El culto a la media cabeza

Cada vez disponemos de más abundante evidencia científica y empírica sobre los beneficios de la inteligencia emocional en el trabajo y en la vida en general.

Las competencias emocionales vienen a ser la habilidad de integrar razón, emoción y sentimiento para mejorar la toma de decisiones y, por tanto, conseguir un comportamiento mejor adaptado a las diferentes realidades que vivimos en el día a día laboral, personal y familiar.

De ello derivará un mayor bienestar así como el logro de mejores resultados personales y profesionales.

¿Por qué insistimos tanto, psicólogos e investigadores, en la urgencia de desarrollar esta habilidad?

Pues porque arrastramos todavía “el culto a la media cabeza” en la que de lunes a viernes, y en horario laboral, solo (nos) permitimos usar el lado racional, lógico, formal, secuencial, analítico, normativo y serio de nuestras capacidades y tratamos de obviar, ignorar, eliminar o prohibir (nos) el lado intuitivo, creativo, global, humorístico, metafórico y divergente, dándole permiso para salir solo en la hora del almuerzo y el fin de semana.

Si nos fijamos bien, esta cultura viene inculcada por nuestros padres, educadores y profesores que, a su vez, les ha sido inoculada por sus ascendientes y así sucesivamente in sécula seculórum.

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De hecho todavía podemos ver en escuelas, institutos y universidades cómo la disposición de aulas y salas tiene un aspecto uniformado o castrense.

Los asistentes tienen que atender en perfecto silencio, sentados, quietos, mirando atentamente al profesor o profesora, tratando de conseguir una réplica memorística o facsímil de lo que allí está aconteciendo de forma muy racional.

Y solo se permite el uso del cerebro derecho (el informal) para la hora del recreo, a la salida de las instalaciones o los fines de semana.

Vamos, lo que se dice una esquizofrenia (división de la mente) en toda regla.

Y no estoy diciendo que haya que descartar o anular el lado racional y lógico, ni mucho menos.

Es más, esta “media cabeza racional” permite estudiar carreras, masters, idiomas, aprobar oposiciones y llegar a presidir instituciones, ministerios y organizaciones de todo tipo.

Sin embargo la realidad actual, consensuada con las siglas VUCA (del inglés volátil, incierta, compleja y ambigua), demuestra una y otra vez lo que la psicología y las neurociencias tienen cada vez más cristalino.

Que la solución más inteligente es aceptar y acoger amablemente la totalidad que somos (razón, emoción y conducta) para así poder usar, comprender y gestionar nuestras capacidades de forma más adaptativa, resolutiva y natural.

Algo que, además, nos va a permitir ser más conscientes y felices a pesar de los problemas y los obstáculos inherentes al fluir del vivir de cualquier ser humano.

Algo que, por otro lado, no es nada nuevo; ya lo decía Heráclito de Éfeso hace más de dos mil años: “todo fluye, nada permanece”.

Este enfoque vital y profesional es el que planteo en el libro ‘La Palanca del Éxito: activa tu inteligencia emocional y relánzate’ (Kolima, 2016), de la forma más realista que conozco: la propia práctica.

Y lo he querido hacer a través de una historia inspiradora de transformación personal y profesional contada en tercera persona, junto a una sencilla, amena y práctica guía de iniciación a la inteligencia emocional.

Un libro para todo aquel que sabe o intuye que no solo somos razón y fría lógica sino también intuición y sabia emoción, especialmente dirigido a emprendedores y profesionales que viven la travesía del desierto.

Porque durante las primeras fases de lanzamiento de cualquier proyecto (y aun así después también) se produce una auténtica montaña rusa emocional.

Emociones que, si tratamos de obviar o maquillar a golpe de razón, podremos amortiguar a muy corto plazo, pero que a medio o largo plazo terminamos pagando muy caro cuando somatizamos la emoción a través de altos niveles de estrés, ansiedad, insomnio y, finalmente, enfermedad.

¿Cómo puedes saber si este libro es para ti? Muy sencillo.

Si durante la jornada tienes sensaciones desagradables de cierta intensidad, estás irritable, con ansiedad, dedicas mucho tiempo a pensar improductivamente sobre lo ocurrido o lo que puede ocurrir…

Si ves los acontecimientos diarios como verdaderos problemas que te impiden avanzar, que no te dejan disfrutar…

Incluso si duermes mal, tardas mucho en conciliar el sueño porque estás dando vueltas a situaciones ocurridas o “entrenando” lo que vas a hacer o decir al día siguiente…

O simplemente estás dejando de disfrutar tu propio proyecto porque la presión de los resultados te angustia…

Este libro te puede ayudar mucho a suavizar y gestionar este malestar, ampliando tu consciencia y perspectiva sobre los acontecimientos.

También es un libro para todo aquel que, sin vivir un estado elevado de estrés, quiera mejorar su estabilidad mente-cuerpo y conseguir mayor bienestar físico, mental, emocional y social.

La clave, como podrás leer en el libro, está en acoger las emociones y los sentimientos como lo que son, un potente sistema interno que nos presenta información sobre las necesidades que tenemos y cómo vivimos lo que nos ocurre.

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A partir de ahí, y mediante la razón, tenemos un trabajo retador para conocernos mejor, potenciar nuestras fortalezas y reajustar aquellas convicciones que ya no nos son tan útiles, incluso, nos perjudican.

Además, la integración de razón y emoción como equipo nos permite empatizar mejor, dar servicio y colaborar con otras personas de forma más saludable para ellas y nosotros mismos.

Para terminar, aclarar algunos conceptos que suelen ser mal entendidos en la empresa, y otros ámbitos, respecto a la inteligencia de las emociones.

No es lo mismo sensibilidad que sensiblería o “blandenguería”.

Tener en cuenta emociones y sentimientos es algo muy serio y eficaz. Es tener en cuenta nuestras necesidades y las de los demás. Es conseguir objetivos con las personas, no por encima de ellas.

No es lo mismo servicio que servilismo.

Trabajar con vocación de servicio es tener en cuenta el bienestar de los demás pero también el propio, de forma que no terminemos hiriéndonos tratando de complacer a clientes, jefes, supervisores o cualquier otra persona. No somos más que los demás pero tampoco menos.

No es lo mismo empatía que simpatía.

Empatizar supone entender y comprender el punto de vista de otra persona (pudiendo llegar a sentir lo que siente el otro), pero no tenemos por qué estar de acuerdo.

Simpatizar sí que incluye una coincidencia en la forma de ver las cosas, en la forma de pensar y sentir con el otro.

Podemos decir que la empatía tiene un componente de atención plena que permite un espacio de consciencia más objetiva, y la simpatía tiene un componente subjetivo más personal que se funde con el de la otra persona.

En definitiva, se trata de ampliar nuestra cultura para dar cabida también a la inteligencia de las emociones que, fuera de ser inútiles o perjudiciales, vienen a reforzar, mejorar o potenciar la toma de decisiones y, por tanto los comportamientos que nos acercan a los resultados que queremos.

Me despido con una cita atribuida a Albert Einstein que dice: “La mente racional es un sirviente fiel, pero la mente intuitiva constituye un don sagrado. La paradoja de la modernidad consiste en habernos decantado por rendir culto al sirviente y deshonrar a la Divinidad”.

¿Y tú, todavía mantienes el culto a la media cabeza?

Artículo escrito por Juan Pedro Sánchez Martínez. 

Psicólogo Trabajo y Organizaciones y autor de autor de ‘La Palanca del Éxito’, (Ed. Kolima, 2016)

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