Lágrimas de dos soldados

Un soldado iraní se encuentra 20 años después con el soldado iraquí al que salvó la vida.

 

Siempre me han impresionado las historias de vida, porque deben inspirarnos en cómo ser más generosos y humanos, que junto a la firmeza en el carácter y las convicciones, nos ayudará a tener una sociedad mejor.

 

Este relato biográfico lo he descubierto gracias a la revista canadiense “Vancouver magazine” y a Timothy Taylor (uno de los más laureados periodistas de Canadá), el autor de un emotivo artículo denominado “Blood Brothers” (Hermanos de Sangre), del que he hecho una síntesis y he dejado algunos pasajes textuales de Timothy Taylor, dada la crudeza, emotividad del relato y maestría de su pluma.

 

Esta historia sucede durante la guerra entre Irán e Irak (1980-1988). En la ciudad iraní de Khorramshahr, tiene lugar una de las batallas más sangrientas.

 

Zahed Haftlang era un niño iraní de 12 años, que por problemas con su padre, se fue con un amigo a la guerra. A los dos días le enviaron al frente. Después de 18 meses de guerra desde que Irak invadió Irán, el ejército iraní pensaba recuperar la ciudad de Khorramshahr.

 

Entró en la ciudad bajo el fuego enemigo y recibió la orden de revisar todas las trincheras improvisadas y búnkers en los cuales se podrían haber refugiado soldados iraquíes y matar a todo sobreviviente.

 

Fue cuando al entrar en uno de estos búnkers oyó una voz que pedía misericordia, pronunciando palabras en árabe “que Zahed no entendía, pero cuyo significado podía deducir. El hombre dijo: “Hermano, hermano, los dos somos musulmanes”.

 

Najah Aboud tenía 21 años de edad, una pareja y un hijo al que adoraba. Había sido recientemente convocado por las autoridades iraquíes para unirse a la lucha. Terminó en esa ciudad enfrentándose al contraataque iraní y habiendo sido herido terminó en ese refugio junto a otros soldados. Los iraníes los mataron a todos y él se cubrió con los cuerpos de sus compañeros.

 

“Aboud estaba herido, acostado en el suelo del búnker. Aboud de pronto abrió los ojos y parpadeó; por encima de él, a través de la penumbra, vio una luz. “Creí que era un ángel”, dice. “Un ángel que bajaba lentamente hacia mí”.

 

Cuando Aboud imploró por su vida, Zahed le quitó el rifle y apuntándole con el arma le disparó. Pero la bala quedó atrapada en las páginas de un Corán que tenía en el bolsillo. Al abrirlo, Zahed encontró entre las páginas una foto de una mujer joven y un niño: su familia.

 

Reflexionó entonces, ya que a este soldado le pasaba lo mismo que a él: dejar seres queridos muy lejos en casa. Se produce un cambio inmediato en su actitud, y desobedeciendo las órdenes decide ayudarlo.

 

Se arriesgó demasiado al no cumplir lo que le habían ordenado. Era una traición. Pero Zahed era incapaz de matar a sangre fría a este soldado herido. Y ahí es dónde la historia gira 180º porque decide curarle las heridas. Durante los dos días siguientes Zahed mantuvo sedado a Aboud, y volvía al búnker en secreto cuando terminaba sus otras tareas”

 

Después de tres días, el oficial al mando le dijo que debían trasladar a los prisioneros heridos a las unidades médicas. Zahed llevó a su protegido al hospital.

 

Pasaron unos días y el médico del hospital hizo llamar a Zahed para que se despidiera del soldado iraquí. “Aboud le pidió al joven que lo había salvado que se acercara a él. “Que Dios te proteja y te ayude”, le dijo a Zahed una y otra vez. Los dos hombres se abrazaron y lloraron juntos. Luego, se despidieron”.

 

Najah Aboud lo llevaron a una prisión y fue torturado, siendo el único prisionero que podía comunicarse en iraní (persa).

 

En 1999 Aboud fue liberado y cuando regresó a Basora, su mujer y su hijo ya no vivían allí. Se puso en contacto con su hermano, quien había emigrado a Canadá en 1974 y decidió viajar a América.

 

En cuanto a Zahed Haftlang, siguió combatiendo durante ocho años más. También fue hecho prisionero y torturado durante dos años y medio. En 1991, gracias a Cruz Roja internacional que llegaron a su campo de prisioneros, fue devuelto a su país.

 

Cuando pudo reencontrarse con su familia, verificó que el resentimiento del pasado seguía vivo y se llevaba con su padre peor que entonces. Conoce a una joven de 17 años, Maryam Solaymani, se casa y se traslada a otra ciudad.

 

Consigue un trabajo en la marina mercante y en 1994 Maryam dio a luz una niña.

