como momentos de relación personal. Pero lo más importante, es que ellos mismos querrán ser personas más positivas. Su intangible crece.

¿Qué efecto es el que produce esa sensación de comodidad y seguridad en nuestro trabajo? Nos da mejor calidad de vida porque estamos fortificando nuestra zona de confort. Esto no implica que nos aferramos a ella y no queramos salir, sino que la seguridad que nos genera nos facilita enfrentarnos a determinados retos o problemas que nos obligan a dar un paso o más fuera de los límites en los cuales nos sentimos seguros.

Artículo coordinado por José Luis Zunni director de ecofin.es en colaboración con Salvador Molina presidente de ECOFIN, Javier Espina Hellín miembro de ECOFIN Business Schools Group, y Ximo Salas, miembro del ECOFIN Management & Leadership de ECOFIN. 

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