Cicerón escribió el primer tuit en el 63 a.C.

Llevaba varios meses madurando la idea, pero las últimas semanas fueron decisivas a tenor de la velocidad que tomaban los acontecimientos. Había conseguido ser el candidato electo y vencer en las urnas. Su política conservadora, evitando la reforma fiscal y el reparto de tierras le habían granjeado el voto del establishment del momento.

La gestión de la crisis económica era su principal argumento para pedir el voto. Su modus operandi le había llevado a una política monetaria restrictiva, con la menor acuñación anual de monedas en la historia del estado. La masa monetaria en circulación se había reducido, restringiendo el consumo y el crédito, a la vez que se generaban tensiones en las tesorerías del comercio y las familias. Aumentaba la morosidad, las reclamaciones por impago y la ejecución de embargos.

El clima era propicio para que sus enemigos políticos zarandearan el descontento de las clases más humildes, de los que no tenían nada más que perder; pero también de los comerciantes y autónomos que estaban perdiendo lo poco que tenían. Se habían creado círculos de gestión de este descontento direccionados hacia una insurrección popular, una conjura.

Los círculos ciudadanos funcionaban muy bien en los barrios populares de la gran urbe, pero también en los círculos de militares de baja graduación y entre aquellos destacamentos ubicados extramuros que no se beneficiaban de los privilegios de las guarniciones urbanas. El descontento en el campo era aún más intenso por el desdén de la capital hacia sus problemas y el exceso de carga fiscal sobre los verdaderos productores de bienes y servicios de una economía primaria como aquella.

Los conjurados decían representar a todas las clases sociales, no tener ideología, no ser sectarios y defender el interés común frente a las clases aristocráticas adineradas que eran los privilegiados, los que no pagaban impuestos y no repartían sus tierras.

Como en el caso de la familia Bin Laden, el líder de la conjura pertenecía paradójicamente a una de las familias más aristocráticas de la sociedad, cuyos orígenes se remontaban siglos atrás hasta la fundación de la ciudad. Sin embargo, la crisis y los tribunales le habían arrebatado gran parte de su fortuna hasta casi arruinarlo. Ese fue su gran argumento agregador: injusticia y ruina. Recuerda a los eslóganes de campañas electorales coetáneas por parte de José Mª Ruiz Mateos, Jesús Gil o Mario Conde.

¿Hasta cuándo?

Las cosas se habían puesto feas. Los sondeos de opinión habían fracasado -¡afortunadamente!-, gracias a unos golpes de efecto de última hora de Marco Tulio Cicerón y los suyos. De hecho, su rival no sólo no ganó las elecciones del 63 a.C. en Roma, sino que quedó como tercera fuerza electoral.

El ‘sorpasso’ no se produjo en Roma (inventores de esta palabra). Las urnas habían hablado y sólo quedaba el camino de la insurrección. En las puertas de la ciudad llevaban meses acampando los indignados venidos del campo, de provincias lejanas y también los salidos de la propia ciudad. Ahora se sumaban los círculos militares, con soldados y oficiales de bajo rango; pero también algún general que tuvo altas competencias en tiempos mejores.

Miles de descontentos amenazaban los muros de estabilidad de la casta centenaria de Roma. Y en su seno, los círculos de indignados controlaban los barrios populares del trastébere, pero también los que circundaban el monte capitolino y las riberas del río Tiber. ¡La tensión se palpaba en el ambiente!

Antagonistas en acción

Marco Tulio Cicerón es nuestro protagonista. Un poeta mediocre, un gobernante ambicioso y un orador y gurú ‘top ten’. Vivió en primera persona las amenazas podemistas que amenazaban la Roma pre-cristiana y el modelo de república SPQR apalancada en medio millar de senadores y sus castas aristocráticas de patricios y equites (caballeros). Una oligarquía a la que llegó Cicerón desde un pueblecito a 112 kilómetros de Roma (Arpinio) y donde desde la oratoria persuasiva de los tribunales ascendió Cicerón a la más alta dignidad de cónsul de Roma. Sin embargo, siempre se le consideró un extranjero en Roma, un Obama de la época (quizá el católico JFK sea un ejemplo más certero).

Lucio Sergio Catilina es el líder de la conjura. Representa a los indignados que sufren la crisis económica de la República, que se empobrece y que ve cómo los que más tienen son los que menos aportan a las arcas públicas, se les niega la tierra y la justicia social. Sin embargo, su ambición personal y sus debilidades humanas (el juego y otros vicios) son los verdaderos desencadenantes de su nueva aversión a Roma, una ciudad a la que llegó en la más aristocrática cuna de patricio, hijo y nieto de senadores, rico, poderoso y opulento miembro de la casta.