 

Durante sus años en la marina conoció 54 países. En uno de sus viajes, tuvo un ataque de nervios porque extrañaba a su familia y después de enfrentarse a un oficial saltó del barco. Tenía solamente 200 dólares y la ropa que llevaba puesta.

 

“Terminó durmiendo en un parque, empapado y tiritando de frío. Aguantó dos semanas. Luego, trastabillando, entró a una tienda para gastar en comida los 50 centavos que le quedaban. El dueño era iraní, y reconoció en Zahed a un compatriota. Minutos después llegó otro iraní, quien le consiguió a Zahed un cuarto en un albergue de la Sociedad de Servicios para Inmigrantes de la Columbia Británica”. Había llegado tan lejos como Canadá y en pocos meses se aprobaría su solicitud de asilo.

 

Por su parte Najah Aboud en 2000 se estableció en Canadá, abriendo una empresa de mudanzas junto a su padre y hermano. En paralelo también asesoraba en la Asociación para Sobrevivientes de Tortura de Vancouver (VAST, por sus siglas en inglés).

 

Un día estando en la sala de espera de VAST, entró una persona a la que no conocía y se sentó enfrente de él. Le llamó la atención que este hombre parecía sobrellevar esa pesadumbre y gesto típico de un refugiado (un sobreviviente).

 

Se saludaron en inglés y este desconocido le preguntó a Aboud si era iraní al parecerle que era de Oriente Medio.

 

“—No —contestó Aboud en persa—soy iraquí. Aprendí a hablar esta lengua porque pasé mucho tiempo en Irán. Estuve allí porque no tenía alternativa. Fui prisionero de guerra durante 17 años.”

 

Entonces el rostro de este hombre se puso serio y le dijo que él también había pasado dos años en un campo de prisioneros en Irak. Después de un silencio, le preguntó a Aboud en qué lugar había sido capturado.

 

—En Khorramshahr.

 

—Khorramshahr —volvió a decir—. Yo también estuve allí.

 

Zahed habia intentado suicidarse, por lo que estaba buscando apoyo en VAST por insistencia de unos amigos que le convencieron de pedir ayuda.

 

“Cuando Aboud le contó que un joven soldado iraní lo había tomado prisionero de guerra y después le había salvado la vida, Zahed lo interrumpió. Le dijo que lo sabía, que eso había ocurrido en un búnker”.

 

—Supongo que mi hermano ya le contó mi historia —señaló Aboud.

 

—No —replicó Zahed—. ¡Ese soldado joven era yo!

 

“Aboud no podía creer que ese hombre fuera en realidad el ángel que había bajado del cielo para salvarlo. Aboud se puso de pie, con los ojos humedecidos y dio algunos pasos hacia el sofá de enfrente. Lleno de emoción, Aboud se puso a llorar, y Zahed también. Rieron, se abrazaron y gritaron”

 

Aboud y él ahora son como hermanos. Zahed se reunió finalmente con su familia en Vancouver y Maryam dio a luz en 2006 a su hijo Niayesh.

 

Zahed quiere reunir suficiente dinero para encontrar al hijo de Aboud, aunque haya que buscarlo por todo el mundo, porque aunque le salvó la vida a Aboud, sostiene que reencontrarse con él 20 años después salvó la suya, “una nueva ventana se abrió en mi vida y mi depresión desapareció.”

 

Los líderes silenciosos

La lección que hay que aprender de esta increíble historia, es que no debemos “condenarnos” ni angustiarnos por cuestiones que en el pasado no nos han salido bien, sea en el plano personal o laboral, por más duras y desagradables que hayan sido. Siempre hay un recodo del río que nos abre nuevas vistas y escenarios en los que podremos movernos. Un nuevo espacio que ocupar, una nueva oportunidad que nos desafía. Y la esencia del buen liderazgo, es que un nuevo problema no es un problema…es una oportunidad.

 

Para estos dos veteranos de guerra, lo que parecía iba a ser imposible dejar de lado –un pasado común de crueldad e injusticia- se convirtió en una nueva perspectiva de sus vidas, que a Zahed le sacó de la depresión y le motivó para buscar el hijo perdido de Aboud.

 

Automáticamente se convirtieron en hermanos aunque no lo eran, pero como muy bien lo tituló Timothy Taylor, eran “hermanos de sangre” porque sus vidas quedaron unidas para siempre por la terrible experiencia vivida.

 

Personas como Zahed y Aboud son los que llamo “líderes silenciosos”, que los hay a millones en el mundo entero, aunque lamentablemente hay muchísimas historias tan dignas e impactantes como ésta, pero no llegan a ver la luz. Y las pocas que llegan a nuestros oídos nos regocijan por el sólo hecho de que existen SERES HUMANOS INMENSOS cuyas HISTORIAS DE VIDA nos alimentan y nos ayudan a ser mejores personas.

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