Win, win en Cataluña

Cataluña, cuna de grandes empresarios y grande negociantes, debe esforzarse por encontrar un camino negociado. Y ahí tiene que encontrar una habilidad similar en Madrid. Dos no se entienden, si uno no quiere. Y en este caso, parece que no quieren ninguno de los dos. Ninguno acepta el juego del win, win (que ganemos los dos, todos). Es una regla básica de cualquier negociador, pero que parece no entender ninguna de las partes. Mientras unos arguyen el peso de la Ley, otros el peso del Sentimiento. ¡Falta seny (sensatez)!

Quizá es el momento de que los grandes hombres de la empresa den un paso al frente en Barcelona y Madrid, y sienten en una mesa a las dos partes, porque un mal acuerdo es mucho mejor que un buen pleito, que una buena sentencia. El problema no es de tener la razón, sino de solucionar un problema social y sentimental generado en millones de ciudadanos.

Cataluña como problema es un artificio inicialmente creado por esa ‘casta política’ -como la denomina Pablo Iglesias- que poco a poco ha conseguido que dejemos de hablar del paro, los recortes, la supresión de la extra de los funcionarios, la pérdida de calidad en los servicios de salud y, sobre todo, de la prevaricación de políticos de todos los signos durante décadas en Barcelona, en Mallorca, en Sevilla, en Madrid y en todas partes.

Pero llegados a esta situación, es absurdo hablar de su génesis. El problema está aquí y no cabe mirar hacia otro lado. Comunicación es lo que más sobra. Una comunicación desbordante que nada tiene que ver con el periodismo y la indenpencia. Cuando el corazón se entrecruza en los argumentos, se acaba haciendo comunicación interesada (manipulada).

El resultado son dos estados de opinión radicalmente diferentes a partir de una misma realidad: dentro o fuera de Cataluña se ven las cosas justo al revés. En el seno de muchas familias no hay entendimiento, porque la contaminación informativa ha configurado dos realidades distintas imposible de unificar. Todas las partes tienen razones, pero ninguna tiene la razón; por lo menos, la razón que entienda a todos. ¿No pueden dejar de manipularnos?

Todos tenemos razones, que la sinrazón no alcanza, y es de bien nacidos ser agradecidos por el pasado común, sin imponer el amor, que no entiende de razones. Hay que ganarse el amor del enamorado, no imponer un matrimonio ‘concertado’.

Y en este preciso momento, donde los cañones atronan, más que nunca hay que imponer la razón de los sentimientos.

Afortunadamente, ni estamos en la Edad Media y ni en la Alemania nazi. En Occidente, en el siglo XXI y en el marco de la Unión Europea… hay muchas formas de alcanzar consensos y caminos pausados para que todos sean ganadores y no haya frustraciones en ningún bando.

Empresarios y emprendedores llevamos décadas jugando al modelo de ‘win, win'; porque para que ganen unos, tenemos que ganar todos,

Si no es así, perderemos todos.

¡Win, Win! (y que quien quiera, lo traduzca a su idioma)

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