Destellos de liderazgo

El general Colin Powell, ex secretario de estado del gobierno de George Bush y líder del ejército estadounidense y la coalición internacional en la Guerra del Golfo, sostiene entre algunos principios que considera indispensables para ejercer un buen liderazgo, que “el día en que los soldados dejen de traerle sus problemas, será el día en que usted dejará de ser su líder”. Redondea este pensamiento afirmando que “el verdadero líder crea climas en los que evaluar problemas es más importante que señalar culpables”. Un análisis certero. 

En una ocasión un hombre pasaba delante de la casa de otro vecino, vio que este estaba con una pala haciendo una zanja en su jardín, situación que generó la siguiente pregunta:

– Así que trabajando, ¿verdad?

La respuesta lo dejó desconcertado:

-No, estoy descansando.

Otro día pasando frente a la misma casa vio a su vecino sentado en el porche y entonces le dijo:

– Descansando, ¿verdad?

Y nuevamente la respuesta le sorprendió:

– No, estoy trabajando.

Hard work

Hasta hace no muchos años, se confundía muy a menudo el trabajo intelectual con la vagancia y las pocas ganas de trabajar, porque se vinculaba trabajo a esfuerzo físico. Pero a partir de los modelos productivos de la década de los 50 del siglo pasado, los procesos de automatización invadieron las industrias y la actividad mental poco a poco fue quitándoles protagonismo a la fuerza física que era sistemáticamente reemplazada por máquinas. El gran precursor de lo que se conoce como red de montajes fue Henry Ford, que en una ocasión contrató a un experto en eficiencia para que recorriendo la fábrica observara qué empleados no eran productivos. Una vez hecha su visita ocular, regresó al despacho de Henry Ford y le dijo: “He detectado una persona improductiva porque cada vez que paso a su lado lo veo sentado sin hacer nada. Creo que debería considerar despedirlo”. Cuando Ford escuchó el nombre de la persona a la que hacía referencia le dijo entonces al experto: “No puedo despedirlo. A esta persona le pago para pensar y eso es precisamente lo que está haciendo”.

El espíritu de líder de Ford siempre se manifestaba hasta en los más pequeños detalles, porque justamente eso es lo que caracteriza al liderazgo como disciplina: tener la capacidad de cambiar las cosas e impulsar los cambios que sean precisos hacer, no importando si son grandes o pequeños. La cuestión es tomar la iniciativa. De ahí que al líder y al liderazgo se les consideren recíprocamente persona de acción en proceso de toma de decisiones e implementación de acciones.    

Uno de los campos del conocimiento que más ha evolucionado en las últimas dos décadas -aunque a algunos aún les cueste admitirlo- es el del liderazgo. Son dos los factores que han influenciado este cambio: la imparable innovación tecnológica que todo lo puede y no deja de sorprendernos; el proceso de humanización que se viene dando en las organizaciones en los últimos años y que ha colocado al hombre/mujer por fin en el centro de la escena. Esto ha llevado a novedosas y cada vez mejores aproximaciones en las formas de ejercer el liderazgo debido a una imparable y constante evolución en las relaciones humanas en el mundo de las organizaciones.

1.- Mentalidad a lo Henry Ford… ¡positiva!

Hay personas que ven el mundo en blanco o en negro, o sea, no encuentran un comportamiento medio de las actuaciones en la vida. Para esta tipología de personalidad se puede llegar a pensar en momentos en el que experimentan, por ejemplo, una profunda decepción en materia laboral, que existe una conspiración contra ellas y que las personas que están a su alrededor en realidad no sienten empatía alguna y muchas otras, sólo albergan sentimientos negativos.

Cuando el mundo se mira tan negro que hasta lo más pequeño e insignificante nos afecta cuando en realidad no hay razón alguna por la cual tenga que impactar negativamente en nuestras vidas, algo está funcionando mal en el control y gestión de nuestras emociones.

Los grandes líderes como lo fue Henry Ford, observaban las pequeñas cosas no para deprimirse, sino justamente porque su gran intuición les decía que era por ahí por donde había que implementar el cambio. Ninguna transformación se hace de la noche a la mañana, sino desde los pequeños pasos y logros que van dando forma a nuevas maneras de hacer las cosas. Ford detestaba el pesimismo y especialmente a los pesimistas. Sabía que eran síntomas como para observar, aunque sin alarmarse demasiado, sí había que tomar nota para corregir.

El pesimismo no es un atributo negativo innato, sino que se adquiere con el paso del tiempo en función de las experiencias que vamos teniendo en la vida. El buen líder las ha eliminado de sus rasgos de personalidad y también ha hecho el esfuerzo de formar y entrenar a sus equipos en cómo tienen que hacer para eliminarlas.

2.- La coherencia entre la palabra y las acciones.

Una madre llevó a su hijo de seis años a la casa de Mahatma Gandhi suplicándole:

– Le ruego, Mahatma, que le diga a mi hijo que no coma más azúcar, es diabético y arriesga su vida haciéndolo. A mí ya no me hace caso y sufro por él.

Gandhi reflexionó y le contestó:

– Lo siento señora, ahora no puedo hacerlo. Traiga a su hijo dentro de quince días.

Sorprendida la mujer le dio las gracias y le prometió a Gandhi que en quince días le traería nuevamente a su hijo. Cuando por fin se vuelve a encontrarse con la madre y el hijo, mira al muchacho a los ojos y le dice:

– Deja de comer azúcar.

