Cómo no caer en el valle del Desánimo

Artículo realizado por: Salvador Molina, presidente de ECOFIN, y José Luis Zunni, director de ecofin.es

Todos los paisajes están llenos de picos y valles. Pero no siempre podemos sobrevolar todos los picos. Con frecuencia el líder se topa contra la montaña y cae al valle. El valle del desánimo, la desesperación, la solución no encontrada, la frustración.

Desanimarse de vez en cuando en es parte de la antropología y la psicología humana. Ya sea un emprendedor reciente o un empresario consolidado, el líder siempre tendrá que vérselas con la cara más amarga de la derrota. Pero como decía el filósofo griego Epictetus: “Lo importante no es lo que le sucede a una persona, sino cómo reacciona ante este hecho”. Traducido al siglo XXI podríamos decirlo así: lo importante no es el cambio, sino cómo reaccionamos ante éste. Cada derrota trae un manual de superación y resiliencia. Hay que aprender a releerlo.

management and leadership

En todo caso, lo que hoy planteamos entra en el ámbito de los principios y normas de actuación del líder, de su esquema mental, y en consecuencia del impacto que esto tiene en la gestión que haga de sus emociones. Presuponemos desde el principio que sus otras habilidades necesarias para liderar de manera efectiva, sus técnicas, son inmejorables, porque está preparado y experimentado. Algo que no necesariamente implica que lo esté en el terreno emocional.

Por todo esto, se ha estudiado con mucho interés el campo de las competencias emocionales en el liderazgo, así como en la aplicación práctica de casi todas las organizaciones punteras, que han ido incorporando las habilidades emocionales, como una herramienta clave para el buen desempeño de sus líderes. Ya no es un desafío intelectual y doctrinario, sino una herramienta de incalculable valor a lo hora de gestionar personas y tomar decisiones.

Por tanto, líderes con muchas personas a cargo y alto nivel de responsabilidad, tienen la obligación de saber no sólo enfrentar el cambio y algunos fracasos, sino enseñar a los demás a cómo salir airosos de situaciones que pueden hundir en la depresión a más de una persona. Una cosa es el sentimiento de depresión, el creer que se está hundido y que de ese bache ya no se podrá salir, y otra cosa muy distinta es darse por derrotado y de algún modo “tirar la toalla” entregándose de manera fatídica al destino. Esta cuestión no entra en la categoría de un líder efectivo.

Martin Luther King decía: “Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano”. Podría parecer exagerado aplicarlo a nuestra discusión de hoy, pero en realidad no lo es. Cuando el cambio en su cara más amarga, entra de lleno en una organización, el desánimo y la desesperanza invaden la empresa, y si en ese momento no emerge la personalidad del líder, que despierte ese hilo de motivación que está latente en todo ser humano, esta circunstancia adversa no les dejará salir del valle de las sombras.

El aspecto emocional tiene la fuerza para empujar un ejército, incluso a sabiendas de que el riesgo sea muy elevado. El líder efectivo no acepta la derrota. La comprende, no se compadece y por ende, actúa para apoyarse en ella y aprender de lo negativo. Enseñar a su equipo qué camino es el que no hay que seguir.

La esperanza es una de las motivaciones más fuertes que tiene el ser humano. Jamás la perdemos y siempre la tenemos en cuenta para recurrir a ella cuando las cosas no salen bien. La cuestión es si las personas que están paralizadas por el miedo ante una situación muy grave, pueden abrazarse a ella sólo como un alivio espiritual, o con la ayuda y dirección de un buen líder, utilicen la esperanza como puente, para poner en marcha el motor de la confianza y la motivación. Todo buen líder tiene ese don, hacer que el equipo siga trabajando, sin bajar la guardia y con ánimo, a pesar de las dificultades.

El famoso escritor y periodista británico G.K.Chesterton (1874-1936), dijo en una ocasión: “Mientras las cosas son realmente esperanzadoras, la esperanza es un nuevo halago vulgar; sólo cuando todo es desesperado, la esperanza empieza a ser completamente una fuerza”. Este es el valor que imprime el líder a sus acciones para que el ámbito espiritual de las personas cambie.