Maccari-Cicero

La escena del cuadro de Maccari es útil para decorar el Senado de Italia pero no reproduce históricamente el lugar de la catilinaria de Cicerón del 8 de noviembre del 63 a.C.

 

Del blog al tuit

En ese incierto contexto, Cicerón decide actuar el 8 de noviembre del año 63 a.C. Convoca a los patres conscripti (senadores) en el modesto Templo de Júpiter para contextualizar su discurso: hombres apiñados de pie en un rectángulo escaso ante la mirada de los dioses fundadores de la República.

Cicerón tiene la información, el poder y la oratoria necesaria para destruir cualquier resistencia en el Templo de Roma. Sin embargo, se enfrenta a un enemigo nuevo. Los indignados están fuera y dentro de la ciudad. Están al otro lado de las filas del ejército enemigo, pero también salpimentan sus propias formaciones de batalla. De hecho, en el Senado tampoco las tiene todas consigo. Hay quién ve en él a un advenedizo ambicioso dispuesto a atacar a una de las familias de más abolengo en la aristocracia romana. Y, sobre todo, han horadado los cimientos de la ciudad, barrio a barrio, edificio a edificio de esas colmenas de viviendas donde se amontonan las clases populares y también los ciudadanos libres de la ciudad.

Cicerón elabora un poderoso discurso que aniquilará cualquier resistencia o sombra de dudas del Senado; pero ¿cómo hacer llegar esta poderosa arma hasta los círculos militares y los barrios más populares? No es suficiente que lo escuchen 500 poderosos, se necesita llegar a todos. Y no había retrasmisión televisiva en directo de los debates electorales o de las sesiones de control del Gobierno ante la cámara de diputados.

La comunicación como redifusión fue algo que tiene anécdotas que contar en todos los siglos y todas las culturas; pero ningún caso como el que imaginó y llevó a la práctica Cicerón. Consciente de la capacidad de manipulación que tienen las palabras y que él tan magistralmente ejercía, decidió escribir su blog. Convocó a decenas de esclavos cultos y les pidió que hicieran copia escrita del discurso que pronunciaría horas después ante el Senado de Roma. Esas copias fidedignas de sus palabras (más aún que el discurso real pronunciado en el Templo de Júpiter) fueron reenviadas a los influencers de la ciudad: senadores, generales, tribunos de la plebe, cargos públicos, vestales, sacerdotes… Y a todos se les pidió que lo hicieran llegar a otros (no sabemos si le hicieron caso o si alguno incluso lo mandó copiar y redifundir).

Se había inventado así el blog del siglo I antes de Cristo, o lo que otros llamarán siglos más tarde un suelto, un folletín, un billete, un aviso, un facsímil.

Pero el problema quedaba solucionado a medias, el hipertexto era coherente, poderoso, convincente e irrefutable; pero, ¿cómo llegar al populus y no sólo a la casta (senatus) de Roma?

Y ahí es cuando nace el texto de 140 caracteres. El primer tuit de la historia. Un titular o frase compiladora que condensa el mensaje. Servirá para que algunos busquen el texto completo del discurso y lo lea; pero en más de un 99,9% de los que reciben el mensaje servirá para dar por conocido, comprendido, aceptado y sabido el mensaje de fondo: la conjura de Catilina era un mal para Roma y todos los habitantes de la República.

¿Qué decía ese mensaje? Siglos después volverá a lucir en las pantallas de tabletas y smartphone. Pero el 8 de noviembre retumbó sobre las paredes de piedra del Templo de Júpiter así: “Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?” (“¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?)… “O tempora, o mores” (“¡En qué tiempo vivimos!).

Si el lector busca en twitter esta frase, la encontrará con frecuencia literalmente reproducida, aunque cambiando el nombre de Catilina por el de líderes políticos como Obama, Merkel, Holande, Berlusconi o Mariano Rajoy.

El tuit inventado por Cicerone fue reproducido de boca en boca y quedó para los anales. Siguió reproduciéndose en la oratoria política, en la literatura de ensayo o de escena, en la redacción periodística y en el copy publicitario. No ha habido una frase de mayor arraigo para influir en los influyentes y en las clases populares a un tiempo.

El primer tuit de la historia se escribió en el siglo I antes de Cristo y tuvo en Cicerón a su autor.

Salvador Molina, presidente del Foro ECOFIN y ProCom.

 

 

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