Responsables o víctimas

El brillante y original Oscar Wilde decía: “Dadle a un hombre una máscara y os dirá la verdad”, en clara alusión a las formas torticeras que muchas personas tienen de distorsionar la realidad. También George Orwell afirmó “en el mundo de falsedad y mentira en el que vivimos… decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”.

Cada día en las organizaciones se toman cientos de miles de decisiones, y las personas deben posicionarse hacia lo que será su éxito o su fracaso: vivir como responsables o como víctimas. Tan simple como aceptar la responsabilidad o endosársela a un tercero. Culpar a otros de lo que les sucede a estas personas que se autodenominan víctimas, o finalmente asumir que nuestra cosecha siempre será proporcional a la siembra.

Los seres humanos tenemos diferentes recursos que nos permiten relacionarnos con nuestro entorno más próximo o el más lejano de manera particular. Cada persona tiene determinada conducta, siendo dos los instrumentos que utilizamos: el lenguaje y la interpretación. En cierto aspecto van de la mano, porque cuando estamos inmersos en un diálogo con otra persona, estamos actuando llevados por los sentimientos que se están manifestando entre ambas, ya sea la empatía, la confianza, la credibilidad, etc.

En los ambientes laborales nunca ha sido visto con buenos ojos, los relatos en los que una persona muestra una imagen que no guarda ninguna relación con la realidad. La mentira es faltar a la verdad a sabiendas. Es una afirmación falsa que crea una idea o una imagen también falsa. Pero, como se dice coloquialmente, “la mentira tiene patas cortas” y la persona que la utiliza como instrumento de sus relaciones interpersonales, antes o después, quedarán en evidencia.

Víctima (2)

¿Existe alguna razón para actuar de esta manera? Quién miente no está conforme consigo mismo y en lugar de intentar mejorar de forma auténtica utiliza, como dice Wilde, una máscara o disfraz de manera inconsciente. Entra a formar parte de su personalidad.

En ocasiones, algunas personas llegan a afirmar que sus mentiras los mantienen en puestos de trabajo y les ayudan en su carrera personal y profesional en la empresa. A lo mejor hace veinte años podía colar, pero hoy todo se sabe, estamos al desnudo a un simple click y Mr. Google nos da la respuesta. Por tanto, con las características de un boomerang, las mentiras y medias verdades se terminan convirtiendo en perjudiciales. ¿Y saben una cosa? Cuanta más alta sea la posición que una persona ostente en una organización, más factura le terminará pasando.

La vocación de ser víctimas

A menudo es más fácil tener una mentalidad de víctima. Cuando el victimismo lo practica algún líder de equipo, aunque sea de manera soterrada, puede corresponder a las historias que cuenta a menudo como protección de su propio ego.

El líder que tiene la responsabilidad de formar a sus cuadros, especialmente a los nuevos líderes potenciales que ya se han ganado este calificativo, tiene que advertirles respecto al victimismo. Entre otras cosas, debe transmitirles que creer que uno puede sentirse mejor acerca de ciertas situaciones, creyendo que hay cosas que están fuera de nuestro control, o que la situación que se presenta y hay que resolver se deriva del error cometido por un miembro del equipo, en vez de abordar de frente el problema, llevan inexorablemente a un conflicto personal.

Cuando afloran una cantidad de excusas y creencias que tienen un gran potencial para no sólo deteriorar las relaciones interpersonales, sino para afectar gravemente a los resultados de los trabajos que se tienen entre manos, el líder efectivo tiene que emplearse a fondo para neutralizar y, si es posible, erradicar este tipo de comportamientos. El victimismo es más propiedad de mediocres que de líderes efectivos. Por ello, el buen liderazgo debe desmontar de manera contundente este tipo de conductas.