La madre totalmente extrañada le pregunta a Gandhi por qué había tenido que esperar quince días para que le dijera esto, que se lo podía haber dicho la primera vez.

Gandhi respondió:

– Hace quince días yo comía azúcar.

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Mahatma Gandhi con su rueca, símbolo de la lucha contra el imperialismo británico

Gandhi fue quizás el líder que mejor ejemplificó el espíritu de sacrificio que significa ser coherente aún a riesgo de su vida, como demostró en tantas huelgas de hambre que realizó como parte de sus movimientos pacifistas de no violencia.

Los grandes líderes cometen errores, pero no será por la incoherencia entre lo que dicen y lo que hacen. La efectividad en el liderazgo podría sostenerse con la frase de “obras son amores y no buenas razones”, porque la esencia del liderazgo efectivo es tener una actitud sin dobleces, directa y sincera. Prevalece la acción por sobre las palabras, buscando que éstas siempre sean cumplidas como parte de un compromiso personal con todas las personas, pero especialmente que el líder cumple consigo mismo.

3.- Sin miedo al fracaso.

No es cuestión de no saber qué es la derrota. Los líderes siempre han sufrido algún fracaso en algún momento de su vida, tanto personal como profesional. La cuestión no es si fracasó antes ni la importancia de éste, sino si su mente ha sido vacunada contra el fracaso como filosofía de vida. Las personas que viven quejándose y ejerciendo el victimismo, terminan contagiando al resto de compañeros. Y esto no lo puede permitir ningún jefe de departamento y/o equipo y menos el líder de una organización.

El líder efectivo no tiene sitio para el fracaso. Sabe actuar en cada momento y con la perseverancia y persistencia que le harán salir siempre de cualquier situación adversa. Si se pierde el temple y la paciencia, pueden flojear las fuerzas para ser persistentes y alimentar los sentimientos de fracaso. Las personas que tienen en su ADN el éxito incorporado porque luchan por ir en pos de las metas que se han impuesto a pesar de las derrotas que pudieran haber sufrido, aprenden de éstas y no lo abandonan todo como lo hacen la gran mayoría de personas que tiran la toalla ante los primeros síntomas de dificultad en el trabajo que están realizando. Esto lo vemos a diario.

4.- Propósito significativo.

¿Qué es lo que me inspira?, ¿qué me gusta hacer?, ¿qué me apasiona? Cada vez que una persona se pregunta por estas cosas, deja entrever que tener un objetivo personal o profesional implica saber cuál es nuestro propósito en la vida, pero también, que los podemos cambiar a cada momento. Los objetivos personales nos los vamos fijando a medida que pasa el tiempo; los profesionales surgen en función de las necesidades de la organización, las metas impuestas, la distribución de funciones y responsabilidades, etc. Pero en todo caso, ni los personales ni los laborales garantizan que tengamos un perfecto conocimiento de lo que realmente queremos en la vida.

¿Por qué? Porque en realidad desconocemos nuestro íntimo propósito. Cuál es nuestro fin en la vida. Y esto que parece filosofía, en realidad es mucho más importante de lo que parece. Porque imagínense por un momento, que usted es una mujer u hombre con responsabilidades y un cargo con bastante personal que depende de sus decisiones y asignación de tareas. Puede usted tener muy claro cuáles son los objetivos del equipo que preside y los suyos personales para el año en curso o incluso más allá de éste. Pero no implica conocer que hay mucho más lejos aún. Cuál es su horizonte. Si se contenta sólo con lo que está haciendo y no aspira a otra cosa, por ejemplo a ascender posiciones en la organización y no quedar siempre en el puesto que ocupa. O a lo mejor, está pensando en que la experiencia que está acumulando le ha convertido en un experto que puede perfectamente brindar sus servicios como un consultor externo y montar su propio negocio. En este caso, lo que usted está pensando es ni más ni menos que en su futuro mediato, y está configurando aunque no se percate de ello, una filosofía de vida, eliminando lo que no le interesa y persistiendo en lo que realmente persigue. Su horizonte es claro. Tiene un propósito.

5.- El poder de la pasión.

El líder efectivo tiene pasión por lo que hace, por su gente, por los resultados, en suma, por todo lo que rodea su vida profesional y personal. Estamos muy acostumbrados ya a declaraciones de diferentes líderes empresariales que a nivel mundial se han destacado, que nos han enseñado cuál ha sido la llave maestra de su éxito. Y con diferentes apreciaciones, todos ellos siempre han coincidido en una cosa: la pasión no sólo como una emoción, sino como una forma de vida. Como una manera de contagiar a los demás para encaminarse a cumplir objetivos y metas. Para enseñar y formar al personal, que lo que están haciendo es fundamental para ellos, para su crecimiento personal. Pero una cosa importantísima: siempre en todas estas personalidades destacadas, han prevalecido dos fuerzas que les han motivado: un trato especial y exquisito a todas y cada una de las personas; un respeto y dedicación de tiempo a sus respectivas familias y vidas personales.

Esta pasión incluye también, la voluntad del líder de imponer (no por la fuerza, por supuesto) la formación y hacerles comprender la importancia del conocimiento.

Artículo coordinado por José Luis Zunni director de ecofin.es. En colaboración con Salvador Molina presidente de ECOFIN, Javier Espina Hellín miembro de ECOFIN Business Schools Group, y Ximo Salas, miembro del ECOFIN Management & Leadership de ECOFIN.

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