El líder esperanzador no se queda sólo en transmitir buenas intenciones, o una mentalidad positiva. Tampoco recurre a una sonrisa de circunstancia o a un optimismo estúpido. ¡No! El líder esperanzador, el que es efectivo, busca que todo el equipo supere el mal trago y salga del valle de las sombras por su propio pie, en base a la voluntad y el trabajo que se crecerán cuando creen firmemente en la visión del líder y perciben la confianza que éste imprime como parte también de la suya.

Que al igual que Séneca decía “el no querer es la causa, el no poder el pretexto”, cada miembro del equipo pueda aprender de su líder en mirarse hacia dentro, rescatar la fuerza interior que elimine al enemigo que generalmente somos nosotros mismos (la parálisis y el miedo al que nos referíamos) y erradique de raíz esas causas que como el sabio Séneca decía, se convierten en pretextos. No hay enemigo más directo en un equipo de trabajo y en la dirección de cualquier organización, que las personas que teniendo responsabilidades, utilicen las excusas y la justificación como explicación a por qué las cosas no han salido como se esperaba.

Existe otra lectura a esta problemática de la derrota y la esperanza en el liderazgo efectivo. Y esta es, que ante un problema concreto, como por ejemplo, que se ha perdido un cliente clave, lo que significa una pérdida de facturación, además de un impacto negativo en el mercado, lo que también sucede, es que a muchos directivos que atraviesen circunstancias similares, les dificulte separar el ámbito profesional del personal.

Pueden convencerse a sí mismos que quizás no sean lo suficientemente buenos para liderar ese departamento, o les invade la idea de que no cuentan con la necesaria capacitación para afrontar los nuevos retos del mercado; hay personas que llegan a pensar que todo se debe a un fatídico destino personal y realmente sienten que son un fracaso como persona.

Klaus Schaub, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial decía con motivo de la celebración del Foro de Davos en enero de 2012, que “el desgaste es un síndrome asociado con el agotamiento, el estrés, el pesimismo, el cinismo, en ensimismamiento y una mentalidad aislada. Y que si estos síntomas son preocupantes en una persona, pueden resultar desastrosos en cuestiones mundiales”.

¿Por qué hacía referencia a estos factores tan negativos? Porque año tras año se viene denunciando una clara falta de liderazgo efectivo de los líderes mundiales, que en el caso concreto de Europa, han atajado mal y tarde la crisis que tanto daño nos ha hecho. ¿Es que los líderes europeos han sido derrotados entonces? Y en España, ¿los líderes políticos también han abrazado la derrota? En ambas circunstancias, la europea y la española, los valores son necesarios para generar confianza y avalar cualquier acción realizada desde el gobierno. El líder esperanzador, no obstante, asume los valores de un liderazgo auténtico, que van más allá de las ganancias de corto plazo en las organizaciones, o de lo que marcan las encuestas de las próximas elecciones. Porque superar la derrota, y transmitir esperanza, es el único camino para que exista una conexión real entre la organización y su personal, así como entre el gobierno y los ciudadanos.

Las nuevas tecnologías han provocado que el poder y la información estén muy dispersos, por lo que las decisiones en materia política sólo se pueden implementar de manera eficaz, si los ciudadanos comprenden cuáles son los fundamentos por los que se tomaron determinadas medidas de política económica y social.

La visión brinda el motivo a largo plazo y los valores proporcionan el rumbo y el propósito. Los valores y principios están dentro de cada persona, los aplica el líder y logra que le sigan por ello. Y seguimos a ese líder cuando sus valores coinciden con los de nuestro interior.

Nadie siente la derrota cuando el líder de la organización o el político da esperanza y abre el camino para la acción. Cuando exige esfuerzos y sacrificios, pero da ejemplo. La derrota no es un valor, sino un síntoma de debilidad. La esperanza no es un sueño, sino el motor para dejar atrás el fracaso y sufrimiento del pasado.

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