Conductas que favorecen el victimismo

Cuando en un diálogo informal entre dos compañeros, uno le dice al otro “no me gusta el trabajo que estoy haciendo en este momento, pero voy a ser feliz tan pronto como consiga la promoción que me han prometido”, habría que preguntarle a continuación si está seguro de lo que está diciendo. Si cree que se cumplirán los plazos como los tiene previstos o, por el contrario, habrá imponderables.

Lo que sí es cierto es que algo le está impidiendo su felicidad y sentir esa pasión por el trabajo, que está progresando, que tiene un futuro.

¿En cuánto tiempo esa persona va a dejar de odiar su trabajo después de lograr su objetivo? Cuando la vida en general, y las relaciones laborales en particular, se supeditan a circunstancias como las del ejemplo, la meta de la felicidad podrá o no alcanzarse, pero si algo es seguro, es que será temporal. Porque no forma parte de la estructura de personalidad.

La felicidad es una elección que uno hace. No es un sentimiento mágico que nos viene dado por una fuerza externa. Por eso, ante situaciones que pueden llevar a una persona al victimismo, hay que enseñarle a cambiar el relato: por ejemplo, en vez de decir “voy a ser feliz cuando logre la promoción”, debería reemplazarlo por “creo que podría ser feliz en este momento”, haciéndole ver la importancia que tiene su trabajo, que es reconocido por compañeros y líder.

El victimismo manipulador

Cuando una persona cree que hacerse pasar frente a los demás como víctima le trae más beneficios que ventajas, en cierto aspecto lleva razón. Porque lo que está logrando con su actitud es construir una barrera a las críticas, contando además con la compasión y la comprensión de muchos, haga lo que haga.  De hecho, son pocas las personas que pueden atreverse a cuestionar los actos de una supuesta víctima, porque terminará siendo calificada de insensible o poco compasiva.

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El victimismo es, con frecuencia, una estrategia personal que se lleva a cabo creyendo que serán más los beneficios que las situaciones negativas.

Esta tipología de personalidad permite contar con una especie de inmunidad por la cual todo lo que dicen es la verdad, así como que todo lo que hacen está bien hecho y bien intencionado. Que su posición frente a determinadas cuestiones es la correcta, que son los demás los que tienen que revisar las suyas. En todo caso, este tipo de victimismo es especulativo porque calculan hasta los mínimos detalles y, en realidad, está encubriendo cosas que no se quiere que se sepan.

Solo desde la responsabilidad se puede combatir al victimismo. El líder que sabe que determinada persona está ejerciendo un victimismo que a corto plazo le beneficia, también es perfectamente consciente de las consecuencias negativas que esta actitud trae aparejada al resto de miembros del equipo o incluso de todo el personal.

El sentirse víctima es entrar en un estado psicológico en el cual la persona siempre cree que lleva la razón, siendo los equivocados los demás. De ahí que su perfil personal les haga decir una y otra vez que no es ella sino sus compañeros, jefe, etc., los que tendrán que revisar sus actitudes, opiniones… Es una regla de este tipo de comportamientos: ver error en los actos de otras personas o en su forma de ver las cosas. Que la conducta de esas personas es la responsable no la del que se siente víctima de todo.

Pero el líder siempre tiene herramientas que puede aplicar, expresamente apelando a sus capacidades emocionales, para que dicha persona pueda cambiar o mejorar. Para ello, le ayudará formulándole algunas preguntas claves como: “¿Qué responsabilidad tienes en el proyecto actual?” O también, “¿Qué crees que debes cambiar de tu conducta y actitud?

Estas preguntas parecen simples, pero logran un cometido: en la relación muy directa con el líder, le harán girar hacia el camino del sentido común que se alimenta de la autoconsciencia y responsabilidad en los actos y en las palabras.

Artículo coordinado por José Luis Zunni director de ecofin.es en colaboración con Salvador Molina presidente de ECOFIN, Javier Espina Hellín miembro de ECOFIN Business Schools Group, y Ximo Salas, miembro del ECOFIN Management & Leadership de ECOFIN.

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